Pepitas de Oro y Granos de Arena

Si sólo dispusiera de hoy, no dejaría nada para mañana
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Un rato a solas

Desembarcó en la ciudad desconocida cargando con una pequeña mochila que contenía justo lo necesario para pasar unas pocas horas. Una botella de agua era probablemente lo único que no había echado, y lo único que el día parecía decirle que justo era lo que más iba a necesitar. No tendría problema, tiendas de turistas y heladerías habían a porrillo en aquella fortaleza, y le habían informado que allí aceptaban los euros con alegría comercial.

En la primera heladería que entró para abastecerse no pudo por menos de admirar la vitrina tras la que se ofrecían cromáticamente armoniosos los diferentes sabores. Tuvo que esperar a que la atendieran, y los turistas precedentes eran generosamente servidos con aquellos cucuruchos. Fue demasiado para su débil determinación. Cuando le llegó el turno, además del agua, pidió uno de aquellos manjares helados. Recordaba lo absolutamente deliciosos que estaban los de melón en Italia, y optó por comprobar si aquella ciudad le brindaba con un gusto semejante. Pagó y salió a la calle, lamiendo el placer que llenaba de frescor su boca. Si le daba tiempo, a la vuelta compraría de otro sabor, definitivamente ningún helado de melón le podía hacer sombra al italiano.

Comenzó a deambular por aquí y por allá, llenándose los ojos con las mercancías de los escaparates de aquella calle, todas las tiendas arquitectónicamente iguales, puerta y ventanal enmarcadas en un arco de piedra natural, como todas las edificaciones que alcanzaba la vista. Le decepcionó un poco la profusión de miles de objetos sin valor, guías turísticas, camisetas y chorradas por el estilo. Así que, cuando una tienda parecía distinguirse de las demás, entraba a curiosear.

Era un auténtico placer desembarazarse del tiempo y de la compañía. Sentía que era su cuerpo el que iba indicando a las piernas a dónde dirigirse. Los ojos veían algo y el cerebro decidía en décimas de segundo encaminar sus pasos hacia esa dirección, y ella se dejaba llevar por esos impulsos, libre de complicadas tribulaciones, libre de acoplamientos con las decisiones de otro cerebro, aprovechando así los instantes al máximo, sin tiempos muertos. Anduvo por los sitios típicos, entró en algunos portales indicados en la guía turística, y al cabo de tener que estar esquivando cuerpos sudorosos enfundados en bermudas, camisetas, zapatillas deportivas, gorras, gafas de sol y cámaras de fotos, se hartó.

Salió de la farmacia más antigua de Europa (ya conocía al menos dos que se disputaban ese título), miró a su alrededor y se decidió por una estrecha calle perpendicular al abarrotamiento general. El fresco corría por la sombra de los edificios tan cercanos unos frente a otros. Se topó con un gato que desdeñosamente dejó que lo acariciara. Miraba con curiosidad las ventanas de aquellas casas habitadas por lugareños, los tendederos disponiendo ropa que se secaba ondeando en la brisa. De una de aquellas ventanas asomaba una mujer regordeta y con moño, los codos apoyados en el alféizar, que charlaba animosamente con la vecina de enfrente. Un gato romano descansaba perezoso recostado junto a ella, mirando las cuerdas del tendedero como quien ve la tele, el programa que emitía aquel canal era un documental sobre las palomas. Éstas se paseaban por los cordeles a medio metro del hocico del felino con total tranquilidad. Una de dos, o se respetaban mucho mutuamente, o contaban con que el cazador no sería tan tonto como para intentar atraparlas a más de nueve metros de altura. Al minino no se le veía preocupado. La cámara de fotos se deslizó en su mano y, con mucho disimulo, captó un par de instantáneas de la escena.

La señora, el gato y las palomas

Conforme iba subiendo la cuesta se iba alejando del bullicio. Una gran escalinata se empinaba en aquella montaña, y sin dudar la tomó. Sólo unos pocos turistas habían llegado hasta aquella altura. Una calle más adelante prometía perderla definitivamente, y no lo dudó. Sus pasos pronto la llevaron por calles estrechas y soleadas, sólo se cruzaba con alguien esporádicamente mientras seguía ascendiendo. Al cabo de un rato se dio cuenta de que había llegado a la pared de la muralla de la fortificación, ahora paseaba paralela al mar, el cual podía atisbar por los torreones de defensa de la ciudad. Siguió subiendo. Hacía un calor insoportable, el cuerpo lo tenía absolutamente empapado, pero no sentía cansancio alguno, podría haber seguido andando todo el día en aquellas circunstancias. Pero algo la hizo parar. La calle seguía estrechándose allá adelante. Eran casas particulares. Un habitante de aquellos domicilios salió a la calle. Era joven y, según podía distinguir desde los quince metros que los separaban, estaba bastante bien el muchacho. La miró, se sonrió y le espetó:

- It’s very hot, isn’t it?

Y ella, que no tenía que preocuparse de que se le subieran los colores porque con el calor los tenía ya todos fuera, le respondió:

- Too hot, certainly.

Pero ya no se atrevió a cruzarse con él, que no se movía de donde estaba. Así que tomó por una calle lateral, al tiempo que una parte de su cerebro le reprochaba: “Vaya, sí que has olvidado pronto que era yo quien mandaba hoy”.

CallejuelasTras fotografiar tres gatos más que tomaban el fresco en los callejones, volvió sobre sus pasos. Era hora de ir enfilando el camino de regreso. Al doblar la esquina de antes, miró buscando al muchacho. Ya no estaba. Lástima.

De pronto encontró una abertura en la piedra, una puerta esculpida por la que había que agacharse un poco para pasar. La franqueó y la vista se le llenó de luz y de mar. Se encontró asomada a más de treinta metros de altura. La superficie del agua brillaba al sol, un islote cercano se alzaba majestuoso en mitad de la postal. Allá abajo se escuchaban gritos animados. Al parecer, la ausencia de playas no impedía a los habitantes darse un buen chapuzón entre las rocas. Hizo un intento para plasmar tanta belleza en su cámara, consciente de que no había objetivo que pudiera atrapar aquella sensación de inmensidad.

La última visión que tuvo del emplazamiento fue desde el barco. La navegación ofrecía una vista privilegiada de las rocas y la muralla. Los bañistas no se cansaban de saludar. La caída de la tarde coloreaba el aire de tonos anaranjados. Abrazada a su marido y a su hijo en la terraza del camarote, el cuerpo refrescado por la ducha, los pies doloridos por la caminata, se sintió agradablemente cansada.

- ¿Te lo has pasado bien? -le preguntó él.

- Mucho. Pero la próxima excursión a ver si la podemos hacer juntos.

- ¿Y quién se queda con el peque? Aún no se ha recuperado de la fiebre.

Ella miró al niño. Se había quedado muy delgadito después de tres días vomitando.

- El año que viene veraneamos en casita, ¿de acuerdo? -le contestó ella.

El sol se puso, grabando en la memoria las sensaciones de aquel día. Eran especialmente preciosas precisamente porque eran efímeras, porque ella no estaba destinada a vivir así el resto de los días. Escapar de la rutina estaba bien por unas horas, pero no como forma de vida. Sonrió para sí misma, agradecida de tener un sitio donde volver, y se abrazó a sus hombres mientras el barco se sumergía en la noche.

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Ocho segundos

en el ascensorLa puerta del ascensor se cerró detrás de ellos. Pulsó el uno y las puertas mecánicas sellaron el espacio de apenas un metro cuadrado. Avanzó medio paso y sus labios se unieron. Por primera vez se dejaron llevar y dejaron libres sus mentes. Por primera vez sintieron la intimidad acogedora que daba un poco de paz a sus miedos. Por primera vez sintieron que eran los únicos habitantes de la Tierra. El tiempo se detuvo durante una eternidad para dejarles esculpir aquel momento en sus corazones. Las ilusiones hilvanadas a solas durante las horas de oscuridad enaltecían cada célula implicada en aquel contacto. Las promesas no enunciadas se cumplieron. Nunca antes ni después lograrían capturar una vida entera sólo para ellos.

El ascensor vibró al anunciar que se detenía. Se separaron con una mirada profunda, al tiempo que las puertas dejaban escapar el aliento contenido durante los escasos ocho segundos que habían tardado en subir.

Cayendo en la cuenta, al cabo de varios días le preguntó:

- Me dio la sensación de que tardó mucho en subir, ¿seguro que sólo era un primero?

- Había un entresuelo en medio -le contestó sonriendo.

Cada vez que la memoria le devolvía a aquel ascensor, agradecía en silencio que no sólo el tiempo, sino también el espacio, se hubieran alargado aquel día. Sobre todo porque, por entonces, ninguno de los dos sabía aún que aquella sería la última vez.

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Un añito más joven

36 besos

Uno y dos en la cara, por aquello de los preliminares, saludos discretos y civilizados, que para eso somos personas educadas, que no se diga.

Tres y cuatro en la oreja, para que se dejen oir sonoros, alegres y divertidos. Ten cuidado, tengo cosquillas…

Cinco y seis en los ojos, que todavía no los he abierto, estaba esperándolos para abrirlos y verte la cara.

Siete, ocho, nueve y diez y ya has marcado los puntos cardinales, ahí en la frente y en la barbilla. El once dibuja mi nariz, y con el doce y el trece descubres que aún no hay patas de gallo.

Catorce, quince y dieciséis y para, que no soporto mucho tiempo, me da la risa cuando te detienes en el cuello.

Diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte, veintiuno, veintidós…….. ¿ya has terminado con el hombro? Ah, no, que queda el otro… veintitrés, veinticuatro, veinticinco, veintiséis, veintisiete, veintiocho…..

Veintinueve y treinta y llegas a mis codos. Te detienes un rato treinta y uno y treinta y dos. Treinta y tres y treinta y cuatro y mis manos en tus manos. Treinta y cinco y treinta y seis… ¿dónde me los has dado?

Y de tu mano me dejaré llevar un año más.

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ZooHome

¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Veamos… si mal no recuerdo… antes fue el canario. Fue la primera mascota que tuve, y la primera que “cayó”, literalmente. Vivíamos en plena ciudad, rodeados de altos edificios, en un primero que se caracterizaba por tener una terraza igual de grande que el piso. En aquellos casi cien metros cuadrados “llovía” de todo, principalmente basura de los tropecientos vecinos que tenían sus ventanas asomando encima, de nuestro edificio y del de enfrente. Vamos, que si queréis sentiros observados alguna vez, probad a tomar el sol en una de esas. En aquella terraza aprendí a montar en bici, a patinar, allí celebré mi primera comunión… y aquella terraza fue puerta de entrada para un montón de fauna urbana.

Recuerdo como si fuera ayer aquel día. Y sólo tenía cuatro años. Mis tíos y por más señas padrinos estaban pasando unos días en casa. El día que se iban en aquella terraza aterrizó un pequeño canario. Mi padrino lo capturó con mucha maña y me lo regaló (le tenía un especial cariño a aquel pájaro porque mi querido padrino lo cogió para mí). Al día siguiente ya contaba con una bonita jaula donde deleitarnos con sus saltos y sus trinos. Era precioso, de plumaje de distintas tonalidades marrones, y unos gorjeos que pronto se descubrieron virtuosos. Nunca he vuelto a escuchar mejores trinos y cantos que los de mi Pichí (aquí sonríase todo nostálgico que recuerde Heidi). Le encantaba jugar con nosotros, llamaba nuestra atención cada vez que pasábamos delante de la jaula para que nos paráramos un rato a meter el dedo entre los barrotes, a lo que él respondía subiéndose al dedo inmediatamente a picotearlo con alegría. Y digo con alegría porque el canario en esos momentos sonreía. El que haya tenido canarios juguetones sabrá perfectamente de lo que hablo. Y cuando mi padre solía darle a la composición musical guitarra o laúd en mano, sabía que podía contar con un artista vocal acompañando sus melodías, porque era ponerse a cantar y a tocar al lado del pajarillo y a éste le envolvía un espíritu cancionero imparable. Hubo veces que mi padre, haciendo grabaciones de sus canciones, tenía que parar de tocar y seguía grabando únicamente los trinos, maravillado de las cualidades que Pichí profesaba. Vivió largos años con nosotros.

También cayó en aquella terraza una tortuga terrestre. De un buen tamaño, como la mano de un adulto. A ella le hacíamos menos caso porque se dedicaba a desaparecer detrás de los muebles. No duró en casa mucho tiempo, al cabo de no se cuánto, se encaramó al pretil de la terraza y dio con su concha en la calle. Cuando bajamos a por ella ya no estaba, se conoce que alguien la recogió y se la quedó.

En otra ocasión lo que aterrizó en la terraza fue una gallina. Como lo leéis. Una grande y blanca gallina ponedora. Ponedora de caca, porque huevos no puso ninguno, al menos en los tres o cuatro días que la tuvimos atada de una pata al grifo de la terraza hasta que localizamos a su legítimo dueño que, como es de suponer, no vivía muy lejos (los hay que todavía crían gallinas en pisos…). Ya vivía por entonces con nosotros, además de Pichí, nuestro (mi) perro Bubi. Ese no cayó en la terraza, a Dios gracias, que me lo regalaron cuando tenía seis años con motivo de mi operación de anginas. El perro salía a la terraza a pasearse y tomar el sol. La primera vez que salió y vio aquella extraña criatura más tiesa que una efigie junto al grifo, se quedó perplejo y se fue acercando poco a poco y con mucha cautela hacia ella. La escena era para ser observada atentamente. El perro con el cuerpo totalmente estirado y acercando la nariz cada vez más… la gallina hierática con la vista fija en el “depredador”… los corazones latiendo a cien por hora… cada… vez… más… cerca……….. yyyyyyyyyyyy CRACK!!!!!!!! Peazo picotazo que le arreó la gallina en tó el hocico al pobre chucho. Para las próximas veces que el perro quiso salir a la terraza, bien se guardó de trazar la trayectoria más alejada posible del peligroso monstruo blanco.

El siguiente bicho que apareció por el mismo sitio fue una codorniz. Lo sé, lo sé, sé que parece que me lo esté inventando, pero os juro que es cierto. Estuvimos esperando que vinieran a por ella (se conoce que el dueño era el mismo que el de la gallina, pero se ve también que no la echó en falta). Hartos de esperar convencí a mis padres para quedárnosla, y allá que fue mi padre a fabricarse una gran jaula. En aquellos dos años puso muchos y sabrosos huevos, aunque lo que yo llevaba peor era que si me recogía tarde, al llegar a casa y encender la luz de la cocina a echar un bocado antes de acostarme, la tontorra de la codorniz se pensaba que ya llegó el día y se ponía a cantarle su elegía al sol, despertando al resto de la casa.

Durante todos aquellos años también fui testigo de la llegada de multitud de gorrioncillos volantones (gurripatos), que se caían de los nidos de las falsas plataneras cercanas. Yo ponía todo mi empeño en salvarlos a todos, les daba pan y agua, pero se morían irremisiblemente (claro, con la dieta de los calabozos ya me dirán). Una vez, en un episodio de Macgíver vi cómo era salvado un halcón peregrino herido dándole agua azucarada (para darle energía) y no se qué más, y yo pensé que a los próximos gurripatos que cayeran les iba a cambiar el menú. El afortunado con el que probé mis nuevas técnicas se puso orondo a galletas y leche con azúcar. Fue con diferencia la mejor experiencia con un animal que he tenido, precisamente por provenir de un animal silvestre y, por definición, libre. El pajarillo nos conocía a cada uno, nos buscaba, se encaramaba encima nuestro, era una maravilla. Mis planes pasaban por “enseñarlo a volar” y que se fuera a hacer su vida (y que me visitara de vez en cuando en mi ventana). A los tres meses esos planes se fueron al traste: nos lo encontramos flotando inerte en el balde del agua del perro. Aclaro que no lo hizo el perro que, muy al contrario, lo respetaba con mucho desdén; la investigación concluyó que fue un “suicidio accidental”.

En los últimos años de soltera nos mudamos a un adosado en el campo, y los animales ya no me entraron más por la terraza; ahora venían directamente de la calle. En realidad sólo fue uno, una bonita gata tricolor, adolescente, que nos adoptó. Mi madre consintió que se quedara en casa cuando misteriosamente se le rompió una pata y la llevamos al veterinario. Después de gastarnos el dinero a ver quién era el guapo que la dejaba en la calle recién entablillada. A partir de entonces siguieron entrando bichos en casa, pero ahora no venían por su propio pie, sino dentro de la boca de la cazadora gatuna. Se lo consentí todo excepto lo de la mantis religiosa. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Mi marido (y sobre todo mi suegro) han sido de siempre muy aficionados a los gatos, así que lo tuve muy fácil para meter uno en casa cuando nos casamos. Un súpergato cordobés con más porte y más chulo como sólo un gato sabe serlo. Cuando nació el niño mis suegros se lo llevaron a su casa, y cualquiera les dice ahora que lo devuelvan: les da algo, y al gato también, que vive allí mejor que un príncipe. Es tan guapo que hasta ha ganado un concurso de mascotas por internet. Ganó un set completo de cama, colcha y almohada diseño exclusivo “raspa de pescado” de Agatha Ruiz de la Prada.

La última prueba de que muchas veces la naturaleza no hay que salir a buscarla sino que te entra en casa ella solita, la tenemos en el pequeño balcón de mi dormitorio. Entre el hueco de dos grandes tiestos han construido su nido una pareja de gorriones que, por cierto, hoy he certificado que ya han criado. Y ayer, alzando la vista al techo del mismo balcón, veo muy afanosa una pareja de golondrinas terminando de construir su nido en la pared. ¡¡¡Menuda primavera de pequeños trinos nos espera!!!

Y como curiosidad, aquí os dejo plantada la investigación del “National Geographic” que me he fabricado artesanalmente con la webcam y el portátil, convenientemente escondidos todos detrás de los visillos.

¿A que molan?

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Peripecias de unos sureños en los madriles

¿ Les Luthiers ? (Vayan adivinando quiénes pueden ser los de la foto, se desvelará el misterio a lo largo del artículo). Ésta fue la razón de nuestro (piuuuuunn)viaje a Madrid. No es que les siga mucho, pero hace diecisiete años que les vi en directo, y quería repetir. Aquella vez fue en el Teatro Cervantes de Málaga. Lo recuerdo como la panzáreir del siglo. Estos fantásticos músico-humoristas-cantantes-actores llevan como cuarenta años entre el nuevo y el viejo continente llevando la sonrisa, la carcajada, la admiración y el asombro en un continuo ida y vuelta transoceánico. Decidieron prolongar sus actuaciones en nuestro Madrid un par de meses más y no nos lo hemos pensado dos veces. Lo siento, la foto es pésima, no permitían usar flash, y una es tan tonnnnnta que obedeció la indicación. Mierda transfondo antiproblemático que llevo siempre a cuestas… pfffff. Después de que me decidí a usar el flash aprovechando que volvieran a aparecer a saludar antes de irnos todos… ya no salieron más. Ay. Me quedé sin foto. Así que me/nos tenemos que conformar con este… este… este… manchurrón. Me niego a colgar alguna foto decente de las que circulan por la red. Así os hacéis una idea de lo que mi esposo (holaaaa), que suele ver tres borrones a lomos del burro, pudo ver desde la fila once. Por cierto, el Palacio de Congresos de Campo de las Naciones, impresionante.

Pues como decía, esa fue la excusa. Y ya que estamos tomándonos el finde libre de niños, había que aprovechar para hacer cosas que con ellos no se puede. Por ejemplo… ¿nos imaginamos alguno con al menos un niño de dos años y medio (por muy bueno que sea) intentando disfrutar un almuerzo (comilona) en el Asador Donostiarra? Ahhhhhhh….. mmmmmmmm….. ohhhhhhhhhhh……………….uauuuuuuuuu…………………………………….(ups)………… perdón, me estaba acordando de los postres, jejejjejejejjejejej. Mi conclusión de crítica culinaria es la siguiente: la decoración tábien, pero no es patanto; la comida tábien, pero nos patánto; el vino… tábien (qué weno taba), peeerooo nossssssssss patannnnnnto ( …hic… ); los posssstrrrecillossss que bonen manque no los píassss, mmmmmmm, qué wenozzzsssssss ( …hic… ); el sssssorrrrrrrbetelimónnaalalcohhhollllll, paquitá ssssentío ( …hic… dosssssss me domé); el pacharáaan (ymiraque nome gusssta)……….. pero qué weeeeeeeeeeeno…… ( ……..yipiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii …….. ); y er cafelito… ahhhhhhhh, pa resucitá a una que tiene poca costumbre bebé. Apuestas nos cruzamos entre los cuatro requetecuñaos (yo soy concuñá de mi marido, y mi hermano concuñao de su mujé), a ver quién adivinaba (sin pasarse) el precio justo, y se llevaba el escaparate final, a saber, sendas macetas para las damas! Ganó mi marío por aproximación, pero, al pasarse, ganó mi hermanico (creo, yo aún no había recuperado la sobriedad para recordar esos detalles). Bueno, y ahora, a dejarse caer roando calle abajo hasta el oté (roamos mucho, taba lejos), y creédme, roar con la macetica corgando no es fási.

¿Y qué más vimos de Madrid esa tarde? Pero bueno, ¿no he sido lo suficientemente ilustrativa sobre lo que allí pasó? ¿¿¿Pero tú de verdad te crees que había cuerpo pa algo más que para dormir dos horas seguidas??? Bueno, luego de dormir… ejem… puede que hubiera cuerpo pa algo más (lalala laralalá lalala).

La luna madrileña Después del teatro decidimos ir a cenar (((¿¿¿¿¿¿eeeeehhhhhhh, más comer ?????? )))… UNA ENSALADA… (juer, como séi ustede, no dejan pasar una!) al Vips de la calle Orense. Al salir del metro en Plaza Castilla, visualicé una excelente foto nocturna de las torres Kio. Ahí tenéis el resultado (sin comentarios). Por cierto, la luna madrileña… es mú rarita, ¿no?

ANOTACIONES FINALES: listado de famosos reconocidos (si vi algún famosillo, discúlpenme, no estoy mú al día de la tele últimamente).

- Javier Gurruchaga (avión de ida, tres asientos por delante, nada de ir en bísnes, fila nueve, uno que subió el último al avión casi se le salen los ojos al pasar a su lado de la sorpresa= sonrrisilla general del resto del pasaje).

- Carlos López Puccio (el del pelo blanco del Les Luthiers, vamos, que a los cinco los vimos en directo en el teatro, pero es que a éste, encima, nos lo encontramos después de la actuación en el Vips…).

- Caco Senante (nosotros desayunando, él por la calle andando, cruce de miradas a través del ventanal… ¿nos conocemos de algo?)

LO MEJOR DEL VIAJE: reencontrarme con mi niño.

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Mis alas

Málaga bezeta. Ayer lo vi. Y me dio una alegría inmensa que siguiera circulando. Aparcado en el parking del centro comercial, tan bonito como siempre había sido, tan pequeño, tan coqueto, tan rosa como las buganvillas. Con las mismas dos marquitas que los niños del vecino le hicieron al abrir la puerta de su coche con demasiada fuerza cuando los aparcábamos juntos en batería. Con un ligero bollo nuevo en la puerta delantera y en la aleta izquierda. Precioso, limpio, resultón.

Mis padres me ayudaron con la entrada. El resto lo fui pagando a casi cuarentamil al mes durante dos años (vale, vale, las ruedas tampoco las pagué yo). Sin mando a distancia, sin aire acondicionado, sin puertas en los asientos de atrás, casi sin maletero… y, sin embargo, era encaramarme en él y desplegárseme dos alas en la espalda que me llevaban a donde quisiera. Él era mis alas. Así lo sentía.

En él volaba a la otra ciudad cada vez que me apetecía. En él volaba cada día a la universidad. Por él no le tenía ningún reparo a la distancia.

Luego me quedé embarazada. Y pensamos que sin puertas atrás y sin aire sería demasiado incómodo para los desplazamientos con el bebé. Así que, con todo el dolor de mi corazón, lo cambié. Durante casi siete años mágicos me sirvió fielmente, sin un sólo accidente, sin una mala avería (a ver, se le fue dos veces la batería, vale, pero eso no es estropearse).

El sustituto es más grande, más poderoso, mejor aclimatado, con muchas puertas… se porta como un campeón, pero le falta algo. Aún no he conseguido hacerlo sentir parte de mí. Aún no le he encontrado… el alma.

Cuando ayer vi a mi saxito, entendí que sólo él tendría un alma para mí. Y deseé con fuerza que su actual conductor la sintiera.

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La camisa de la serpiente

Una, que se ha tragado muchos docus de la 2 a la hora de la siesta. Eso no me hace una entendida, pero la culturilla general a menudo es provechosa, siempre y cuando no se pretenda aparentar ser una estudiosa del tema y quede en el más absoluto de los ridículos ante alguien que sepa más. En fin. Que una también fue fiel seguidora de la serie de los lagartos (V) y, como tal, fui una de las impactadas por aquellos bichos cuando se les rasgaba el cobertor capilar de pega. El caso es que hay momentos en la vida en que sentimos que, apenas sin darnos cuenta, hemos cambiado, hemos crecido, nos hemos transformado en algo que ya éramos, pero más evolucionados.

Cuando me siento así, no puedo evitar acordarme de esas serpientes. Con el día a día, con el ir de acá pallá, imperceptiblemente crecen. Tanto crecen que llega un punto en el que ya no caben dentro de sí mismas. Y la piel se rasga, y se tiran un buen rato retorciéndose para desprenderse de ella, enganchándose con cualquier rama para ayudarse. Cuando después de tanto esfuerzo lo consiguen, siguen avanzando como si nada hubiera ocurrido. Pero si las miras con atención, están más espléndidas, con la piel nueva y brillante. Es un cambio vitalmente necesario.

Y lo más importante. El proceso no tiene vuelta atrás. Las experiencias, los sentimientos, las reflexiones, nos hacen madurar.  Avanzamos. Que nadie me pida ahora que vuelva a ser la de antes. Sencillamente es imposible. No quepo.

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    Mes a Mes

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    La colección completa, post a post

  • Ostras, lo que yo decía…
  • Sequía
  • El hombre tranquilo
  • En el Jardín de la Magia
  • Amo a vé…
  • S.O.S. BCN
  • Fugaz
  • Dar séra, pulir séra
  • No puedo evitarlo
  • Bajo la lluvia
  • Desvaríos
  • ENHORABUENA A TODOS
  • DesEscombrando
  • Aguante
  • No tiene precio
  • Viscoelástica o el arte de la adaptación
  • TAMPOCO sigas esta flecha
  • Tengo un boleto ganador
  • NO sigas la flecha
  • Espacio libre
  • Fórmula magistral
  • Antes de morir, ocho cositas
  • Fatal error
  • Te presto mi voz
  • …y aterrizando
  • El día del padre
  • Excelencia
  • Cuando puedas
  • A la semana siguiente…
  • Al día siguiente…
  • Hoy te quiero regalar palabras
  • Avanzando en primera
  • Nunca des nada por supuesto
  • Recordando unos versos
  • Dime cómo trabajas, y te diré…
  • Asúl (la lógica infantil)
  • Las cuatro estaciones del alma (I)
  • Seguro que a vosotros también os ha pasado
  • Post Gata
  • Desenfocados
  • El Pollo de la Paz
  • Pero qué pedorra soy
  • El porqué de algunas cosas.
  • No quiero
  • Cambiando mi interior
  • Desubicación
  • Eau d’orage
  • Miel de caña
  • ¿Dónde está Wally?
  • Nada se para, todo continúa
  • Cáncer, sin aforismos
  • Volare……… oh-oh!
  • Confirmaciones
  • Somos la leche
  • Matrix y el Nuevo Plan General de Contabilidad
  • Ocurrió en la escalera
  • El Camino de Sastiago
  • Matarile-rile-rile…
  • En buena compañía
  • Como las locas
  • Cómo ser marido sufridor y no morir en el intento
  • ¿Cuántos nortes tenemos?
  • ¡Más madera!
  • Iba a escribir
  • Jugando a las definiciones
  • Gracias
  • Tu madre será una santa
  • Septiembre
  • Procas…¿qué?
  • Vuelve mañana (díjole el de la ventanilla al del Almendro)
  • La fibra sensible
  • El pie de la letra
  • ¿Es bueno guardar al menos dos días los artículos como borradores?
  • La cámara oculta
  • Izquierdos de autor
  • Otro agosto es posible
  • Podología
  • Mejor que el Pulitzer
  • La estación llena
  • Si mi padre hubiera tenido un blog, hubiera sido éste
  • Lejos
  • Desconexión
  • De muchos colores, formas y texturas
  • Historias de trimestres
  • Despedida a una etapa de mi vida
  • Arqueología musical
  • Recordando presentes paralelos
  • Hand in my pocket
  • Afú
  • El pijo pródigo
  • Una casa sin muebles ni cortinas
  • Un rato a solas
  • Ocho segundos
  • Un añito más joven
  • ZooHome
  • Peripecias de unos sureños en los madriles
  • Mis alas
  • La camisa de la serpiente
  • El cliente
  • El círculo

    Clasificados por categorías

  • Cuento contigo (13)
  • El Arenal (5)
  • Esto no es cuento (85)
  • Las Rosas del Desierto (8)
  • Poesía (2)

    Y si quereis buscar algo...

  • Para no tener que arrepentirnos de lo que no hicimos

    «Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios. Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría. Pero si pudiera volver atrás trataría de tener solamente buenos momentos. Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora». Jorge Luis Borges.
  • La Arradiobló

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