Procas…¿qué?
Hace uno o dos años cayó en mis manos un libro (en realidad lo busqué intencionadamente, después de oír hablar a su autor). Leyendo, leyendo, llegué a una parte donde detallaba a la perfección algo que a mí me ha ocurrido siempre, le puso un nombre, y a mí me dejó con el alivio de saber que no soy la única, que hay mucha más gente como yo que vive bajo el propio yugo de la… ajá, aquí viene el problema. Si uso la palabra enseñada por el autor, me siento bien, porque me siento una “padeciente”. Pero si uso las que siempre he usado, me suena a culpabilidad extrema. Llamarlo mejor para sentirme mejor no es excusa para abandonarme sin propósito de enmienda. Pero entendedlo, muchas de las cosas por las que nos sentimos culpables no son del todo realistas. Y yo quiero sentirme culpable únicamente en su justa medida.
Las palabras que podríamos usar son (con toda su carga negativa) pereza, indolencia, desidia, vagancia, sangre de horchata, a-tí-no-te-va-a-dar-un-infarto, joer-venga-vente, ¿dónde-está-(…loquesea…)-que-estaba-aquí-y-ya-no-está?
Resumiendo, algo que nos pasa a todos en alguna medida, yo lo llevo a los límites del desastre. Es el famoso “mañana-lo-hago”. ¿Hay que estudiar? Queda tiempo, mañana empiezo. ¿Hay que ordenar los armarios? Uf, con el calor que hace… mañana lo hago. ¿Tienes que llamar por teléfono para algún asunto importante/nimiedad? Ay, no tengo ganas, mañana llamo. ¿Visitar a tus parientes antes de volver de vacaciones? Aún quedan días, mañana voy. ¿Deshacer las maletas a la vuelta del viaje? He llegado muerta, mejor ahora descanso en el sofá/cama/tumbona/ordenador, y mañana la quito de enmedio. No sé por qué, el caso es que siento que mañana tendré las fuerzas y el espíritu emprendedor que hoy se empeñan en echar la siesta.
Obviamente, el mañana nunca llega, porque el mañana se transforma en hoy, y mañana siempre está ahí para echarnos una mano. Algunas cosas, normalmente las que ya caen por su propio peso, van saliendo milagrosamente. De hecho, creo que he desarrollado una habilidad para torear esta incapacidad mía y tener lo verdaderamente importante terminado a tiempo. También voy por épocas, unas en las que soy capaz de sobreponerme a mis pocas ganas de menearme, y otras en las que las montañas de cosas materiales e inmateriales se me caen literalmente encima de la cabeza. De hecho, considero un auténtico milagro que haya conseguido hacer tantas cosas. Supongo que han sucedido en recesos del mecanismo. Hoy en día, cuando más falta me hace sacar fuerzas y coger muchos toros por los cuernos (supongo que precisamente porque son muchos), se me antoja una proeza imposible. En lugar de luchar, me evado del problema; el cual, por supuestísimo, se hace más gordo.
Hasta aquí mi propia experiencia. Me dejo en el tintero las cosas con nombres y apellidos que he dejado de hacer por no aburriros ni asustaros. Simplemente un apunte más. Las palabras concretas dichas por el autor concreto del que hablaba antes. Si qué decir tiene lo asombrada que me quedé al redescubrirme en sus líneas. Vosotros leed y decidid si no es más o menos lo mismo que digo yo de mí misma.
[...] V. EL FRACASO DE LA VOLUNTAD
[...] tipología apresurada de los fracasos de la voluntad en su función controladora. [...]
La procastinación. [...] Hay que recordar que significa “dejar algo para mañana”. En castellano tenemos dos palabras vecinas: “postergar”, que significa “dejar algo para hacerlo más tarde o después de otra cosa a la que en el orden normal precedería”, y “diferir”, que significa “no hacer algo en el momento en que se había pensado, sino dejarlo para más tarde”.
Son dos significados muy semejantes al que tiene la palabra inglesa, pero no me parecen sinónimos de ella. La procastinación no es un simple aplazamiento, ni es negarse a hacer una cosa. Es, sin duda, desidia, pero una desidia acompañada de complejas tácticas dilatorias. El procastinador toma la firme decisión de hacer una cosa mañana, decisión que volverá a ser aplazada con la misma resolución al día siguiente. Tiene, pues, una gran fuerza de voluntad para actuar en el futuro, pero una débil voluntad para el presente. Es como si se diera a sí mismo un talón con fecha renovable. Una complaciente voz interior le dice que emergerá de esa noche de prórroga transformado, dotado de energías maravillosas, que harán todo más fácil. ¿Quién puede negar que es mejor acometer una tarea sintiéndose pletórico de fuerzas? El procastinador suele ser postergador raciocinante, que se da argumentos muy convincentes -para él- que le aconsejan aplazar la acción. [...]
Lo curioso es que, cuando alguien se libera de este tipo de “adicción al día siguiente”, se encuentra realmente bien. Si una persona decide utilizar la primera media hora de trabajo para responder a todas las cartas, conseguirá una envidiable tranquilidad para el resto del día.
Hay otro asunto que facilita el dejar las cosas para otro momento. Tiene que ver con la percepción del tiempo. Los postergadores suelen pensar que hacer algo va a ocupar más tiempo de lo que en realidad ocupa, que no vale la pena iniciar una cosa si no se la va a terminar de un tirón, y que poco tiempo es ningún tiempo. Manejan el tiempo al por mayor y no al menudeo, que es como de hecho lo vivimos [...]. En efecto, hay pequeños retales, huecos de tiempo entre una ocupación y otra, parecidos a esos retales de espacio vacío que hay en las cajas de botellas, que el procastinador despilfarra. [...]
Jose Antonio Marina
“La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez.”
***
Cuando estuve hace un par de semanas en el Mar Menor, me sucedió algo extraño. Como si el lugar estuviera poseído por un extraño magnetismo, el tiempo que estuve allí me llené de energía. No me cansaba apenas, resistía el fuerte calor mejor que mi familia, la cual normalmente no encuentra tantas excusas como yo para no moverse ni hacer grandes esfuerzos. Quería ver esto y aquello, quería llenar todos los huecos del día con visiones y sensaciones. No quería perder ni un minuto. Sin duda, estar allí fue un gran aliciente.
Supongo que este blog (y los vuestros) también lo es. Si no, no sé cómo podría estar pendiente de seguir escribiendo. El hecho de que no sea impuesto, sino un grato placer evasivo, tendrá algo que ver. Digo yo.


