PodologÃa
Me dice mi marido que lo de mis pies es un tema digno de un artÃculo del blog. Y como no sabÃa muy bien de qué escribir (y ya estaba dejando esto un poco abandonado), voy a tomar esa proposición y os voy a contar cosas sobre mis susodichos.
Para empezar diré que tengo dos. Es lo normal. Si este artÃculo lo estuviera escribiendo un ciempiés probablemente os habrÃais llevado ocho manos a la cabeza. Pero no es el caso. Cuando era chiquitita los metÃa para dentro, asà que uno de aquellos médicos de cabecera de la época me tuvo condenada durante cuatro años y un dÃa de reclusión menor (lo de menor por el tamaño de los pies) dentro de unos zapatos cerrados en invierno y en verano, dentro de los cuales encontraban cuna sendas plantillas ortopédicas. No llegué a cumplir la condena Ãntegra, mi caso fue revisado por el médico de cabecera sustituyente del anterior, quien finalmente sobreselló el caso y ordenó que me fueran retiradas. Lo primero que hicimos mi madre y yo fue ir a la zapaterÃa a comprarme unas hermosas sandalias azul marino, las primeras en toda mi vida. Las recuerdo perfectamente.
Años más tarde mis pies habÃan crecido. Mucho. Tanto que en una ocasión ese hecho dio lugar a que mi padre se confundiera y me tuviera toda la tarde buscando mis zapatos como loca, hasta que los hallé calzando los suyos propios. Ciertamente, mi padre tuvo para conseguirlo que engurruñir un poco los dedos, pero un poco nada más. El caso es que cuando salÃa de compras para cubrir estas lejanas extremidades, no habÃa forma, nunca encontraba zapatos de mi número (una época en la que yo no sé si es que no era muy normal tener un 40 o si, en realidad, era un boicot de la industria, que les tenÃa una insana manÃa a las féminas piesgrandes). El súmun del colmo consistÃa en salir de compras con mi cuñada; ella estaba situada exactamente en las antÃpodas del problema, asà que muchas veces volvÃamos con las manos (mejor dicho, los pies) vacÃas, ella por defecto (calzar un 35 tampoco es normal) y menda por exceso. Los tenis (bambas, zapatillas deportivas) tenÃan un pase, pero si lo que querÃa era ya un zapato de vestir, ya ni os cuento. Dos hechos han marcado mi reconciliación con la industria: la manufactura masiva de zapatos que me cupieran, y la normalización europea de tallaje efectuada hace unos añitos, tras la cual mis pies se encogieron del 40 al 39.
Mis pies son una estación meteorológica infalible. Si están como carámbanos, azules y con sabañones, no lo duden: es pleno invierno. Si no son capaces de soportar más que unas ligerÃsimas chanclas so pena de cocerse y derretirse en sus propios jugos, la cosa está clara: el verano ha llegado. Y yo regulo la temperatura de mi cuerpo a través de mis pies (qué pasa, los elefantes lo hacen con las orejas y los perros con la lengua, eso es menos glamuroso). Calcetinancos pa dormir en invierno y los pies colgando al aire más allá del colchón en verano.
La uña del “Ãndice” del pie derecho la mudo de vez en cuando, enterica. Un recalentón tras una caminata es suficiente; al cabo de un mes se me habrá terminado de desprender. El año pasado me vi en la yema de ese mismo dedo (es un pupas) una extraña mancha blanca y redonda. El podólogo no tuvo dudas: era un papiloma, y habÃa que arrancarlo y rasparlo y quemarlo todas las semanas hasta que se curara (poldió, no se olviden ustedes ducharse en las duchas públicas, incluso las de la playa, con las chanclas puestas). Entraba recuperada de la escabechina de la semana anterior y salÃa coja perdÃa y con la tensión algo más baja. Tres o cuatro meses estuve con el temita liada. Lo bueno fue que se curó muy bien y no he tenido problemas de reproducción (todavÃa, no lo diré muy alto).
Lo que mi marido quiere que cuente es el hecho matemático de que todo objeto susceptible de caerse por efecto de la ley de la gravedad lo hará sobre mis pies, con el consiguiente grito por mi parte. Pisotones, todos para mà (como duelen los del niño). Golpes con lo más inverosÃmil, yo. Tropezones con cualquier obstáculo depositado en el suelo se los dará la que suscribe. Puertas del coche cerradas a destiempo, antes de hacerlo me pillarán enmedio. Si mis pies andan doloridos por calzar tacón, las aceras se transformarán por arte de magia en esos inoportunos cÃrculos de bajada a la calzada que se me clavan en la planta y me hacen retorcerme de dolor. ¿Las aceras tienen surcos haciendo dibujitos? Mis zapatos se colarán misteriosamente en todos ellos para hacerme doblar los tobillos, aunque esté calzando cuñas…
Menos mal que me sirven para andar, que si no… me los dejaba en casa castigaos!


