Pepitas de Oro y Granos de Arena

Si sólo dispusiera de hoy, no dejaría nada para mañana
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Procas…¿qué?

Hace uno o dos años cayó en mis manos un libro (en realidad lo busqué intencionadamente, después de oír hablar a su autor). Leyendo, leyendo, llegué a una parte donde detallaba a la perfección algo que a mí me ha ocurrido siempre, le puso un nombre, y a mí me dejó con el alivio de saber que no soy la única, que hay mucha más gente como yo que vive bajo el propio yugo de la… ajá, aquí viene el problema. Si uso la palabra enseñada por el autor, me siento bien, porque me siento una “padeciente”. Pero si uso las que siempre he usado, me suena a culpabilidad extrema. Llamarlo mejor para sentirme mejor no es excusa para abandonarme sin propósito de enmienda. Pero entendedlo, muchas de las cosas por las que nos sentimos culpables no son del todo realistas. Y yo quiero sentirme culpable únicamente en su justa medida.

Las palabras que podríamos usar son (con toda su carga negativa) pereza, indolencia, desidia, vagancia, sangre de horchata, a-tí-no-te-va-a-dar-un-infarto, joer-venga-vente, ¿dónde-está-(…loquesea…)-que-estaba-aquí-y-ya-no-está?

Resumiendo, algo que nos pasa a todos en alguna medida, yo lo llevo a los límites del desastre. Es el famoso “mañana-lo-hago”. ¿Hay que estudiar? Queda tiempo, mañana empiezo. ¿Hay que ordenar los armarios? Uf, con el calor que hace… mañana lo hago. ¿Tienes que llamar por teléfono para algún asunto importante/nimiedad? Ay, no tengo ganas, mañana llamo. ¿Visitar a tus parientes antes de volver de vacaciones? Aún quedan días, mañana voy. ¿Deshacer las maletas a la vuelta del viaje? He llegado muerta, mejor ahora descanso en el sofá/cama/tumbona/ordenador, y mañana la quito de enmedio. No sé por qué, el caso es que siento que mañana tendré las fuerzas y el espíritu emprendedor que hoy se empeñan en echar la siesta.

Obviamente, el mañana nunca llega, porque el mañana se transforma en hoy, y mañana siempre está ahí para echarnos una mano. Algunas cosas, normalmente las que ya caen por su propio peso, van saliendo milagrosamente. De hecho, creo que he desarrollado una habilidad para torear esta incapacidad mía y tener lo verdaderamente importante terminado a tiempo. También voy por épocas, unas en las que soy capaz de sobreponerme a mis pocas ganas de menearme, y otras en las que las montañas de cosas materiales e inmateriales se me caen literalmente encima de la cabeza. De hecho, considero un auténtico milagro que haya conseguido hacer tantas cosas. Supongo que han sucedido en recesos del mecanismo. Hoy en día, cuando más falta me hace sacar fuerzas y coger muchos toros por los cuernos (supongo que precisamente porque son muchos), se me antoja una proeza imposible. En lugar de luchar, me evado del problema; el cual, por supuestísimo, se hace más gordo.

Hasta aquí mi propia experiencia. Me dejo en el tintero las cosas con nombres y apellidos que he dejado de hacer por no aburriros ni asustaros. Simplemente un apunte más. Las palabras concretas dichas por el autor concreto del que hablaba antes. Si qué decir tiene lo asombrada que me quedé al redescubrirme en sus líneas. Vosotros leed y decidid si no es más o menos lo mismo que digo yo de mí misma.

[...] V. EL FRACASO DE LA VOLUNTAD

[...] tipología apresurada de los fracasos de la voluntad en su función controladora. [...]

La procastinación. [...] Hay que recordar que significa “dejar algo para mañana”. En castellano tenemos dos palabras vecinas: “postergar”, que significa “dejar algo para hacerlo más tarde o después de otra cosa a la que en el orden normal precedería”, y “diferir”, que significa “no hacer algo en el momento en que se había pensado, sino dejarlo para más tarde”.

Son dos significados muy semejantes al que tiene la palabra inglesa, pero no me parecen sinónimos de ella. La procastinación no es un simple aplazamiento, ni es negarse a hacer una cosa. Es, sin duda, desidia, pero una desidia acompañada de complejas tácticas dilatorias. El procastinador toma la firme decisión de hacer una cosa mañana, decisión que volverá a ser aplazada con la misma resolución al día siguiente. Tiene, pues, una gran fuerza de voluntad para actuar en el futuro, pero una débil voluntad para el presente. Es como si se diera a sí mismo un talón con fecha renovable. Una complaciente voz interior le dice que emergerá de esa noche de prórroga transformado, dotado de energías maravillosas, que harán todo más fácil. ¿Quién puede negar que es mejor acometer una tarea sintiéndose pletórico de fuerzas? El procastinador suele ser postergador raciocinante, que se da argumentos muy convincentes -para él- que le aconsejan aplazar la acción. [...]

Lo curioso es que, cuando alguien se libera de este tipo de “adicción al día siguiente”, se encuentra realmente bien. Si una persona decide utilizar la primera media hora de trabajo para responder a todas las cartas, conseguirá una envidiable tranquilidad para el resto del día.

Hay otro asunto que facilita el dejar las cosas para otro momento. Tiene que ver con la percepción del tiempo. Los postergadores suelen pensar que hacer algo va a ocupar más tiempo de lo que en realidad ocupa, que no vale la pena iniciar una cosa si no se la va a terminar de un tirón, y que poco tiempo es ningún tiempo. Manejan el tiempo al por mayor y no al menudeo, que es como de hecho lo vivimos [...]. En efecto, hay pequeños retales, huecos de tiempo entre una ocupación y otra, parecidos a esos retales de espacio vacío que hay en las cajas de botellas, que el procastinador despilfarra. [...]

Jose Antonio Marina

“La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez.”

***

Cuando estuve hace un par de semanas en el Mar Menor, me sucedió algo extraño. Como si el lugar estuviera poseído por un extraño magnetismo, el tiempo que estuve allí me llené de energía. No me cansaba apenas, resistía el fuerte calor mejor que mi familia, la cual normalmente no encuentra tantas excusas como yo para no moverse ni hacer grandes esfuerzos. Quería ver esto y aquello, quería llenar todos los huecos del día con visiones y sensaciones. No quería perder ni un minuto. Sin duda, estar allí fue un gran aliciente.

Supongo que este blog (y los vuestros) también lo es. Si no, no sé cómo podría estar pendiente de seguir escribiendo. El hecho de que no sea impuesto, sino un grato placer evasivo, tendrá algo que ver. Digo yo.

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Vuelve mañana (díjole el de la ventanilla al del Almendro)

Iba a hablar de muchas cosas, la verdad, no me hago una clara idea de lo que voy a escribir porque me asaltan tres o cuatro temas distintos. Tengo un post pendiente de mi gato (que lo amenazado es deuda), quería contar el pasado finde en plan hiperreuniónfamiliar y las consiguientes peripecias del viaje. Y entonces he recordado que hay otro tema que llevo pensando desde hace más tiempo aún. Quería hablar sobre el mal que me aqueja. Tranquis las masas, que no me pasa ná. Bueno, según se mire. La salud bien, gracias (bueno, quizá la mental no tanto…). El tema es más bien un defectillo de la personalidad, pero el hecho de haberle podido poner nombre me liberó un poquito de sus efectos (al menos de sentirme inmensamente culpable).

Joer cuantas vueltas doy hasta llegar al grano, si fuera un perro ya me habría hecho una mullida camita.

El caso es que… tengo sueño, mejor mañana lo hago, ¿no os parece? De verdad que hace un ratito he tenido que recoger la cabeza de encima de la mesa (¿habéis probado a teclear con la frente apoyada en la mesa? materialmente imposible mantener los ojos abiertos). Mantendremos la intriga sobre el “qué será, qué será” hasta que encuentre el ratito y la inspiración que ahora me faltan. Sólo diré que, justamente, dejarlo para mañana tiene muuuuucho que ver.

Y para que no os vayáis con la sensación de que os he hecho tragar un timo-post, os contaré algo, culturilla cultural que dice mi socio. Y es que… han aparecido las llaves (sí, sí…… colgadas en su sitio :( ……..manda webs!!!).

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La fibra sensible

Han sido dos los momentos, dos los motivos, dos reacciones que fueron una sola, y el mismo día.

Una la causó sin pretenderlo alguien absolutamente desconocido. Vestida que iba para la ocasión únicamente con el bikini y el albornoz, acudí a mi cita con unos minutillos de adelanto. La recepcionista levantó la vista hacia mí a la par que respondía a mis buenos días, para a continuación pronunciar mi nombre en tono inquisitivo. Al recibir mi respuesta afirmativa, me hizo pasar a un habitáculo mientras sostenía la cortina que otorgaba intimidad a lo que allí iba a ocurrir. Una camilla ocupaba todo el espacio central, allí donde previsiblemente tendría que tumbarme en breve. La muchacha, delgada y morena, con el pelo recogido en una pequeña coleta, se presentó por su nombre, quedando claro al instante que no era la recepcionista. Con las siguientes palabras que pronunció me hizo brotar las lágrimas, que no llegaron a salir de los lagrimales pese a todo. Me hubiera sentido un poco ridícula si llego a abandonarme a la necesidad de llorar en ese momento. Apenas recuerdo (y sólo han pasado tres días) las palabras exactas, fue algo así como…

-¿Cuál es el problema?

O quizá fue…

-¿Qué es lo que le pasa?

Yo no estaba preparada para esa pregunta. Simplemente iba con la idea en la cabeza de que le diría que mis lumbares están resentidas, que qué tratamiento me recomendaba para aliviar la tensión, con una breve descripción de la raíz de la molestia. Pero no. Ella, con esa pregunta, abrió sin querer una herida que parecía cicatrizada, superada, olvidada… Destapó esa caja que permanecía escondida bajo llave, tantas veces mencionada, pero arrumbada en el último rincón del alma. Todo se me vino encima de golpe, con un peso aplastante, emocionándome al ver recorrer ante mí en cámara rápida las imágenes de todo lo sufrido en aquellos años. Su pregunta fue más allá del plano físico, penetraron en el plano psíquico y a punto estuve de tomar la camilla por un diván.

Tomé aire, colgué el albornoz de la percha y le expliqué en pocas palabras toda una vida. Mi espondilolistesis, mis ataques de ciática a los doce años, mis operaciones para fusionarme las dos vértebras, el error de diagnóstico que propició que dichas operaciones llegaran tarde para poder recolocarme la vértebra en su sitio, todo lo cual derivó en un acortamiento de los músculos lumbares, lo cual me confiere la graciosa apariencia de un pato, y sufrir dolores cuando recargo mucho la zona con peso o con lentas caminatas. Lo tenía superado, lo tenía asumido, conozco mis limitaciones, he vivido con ellas desde la infancia, hago vida normal, incluso he podido tener a mi hijo. Y, sin embargo, siempre queda ese fondo de amargura…

Automáticamente me enamoré, en un sentido absolutamente espiritual, de aquella mujer. Porque su pregunta, aparte de profesional, era humana. Se interesaba por la raíz, por mi trauma infantil y juvenil, por el verdadero problema que me marcó durante tanto tiempo. Y con su interés profesional y humano me sentí arropada y mimada en mi más íntimo dolor. Las corrientes que me aplicó primero y, sobre todo, el masaje lumbar que me proporcionaron sus manos expertas de fisioterapeuta, embalsamaron no sólo el malestar físico, sino también el otro, el que no atendemos porque siempre hay otras cosas en qué pensar. Al final, después de una sesión en la piscina de rehabilitación en la cual, tras unos ejercicios acuáticos, me condujo flotando a la más absoluta relajación, le di las gracias. Me supieron a poco esas gracias. Pero era evidente que, en esos momentos, yo no estaba en disposición de hacer por ella todo lo que ella había hecho por mí durante los noventa minutos mejor pagados de los últimos tiempos.


Otra la causó el entorno, el mar, los recuerdos, los fantasmas, el sol, la arena, las algas, el calor dMar Menorel agua… y la niña que fui una vez. Sumergida en las aguas del Mar Menor, todos los minutos atesorados en largos veranos durante casi una década se bañaron conmigo. Y tuve de nuevo seis o siete u ocho años, el sol volvió a cegarme mientras daba vueltas en una orilla interminable, porque el agua no cubre si no andas treinta metros mar adentro, la arena volvió a colarse húmeda entre mis dedos mientras me agarraba con ellos al fondo cristalino, con el afán de quien se quiere quedar para siempre unido a ese instante. Y no me cansé. No salí del agua en todo el tiempo, exactamente igual que hacía cuando mi padre me llevaba temprano por la mañana y eran mi madre y mi tía, las últimas en llegar y en recogerse para la hora de la comida, las que me arrancaban de la laguna. Los labios y los dedos acartonados y arrugados, sin frío -imposible de sentir con el agua a veinticinco grados-, la sal afianzándose hasta de las pestañas, el yodo calando hasta los huesos.

Las SalinasEse mar, ese pueblecito llamado Santiago de la Ribera, ese túnel del tiempo que son sus calles apenas cambiadas, es el lugar donde más feliz he sido. La infancia es el verdadero paraíso del hombre. Y, para mí, el paraíso está en un lugar muy concreto, un rincón murciano al que puedo volver para sentirme otra vez yo misma, mi yo chica con mi yo grande, dos veces yo.

Mar MayorLas fotos (salvo la aérea, a mi pesar no es mía) las tomé el sábado en Las Salinas de San Pedro del Pinatar. Me queda mucho por descubrir en aquellos bellos rincones.

Para que luego digan que tres días de vacaciones son una birria de vacaciones… Anda que no dan de sí.

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El pie de la letra

Cuando comencé las clases del CAP, que no llegué a terminar por avatares de la vida, pillé las clases que más me gustaban (al menos tuve puntería), las de psicología. Para ilustrar no recuerdo qué concepto, el profesor, un joven con un ya extenso anecdotario, aprovechó para explicarnos en qué consistía exactamente el autismo. Contaba que un amigo suyo, precisamente una eminencia en el tema, tenía un hijo autista. Nos decía que la característica principal a la hora de enfrentarse al lenguaje es la incapacidad de estas personas para entender las ironías, los dobles sentidos, las metáforas… es decir, que no podían entender nada más allá de lo que las propias palabras estaban transmitiendo en su sentido más literal. Nos narró cómo en una ocasión llamó por teléfono al domicilio de este amigo y de cómo, tras descolgar el auricular, le contestó el hijo autista (al parecer, en todos los demás aspectos, el chico había avanzado tanto en su entrenamiento para la vida cotidiana que, en muchas ocasiones, hablando con él te olvidabas de que padeciera ningún trastorno). Así fue cómo este psicólogo, sin medir sus palabras, le soltó: “Hola, ¿está tu padre?”, a lo que el chaval respondió: “Hola. Sí, está”. Tras un lapsus de unos diez segundos en los cuales el psicólogo sólo acertaba a oir una respiración al otro lado del teléfono, sus propias sinapsis neuronales acertaron a conectar dos conceptos del tipo causa-efecto: chico autista interpreta literalmente sus palabras, chico autista ya ha respondido a la pregunta y está a la espera de que tú digas algo más porque, en lo que a él concierne, ya no tiene nada más que añadir ni obrar. “Estooo…. ¿le puedes decir que se ponga al teléfono?”; “Claro, voy a avisarle”.

Leyendo blogs y comentarios, llego a la conclusión de que la capacidad de muchas personas para entender los giros del lenguaje tiene diferentes grados. Supongo que nadie, salvo que sea autista, alcanza los niveles de un autista. Pero queda constatado que no todo el mundo entiende por igual un mensaje, un sarcasmo, una ironía. Pero eso es “problema” (por llamarlo de alguna manera) de cada cual. El escribiente no tiene porqué estar al quite de lo que puedan llegar a interpretar todos y cada uno de los que le lean, él se debe a su forma de ver la vida, de interpretarla y de plasmarla. Quien entienda una cosa se llevará una lección distinta de quien interprete otra. Lo malo es cuando interpretan todo lo contrario a lo que se quiso decir… (hummmmmmm……… problema donde los haya en el mundo de la política; claro que ahí se mezcla el insano interés de algunos por hacer creer a los demás que fulanito fíjate tú lo qué ha disho, cuando estaba mucho más clara la intención original del emisor).

¿Y qué he querío yo decir con todo esto? ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Ajáaaaa………………….!!!!!!!!!!!!! (al más puro estilo de Tom cuando por fin atrapa a Jerry).

Una vez mi hermano, curioseando lo que estaba escribiendo en un papel, me preguntó que por qué le ponía un palito a la base de los unos, que si era para que no se cayeran (aquí se rió mucho de su propia ocurrencia y yo, que contaba con unos escasos 15 años, me mosqueé un poco). Hoy, más de veinte años después, me pregunto si no deberíamos ponerle palitos a todas las palabras para sostenerlas y que nadie nos las haga caer.

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¿Es bueno guardar al menos dos días los artículos como borradores?

Al día siguiente de publicar la anterior entrada, buscando páginas de motos, encontré -ya ni sé dónde- una sección al más puro estilo de aquel noticiero de La2 que se llamaba “no comment”, en la que la noticia era la protagonista y ningún locutor contaba ni interpretaba. En esta ocasión, un titular y unas simples fotos ilustraban al 100% la noticia. Me dieron ganas de compartirlas aquí inmediatamente, pero opté por no saturar el blog (el post anterior me había quedado chulo, la verdad, y tenía más ganas de que vuestra atención se centrara en él), así que escribí y diseñé el nuevo, dejándolo aparcado como borrador. Ahora han pasado algunos días y ya podría darle rienda suelta. Pero me sucede algo extraño. Será porque he tenido abierta la botella de champán demasiado tiempo a la espera de que llegaran los invitados, que se le ha ido el gas, e incluso lo cato un poco y ya no me parece de la calidad que me pareció que tenía al abrirlo.

Esta reflexión a punto ha estado de sacrificar ese borrador y pasar a otra cosa mariposa. Pero luego he seguido pensando… que quizá lo único que haya pasado es que, efectivamente, el champán era aceptable, pero que se ha de tener paciencia y esperar a que estén todos para abrirlo y brindar. Yo nunca escribo borradores, conforme escribo y corrijo las comas y un par de palabras repetidas, publico. Me parece que funciono mejor con el calor del momento, con la inspiración montada sobre mi hombro. Creo que nunca sería capaz de publicar un libro por encargo, ni siquiera de publicar un libro sobre lo que ya tengo escrito si eso supone corregirlo. No me gusta corregir lo que escribo. La forma de decirlo en ese primer momento muy probablemente sea la mejor manera de reflejarlo, porque todos los planetas y constelaciones de mis ideas estaban alineadas para que surgiera lo que surgió, y sería, muy probablemente, la mejor forma de expresarlo.

Así que, entre unas cosas y otras, he optado por ser fiel a ese primer impulso y publicar, tal y como lo concebí hace días, el artículo de la discordia.

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Artículo suprimido.

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La cámara oculta

Pues ná, que he perdío las llaves de casa, qué le vamos a hacer. Yo más bien diría que las tengo extraviás dentro de la propia casa, en el fondo de algún bolso, dentro del correpasillos de mi hijo o, más probablemente, dentro de su cesto de los juguetes. A saber. Yo, en estas situaciones, no busco más allá de los sitios lógicos. Ya aparecerán.

El caso es que hace justamente una semanita estaba yo en el súper a medio día haciendo la compra pal papeo. Salgo con mis tres bolsas y me voy pa la casa. Pero mi marido no ha llegado aún con el niño, y como se me ha olvidao pillar las llaves de “respuesta”, pos me toca esperar sentada en el tranco. Me abro un paquete de patatas fritas para hacer la espera más corta mientras mi vista vaga de izquierda a derecha. En esto que, entre patata y patata, veo al borde del jardincillo que hay delante del portal, ahí plantao sobre el césped y a la sombra de una palmera, un carricoche de bebé en bastante buen estado aparente, con la capota de espaldas a mi vista. Pos vale, los cubos de basura están justo al lado, así que alguien lo habrá dejado ahí para que otro que llegue lo vea y lo aproveche. Al cabo de unas cuantas patatas más, una de mis neuronas (de esas que funcionan como la cobertura de mi móvil), parece que empieza a emitir unas ideas un tanto rocambolescas; y como una ya está curá de espanto con las noticias con que se sirve la tele, empieza a formarse la idea de que, a lo mejor, el cochecico esté habitado por algún tierno infante, abandonado por sus padres por no se sabe qué tragedia familiar.

Por muy rebuscada que fuera la idea (y después lo he confirmado con los diecinueve amigos que pasaron por el lugar y vieron el carricoche), ¿quién no se asoma a comprobarlo? El caso es que, después de dejar las bolsas amontonadas en el peldaño del portal, a cada paso que me iba acercando (atajando por el césped y tó), más preocupada y nerviosa estaba pensando que era perfectamente factible que, en verdad, allí hubiera un pobretico bebé asao de calor. Así que mis pasos cada vez eran más rápidos, tanto que, al final, iban mezclados de angustia vital.

Pos llegando al cochecico, medio girando el cuerpo y estirando el cuello para vislumbrar algo, lo que no vislumbré bien fue el reborde (bastante alto) de cemento que había delante delimitando la zona de césped. Sí, levanté el pie para salvar el obstáculo. Pero no lo suficiente. Así que, tras tropezar (enlazar aquí con el post de los pies), allá que se fue Illyakin al suelo, hincá de rodilla incluida, que no besé los baldosines porque tuve reflejos y puse las manos por delante. En ese instante muchas cosas pasaron por mi mente:

- “Mierda!!!”

- “¿Me habrá visto alguien?”

- “Mecawentó!!!”

- “El niño, el niño, pobretico el niño!!!”

Me levanté como un resorte mirando a mi alrededor rápidamente, gracias a que alguien inventó la hora de la comida no había nadie alrededor. Me tiro a mirar el interior del capazo, aliviada por fin de que allí no hubiera bicho viviente. Acto seguido, mis pensamientos siguieron:

- “Menos mal, está vacío”.

- “Joputa el que ha dejao aquí plantao el carro… pero si encima es que está atao a la farola y tó!!!”

- “Ay, mi rodilla…”

- “Ay, mis manos…”

- “Ay, mi pie…”

- “Joputa cabrón… a quién se le ocurreeeeeeeeeeee!!!!!!!!!”

En fin. Después de varios días allí colocao, el cochecico desapareció. Así que si veis los programillas estos del veraneo de los vídeos de caídas y demás calamidades graciosas, la del batacazo junto a un carrito de bebé soy yo, la misma que viste y calza. Porque cada día estoy más convencida de que alguien se lo pasó muy bien grabando las reacciones de la gente ante la vista de un posible abandono infantil.

Moraleja: si perdéis las llaves de casa, sacad una copia cuanto antes.

PD: el moratón de la rodilla todavía da susto…

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Izquierdos de autor

Ho-ho-hooooouuuuuu!!!!!!!!!!! (la noticia aquí)

Texto íntegro de la sentencia.

¡ME ENCANTA QUE LOS PLANES SALGAN BIEN!

Hannibal, El equipo “A”

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Otro agosto es posible

A ver, que aquí la mitad de la peña está de vacaciones y la otra mitad amuermá, a esto hay que darle más vidilla. En cualquier empresa cuando parte de la plantilla se va a la playa, la otra mitad tiene que trabajar el doble, ¿o no? Pues eso, a echar turnos dobles se ha dicho. ¡Hala, ya os quiero ver moviendo el cul… digoooooo, los dedos (he dicho búho, he dicho búho!!!) y actualizando esos blogs vagos! ¡AR!

Predicando con el ejemplo… anécdotas de trabajar en agosto, ¿qué os parece el tema?

*** EL APARCAMIENTO ***

Que cuando llegamos durante el invierno puntualmente acabemos todos entrando tarde mínimo quince minutos se lo debemos a este problema, mejor dicho, PROBLEMA, de toda ciudad que se precie de ser eso mismo, una ciudad. Me joroba sobremanera que los ayuntamientos sigan mirando para otro lado sin aportar soluciones, ni imaginativas ni de ninguna clase. Claro, como ELLOS tienen plaza reservada… Todo lo solucionan con zona azul o con aparcamientos públicos. El primer día que empecé a trabajar en Almería con mis clases, llegaba justita de tiempo, así que no me lo pensé mucho, no quería llegar tarde el primer día, así que entré de cabeza al parking público. Seis o siete horas después… a pagar 8 eurazos! Eso un día, vale, pero tooooodos los días, como que no. ¿Verdad, señor alcalde?

El siguiente día me mareé dando vueltas y más vueltas alrededor del punto G (o sea, el epicentro de mi destino) que, para más señas, era toooooodo zona azul o zona verde (residentes), que digo yo que los residentes se van a trabajar también y dejan sus sitios libres, que para llegar y dejar tu coche por las noches lo veo muy bien, pero sacrificar tres barrios seguidos sin poder aparcar en tó el día por si viene un residente… pos no lo veo mú claro. Todos sabemos lo que significa la “sonasú”: baja cada hora, aunque te mire mal tu jefe, pa echar otros “veinte duros”. Y al cabo del día pos como que también se te ha ido un pico. Claro, si me abstengo de desayunar, mi bolsillo no nota tanto la diferencia, pero mi estómago sí que sí.

Al tercer día localicé un gran aparcamiento al aire libre, “gratuíto”. Sí. Gratis. JA-JA. Permiso concedido a los minusválidos (que no tienen sueldo por hacer esta labor, sólo se quedan con la mitad del euro que les das, eso sí, voluntariamente porque es un “donativo”). Vale, a éstos se lo doy con más gusto. Y al fin y al cabo, un euro x 7 horas… = “mesalenlascuentas”.

Al cuarto día localizo un terragal. Fantástico, el coche lleno de polvo hasta el cárter, pero al menos no pago un duro y me pilla más cerca… JUAS-JUAS. Aquí no son los minusválidos, aquí te abordan directamente los gorrillas que, en el mejor de los casos, esa mañana no están ya hasta las cejas de sustancias tóxicas varias. Porque ese sí que es el euro del miedo… Francamente, si me pilla uno que me cae bien, se lo doy. Pero si me viene uno poniéndose gallito y cagándose en la estampa de tó dios… pos le doy la espalda y me largo sin darle ni la hora. Estamos de acuerdo que no tiene trabajo y está hecho una mierda, pero por otro lado no me da la gana de financiarle el “bocadillo” y la mala leche que se va a comprar con ese euro.

Al quinto día me ponen una valla alrededor del solar. La promotora ha decidido empezar a remover el terreno. Vaya. Pienso que un pisito justo ahí estaría de puta madre pa no tener que coger coche… despierta tía, el hipotecón de esa zona lo tendrían que pagar tus biznietos.

Ahhhhhh, peeeeeero……… llega el veranito. Y con la caló se va tol mundo mundial menos tú y unos cuantos más. Hala, aparca donde te salga de… de ahí, que está saliendo uno. Por favor, que sea siempre verano y que los demás tengan once meses de vacaciones todos los años!

 

 *** LA CALÓ ***

 ¿Hay algo mejor que fuera esté cayendo un sol de macetilla, que derrite el asfalto y  seca las fuentes, y que tú estés la mar de fresquita con tu aire-en-condiciones enchufao? Bueno, hay algo mejor, claro. Que el aire esté bien regulado, porque si no, nos pasaremos el verano entre estornudos, faringitis, kleenex, chaquetas y pañuelitos al cuello. ¿Alguien le ha dicho a los responsables de fijar la temperatura en el termostato que con quince grados se forman estalagtitas en la nariz? Pero lo mejor de lo mejor en verano es trabajar en un sótano. Al menos en el sótano que tengo el gusto de llamar “mi despacho”. Con el aire desenchufao (menos mal que son independientes y lo regulo yo) y con los pelos de punta, que me tuve que levantar y colocarme la chaquetilla que tengo colgá del perchero pa esos menesteres. Eso sí, tuve que salir a la calle un momento, se me olvidó que llevaba puesta la chaqueta… y casi me da un vahío del bofetón de caló.

El día que no tengo que currar paso un calorrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr, con muchas “erres”, que casi estoy deseando que sea lunes otra vez pa ir a mi paraíso particular.

*** EPÍLOGO ***

Venga, animaros, contadme más ventajas de trabajar en verano (tened en cuenta que este post es para animar al personal que no está de vacaciones, sed consecuentes, que los que no están nos dirían tirirí-que-te-vi, pero como no están, nosotros hacemos causa común; y si alguien está de vacaciones y se siente tentado de aportar su granito de arena, hágaseme el favó de explicar lo mal que se está en la playa en la tumbona debajo de una sombrilla y con una cerveza helada a mano).

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    La colección completa, post a post

  • Ostras, lo que yo decía…
  • Sequía
  • El hombre tranquilo
  • En el Jardín de la Magia
  • Amo a vé…
  • S.O.S. BCN
  • Fugaz
  • Dar séra, pulir séra
  • No puedo evitarlo
  • Bajo la lluvia
  • Desvaríos
  • ENHORABUENA A TODOS
  • DesEscombrando
  • Aguante
  • No tiene precio
  • Viscoelástica o el arte de la adaptación
  • TAMPOCO sigas esta flecha
  • Tengo un boleto ganador
  • NO sigas la flecha
  • Espacio libre
  • Fórmula magistral
  • Antes de morir, ocho cositas
  • Fatal error
  • Te presto mi voz
  • …y aterrizando
  • El día del padre
  • Excelencia
  • Cuando puedas
  • A la semana siguiente…
  • Al día siguiente…
  • Hoy te quiero regalar palabras
  • Avanzando en primera
  • Nunca des nada por supuesto
  • Recordando unos versos
  • Dime cómo trabajas, y te diré…
  • Asúl (la lógica infantil)
  • Las cuatro estaciones del alma (I)
  • Seguro que a vosotros también os ha pasado
  • Post Gata
  • Desenfocados
  • El Pollo de la Paz
  • Pero qué pedorra soy
  • El porqué de algunas cosas.
  • No quiero
  • Cambiando mi interior
  • Desubicación
  • Eau d’orage
  • Miel de caña
  • ¿Dónde está Wally?
  • Nada se para, todo continúa
  • Cáncer, sin aforismos
  • Volare……… oh-oh!
  • Confirmaciones
  • Somos la leche
  • Matrix y el Nuevo Plan General de Contabilidad
  • Ocurrió en la escalera
  • El Camino de Sastiago
  • Matarile-rile-rile…
  • En buena compañía
  • Como las locas
  • Cómo ser marido sufridor y no morir en el intento
  • ¿Cuántos nortes tenemos?
  • ¡Más madera!
  • Iba a escribir
  • Jugando a las definiciones
  • Gracias
  • Tu madre será una santa
  • Septiembre
  • Procas…¿qué?
  • Vuelve mañana (díjole el de la ventanilla al del Almendro)
  • La fibra sensible
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  • ¿Es bueno guardar al menos dos días los artículos como borradores?
  • La cámara oculta
  • Izquierdos de autor
  • Otro agosto es posible
  • Podología
  • Mejor que el Pulitzer
  • La estación llena
  • Si mi padre hubiera tenido un blog, hubiera sido éste
  • Lejos
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  • De muchos colores, formas y texturas
  • Historias de trimestres
  • Despedida a una etapa de mi vida
  • Arqueología musical
  • Recordando presentes paralelos
  • Hand in my pocket
  • Afú
  • El pijo pródigo
  • Una casa sin muebles ni cortinas
  • Un rato a solas
  • Ocho segundos
  • Un añito más joven
  • ZooHome
  • Peripecias de unos sureños en los madriles
  • Mis alas
  • La camisa de la serpiente
  • El cliente
  • El círculo

    Clasificados por categorías

  • Cuento contigo (13)
  • El Arenal (5)
  • Esto no es cuento (85)
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    «Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios. Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría. Pero si pudiera volver atrás trataría de tener solamente buenos momentos. Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora». Jorge Luis Borges.
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