Pepitas de Oro y Granos de Arena

Si sólo dispusiera de hoy, no dejaría nada para mañana
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Matrix y el Nuevo Plan General de Contabilidad

Después de diecisiete años, cambiamos de plan. Ya era hora, estaba aburrida de ir siempre al mismo garito. Lo único que me echaba para atrás era la nostalgia de abandonar algo conocido y ¿dominado? Dicen por ahí que el nuevo plan es mejor para alternar con guiris, que nos vamos a entender mejor con ellos. El caso es que no me quería quedar atrás y me apunté a un cursillo, que se ha celebrado durante todas las tardes de esta semana que acaba, para ponerme al día.

El lunes empezó bien.

El martes aprobaron el nuevo plan en el BOE, con lo cual… el borrador que nos habían entregado había que revisarlo.

El miércoles entré en estado de depresión. No me enteraba de nada.

El jueves quería abandonar la profesión. ¿A qué otra cosa me podría dedicar?

El viernes, después de merendarnos las 300 páginas que restaban por revisar del libro de supuestos prácticos, todavía nos sobró un cuarto de hora para rellenar un test de calidad. Yo no pude evitar sentirme como Neo en Mátrix. Después de un atracón de veinte horas en las que ha sido como ver toda la contabilidad de toda la carrera en una semana……..

………¡¡¡YA SÉ KUNG-FÚ!!!

@@@@@

El caso es que cuando una materia se te resiste, es fácil, muy fácil, caer en la desesperación y ceder a las tentaciones que te empujan a mandarlo todo a tomar por culo freir espárragos. Cuando peor y más negro lo estaba viendo todo (ya se me iba la mente de lo que el profesor estaba hablando), recordé algo que yo misma les decía a mis alumnos cuando me soltaban, abrumados, que la contabilidad era muy fea. Les decía que la contabilidad es muy bonita… cuando se comprende. ¿Qué materia no es bonita cuando se comprende? ¿Acaso no es hermosa la física nuclear para quien sepa descifrarla? ¿No es bien sencillo desmontar y volver a montar un motor para quien tiene la experiencia y la paciencia para hacerlo? Pues todo sea ponerse a estudiar para comprender y para alejar el pánico.

Recordad. Elijamos el camino que elijamos, todo tiene solución.

_____Y qué felices nos sentimos cuando comprendemos_____

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Ocurrió en la escalera

Aquel primer día no entendió muchas cosas. Al igual que algunas películas necesitan más de un visionado y más de dos para pillarle todos los dobleces al argumento, el nítido revivir de los recuerdos arrojaba luz nueva según el momento en que lo hiciera.

Aquel primer día no entendió, por ejemplo, por qué sus padres insistían una y otra vez en preguntarle si le había tocado ahí, si le dolía, si la llevaban al médico, a lo cual se negó rotundamente, bastante había tenido ya en aquella, por otra parte, apacible tarde de viernes. Le gustó que sus hermanos, mucho mayores que ella, hubieran salido como alma que lleva el diablo detrás de un fantasma, el cual sí que había tenido que salir huyendo, casi volando, escaleras abajo, tras retumbar fieramente en aquel entorno el grito más desgarrador que una garganta aún sin madurar podía emitir.

Aquel primer día sólo sacó en claro que nunca jamás volvería a preguntar a un desconocido si éste conocía a su hermano, porque claro, ella misma le había dado la pista para que él supiera que tenía hermano, con cuya información no tuvo más que contestar con un escueto “sí” para tranquilizarla. También comprendía perfectamente que preguntarle “¿Eres de la tuna también?” era una forma igualmente fácil de darle más información y seguir tranquilizándola con sus respuestas afirmativas. Demasiado pronto en la vida había comprendido, sin que nadie se lo explicara, que nunca hay que contar tu vida en las preguntas que formules. Mucho menos a desconocidos. Mucho menos a hombres desconocidos.

Al cabo de otros seis años, más o menos, reunidos un grupillo de amigos, no recuerda muy bien qué comentario hizo alguno de ellos que, de pronto, una sábana protectora de incomprensión cayó por fin hecha jirones provocados por toneladas de silencioso polvo acumulado. “Andá -dijo, hablando lenta y asombrada-, entonces, lo que me pasó aquella vez fue que ese tío intentó violarme”. Lo dijo mirando a los ojos a la chica mayor del grupo, la hija de la casa en la que estaban, que se había unido en aquella ocasión a los pequeños amigos de sus hermanos para ejercer de adolescente veterana. La calló, la muchacha no supo qué decir durante aproximadamente cinco segundos, tras los cuales, carraspeando casi, contestó quitando importancia al asunto “no, mujer, seguro que no era eso”. Pero ya nada las convencería, a una y a otra, de que no había sido eso. La muchacha le comentaría luego a su madre, absolutamente vencida por el aplomo de la niña preadolescente, con qué serenidad había asimilado un hecho tan traumático, con qué entereza había asumido que, demasiado pronto, fue víctima de las peores bajezas de que son capaces las personas.

Aquél primer día cambiaron muchas cosas. Pero no tantas como cabía esperar. Ante la falta de miedo que hubiera sido esperable tras un acontecimiento tal, ante la insistencia de la niña por seguir yendo y viniendo sola del cercano colegio, habiendo tomado conciencia de que nunca más entraría en el portal si un hombre conocido o desconocido entraba antes o después que ella, todo transcurrió de forma que parecía que allí no había ocurrido nada, al menos para ella, porque su padre la siguió en la distancia en su recorrido durante mucho tiempo. Si no fuera por un comentario apuntado por ella misma a una conversación adulta entre su madre y su tía, de la que era oyente distraída -”Tita, yo sí que me acuerdo de aquello, no podré olvidarlo en la vida”-, nunca estas mujeres hubieran asegurado que la trágica experiencia no había caído en el olvido infantil.

Afortunadamente, el grito llegó justo a tiempo, justo cuando el pudor de verse sin falda y sin bragas pudo más que la amenaza del bofetón prometido si gritaba. Decidió en décimas de segundo que prefería el bofetón a la desnudez. Decidió en décimas de segundo que prefería provocar un ataque mayor que seguir sufriendo una situación no deseada. Decidió en décimas de segundo que quería la presencia inmediata de sus padres, que aquella puerta situada a tres metros de infranqueable distancia se abriera de par en par y saliera por ella la familiar paz capaz de detener aquella angustia intolerable.

Aquel primer día también aprendió a no obedecer cuando estimara que no se estaba haciendo justicia con ella o con cualquier otro. Todavía sin traumas, treinta años después, tiene bien claro que defenderá y atacará con uñas y dientes, con furia desmedida, al que la ataque a ella o a su sangre, sin entrar a valorar las consecuencias negativas que puedan tener lugar tanto para ella como para su atacante. Todavía sin traumas, treinta años después, sabe que, llegado el indeseable caso, tomará justa venganza contra aquél que se reencarne en su violador.

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El Camino de Sastiago

Hace un año exactamente a mi madre le diagnosticaron un quiste en el ovario. Después de unas cuantas pruebas, a primeros de diciembre entró en lista de espera para la intervención quirúrgica en la que habrían de extirpárselo. Aproveché la coyuntura para introducirla en los complejos mundos de la telefonía móvil, habida cuenta de que la avisarían telefónicamente, y no era cuestión de tenerla durante (como máximo) seis meses sentada ante un altarcico velando beatamente el teléfono. Le pasé mi viejo Nokia 3310 (si alguno lo ha tenido puede dar fe de que es robusto, simple, fiable y, con una carcasa nueva que le puse en su día, muy muy molón). Le grabé sus números habituales en la agenda, le enseñé a usarla, a marcar, a apagarlo, a encenderlo y a darle al botón de la raya horizontal cuando estuviera absolutamente perdida por esos menús del Señor y no supiera cómo continuar. Le puse la sintonía del anuncio de la Coca-Cola, aquél que rezaba “Ohhhhhhh, Chiguaguaaaa” (metido por mi menda mediante el compositor de tonos del aparato), a todo volumen. Le ajusté el audio de las llamadas al máximo para que se enterara bien de lo que le decían los interlocutores. En fin, le dí alas para que pudiera irse a la compra, a merendar con las amigas, a la playa o a los viajes de Imserso, sin que la única llamada que en realidad esperaba no la condicionara en su rutinita habitual, valga la redundancia.

Me la traje a casa para el puente de la Inmaculada Constitución con vistas a que se pasara la Navidad con nosotros. Se cumplían dos años desde la muerte de mi padre y, entre unas cosas y otras, no quería que estuviera sola. Los hijos tenemos una especial habilidad para imaginarnos (sin acertar) cuáles son las necesidades de nuestros mayores, y aquí me río yo de eso que decís por ahí de que si cuando dos personas empiezan a tontear juegan al juego de la indiferencia, haciendo ver que no quieren lo que quieren y viceversa. Nada comparado con los estertóreos y a la vez sutiles esfuerzos que hacen nuestros abuelillos para decir lo que quieren hacer y nosotros no les hagamos puto caso y les obliguemos prácticamente a hacer lo que no quieren. Pues eso, que ciertamente en su casa estaba sola y en mi casa no, pero en mi casa la alejé de su rutinita habitual. Pero bueno, eso es otra historia. A lo que iba.

Cerca del vivaracho nieto, vivió más o menos aburrida entretenida durante casi cuatro meses, tras los cuales, antes de Semana Santa, anunció que pillaba las maletas y se iba a su casa, que ya tenía ganas de independizarse y vivir sola y ser ella misma para lo bueno y para lo malo (¿?). Durante todo ese tiempo, el teléfono no se llegó a apagar y fue cíclicamente recargado para evitar que se quedara sin batería. Pero no sonaba. Al menos, no sonaba aquella llamada que esperábamos “inminentemente”. De hecho, una de las razones esgrimidas por ella para marcharse de vuelta es que, cercano ya el cumplimiento de los seis meses desde su ingreso en la lista de espera, no podían retrasarse mucho ya en avisarla, y quería tener todo a punto (vamos, la casa limpia, la maletilla preparada con dos camisones, la bata y las zapatillas, y poco más).

Se pasaron los seis meses. Ella llamaba de vez en cuando al teléfono del hospital que llevaba su caso para preguntar si no la habían llamado y se habrían equivocado de número, o algo similar. Por fin, un día indefinido de junio la avisaron para hacerse las pruebas preoperatorias. A partir de entonces, esperar la llamada telefónica que la avisara del día de la intervención se convirtió en el monotema por excelencia, onmipresente en todas las conversaciones, pensamientos y actos de todos los minutos del día y de la noche (ya se sabe que cuanto más mayores menos se duerme y más se le da al tarro durante las horas de vela). Nos hemos pasado el verano entero planeando vacaciones con el miedo a que, de pronto, la avisaran y nos pillara a cada hijo en un rincón del mundo, cuidando de no coincidir, como si fuéramos una empresa que no pudiera parar sus máquinas en ningún momento, siempre alguno disponible para una emergencia.

Pasó el verano y llegó el otoño (¡ay, qué coño!, que siempre coletea mi madre) y a mí se me empiezan a inflar ya las narices. El quiste había crecido un poquito según el seguimiento que le hacían de vez en cuando; vale que no fuera grave, pero es que la Junta de Andalucía se jacta mucho de que nadie tiene que esperar más de seis meses en una lista de espera para una intervención quirúrgica, y esto ya no eran seis, eran nueve casi diez. Así que le caliento la cabeza a mi señora madre y le insisto para que, en una de sus visitas al hospital específicamente hechas sólo para preguntar en persona que para cuándo ella, les diga que se quiere operar por lo privado, ya que la jactanciosa Junta de Andalucía asegura que sufragará la intervención en centros privados si estás más de seis meses esperando (supongo que hacerle el preoperatorio en junio es una táctica para “sacar” pacientes de las listas de espera). Y le contestan que “señora, está todo el mundo igual, primero van los casos más graves, fíjese que ahora están llamando a los que se hicieron las pruebas en MARZO (¡y estamos en octubre!), y que (ojo al dato) las especialidades de ginecología no entran en eso”. Conforme me lo contaba, a mí se me iban cruzando más y más una ceja con la otra; las narices ya no me cabían en la cara; y la vena del cuello amenazaba con desgarrar la piel (si hubiera sido Jalogüín podría haberlo aprovechado para hacerle la competencia a Betty). Pero consigo contar hasta diez, reflexionar y medir mis pasos. Me pongo al habla con una amiga que trabaja en un hospital del SAS (Servicio Andaluz de Salud) y le comento lo raro-raro que me suena tal afirmación, y ella me confirma que, ciertamente, es raro-raro, y que no cree que sea cierto. Así que busco la Orden de la Junta de Andalucía en la que figuran anexas todas las intervenciones quirúrgicas que te pueden hacer por lo privado sufragando los gastos el SAS. Y la encuentro. Y me la leo. Y llego al anexo. Una columna enterita de especialidades ginecológicas. Lo que me temía.

Así que hablo con mi madre y le cuento lo que he descubierto. Que son unos chorizos como la copa de un pino, que se han esforzado por hacerle las pruebas prontito para sacarla de las estadísticas de las listas de espera, que la han engañado vilmente (dos veces en dos sitios distintos le dijeron que no procedía la operación privada para ginecología) para que no engorde tampoco las estadísticas de usuarios que solicitan ser operados en hospitales privados (encontré en internet un bonito artículo de hace uno o dos años en el que la Junta se vanagloriaba de que “sólo tres usuarios de los poquitos que han sobrepasado los seis meses han optado por esta solución”; claro, coño, si al resto los engañas y beeee-beeeeeeeeeee se lo creen, pues….). Pero, sobre todo, le digo una cosita que mi amiga me ha dicho: que lo que más puede dolerle en este mundo a un departamento de un hospital es recibir una hojita de reclamaciones de esas hechas desde la culminación de la razón absoluta (vamos, no de esas que escribimos porque se nos acaba el papel higiénico). Y la razón de ese dolor es económica. Ya se sabe que el bolsillo duele, y mucho. Porque esos departamentos funcionan por objetivos, y cobran los complementos de la nómina según la consecución de esos objetivos. Y no tener hojas de reclamaciones interpuestas es un objetivo.

A la semana siguiente de esta conversación, que fue seguida de la oportuna llamada telefónica de mi señora madre al hospital preguntando dónde daban la famosa hoja de reclamaciones, la llamaron para que se hiciera una nueva ecografía, en el transcurso de la cual le comunicaron que la ingresarían en un par de semanas. No fueron dos. Fue una. ¿Casualidad? Si tenemos que creer que estaban llamando todavía a los de marzo, no es de esperar que llamen súbitamente a una de junio. Así que… yo ya he dictao mi veredicto al respecto.

Sólo queda ahora un elemento nuevo que me tiene indignada. Después de la operación y pronta recuperación, después de quitarse los puntos en el centro de salud, recogió unos análisis que se había hecho dos o tres semanas antes de la operación, encargados por su médica de cabecera para ver qué tal andaban esos niveles de hierro, de colesterol y de azúcar. Esos análisis decían, por boca de su médica, que estaba muy muy baja de defensas. Vamos, que está. Y digo yo… ¿qué clase de nuevas pruebas le hicieron a su ingreso en el hospital que no miran cómo tiene las defensas un paciente que va a entrar en un quirófano? La verdad es que fue una candidata perfecta para morirse de una infección sobrevenida. Así que, ahora, a agradecer mucho a la divina providencia que todo hubiera salido bien y no hubiera pillado nada en el hospital.

Y esta es la historia del peregrinaje del que somos víctimas muchos usuarios de muchos organismos públicos. Esto ha sido un ejemplo. Cuántas historias buenas hay en el SAS, cuántos casos de buenos profesionales que se desviven por sus pacientes y luchan por facilitar lo máximo posible lo inevitable. Y cuán eclipsados quedan estos esfuerzos cuando se enfrentan a la cobardía de un sistema politizado que se empeña en tratar lo que no es una empresa como si fuera su particular marquesado.

Feliz peregrinaje por el Camino de SAStiago. Que el Apóstol nos pille confesados.

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Matarile-rile-rile…

No puede ser, no puede ser, no puede ser… ahora las que he perdido son las del despacho. Las suelo dejar en el coche, pero como esta semana he pasado varios días fuera, las debí dejar en casa para evitar perderlas… y eso es lo que me ha perdido, que ya no sé dónde las he guardado tan bien guardadas. Ahora me encuentro con que no puedo aparcar el coche en la plaza de parking, ni abrir el despacho (que es lo de menos porque me abre el segurata), ni abrir los cajones… y todos los expedientes están dentro del mueble a buen recaudo de fisgones… y de asesoras despistadas.

¿Alguien ha visto dónde he puesto las llaves?

Si lo sabes, envía tu mensaje al 5555555555 con la palabra LLAVES y cachondéate a gusto de la personificación del despiste.

¡¡¡NO TE PRIVES!!!

_____________________________________

 

SOLUCIÓN AL ENIGMA

Gracias a todos por vuestro apoyo y vuestras pistas. Finalmente, la más avispada ha sido Marguerite quien, no por dar una explicación plausible, desmerece el mérito de asumir que la respuesta más obvia con frecuencia es la correcta. Vuelvo a recitar una cita de mi colega detectivesco Cherli (Don Cherlock Jolms para los conocidos), quien se entretenía las largas tardes otoñales dándole a la materia gris entre divagaciones: “una vez eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, ha de ser la verdad”. Así que eliminé la posibilidad aportada por Nanny de que las encontraría sin duda en el fondo del mar. Más que nada porque hace mucho que no voy a la playa. Así que, después de atarle los huevos a San Cucufato por consejo de mi buena amiga Ambrosía, saqué de la mochila la chaqueta que transporté durante cinco días en mi viaje sin haber llegado a ponérmela, fisgoneé mis propios bolsillos y…… ¡EUREKA! Zaffe, creo que también he encontrado las tuyas, te las mando por seúr. Es en este instante que sopeso y estudio si ponerles el mecanismo silbatístico propuesto por Pegasux (no lo termino de ver, tendría que ponérselo a tantas y tantas cosas que pierdo a lo largo del día, que me quedaría pronto sin aire, amén de las arrugitas en las comisuras labiales que me iban a aparecer después de negarme a hablar francés por el mismo motivo), o el chip apuntado por Alvear (¿tendría que llevar encima siempre un GPS? Creo que seria francamente útil; la pena es que me iba a dejar el sueldo que no tengo en plastificar chips hasta en la taza del váter, por si no la encuentro en pleno apretón). La buena noticia es que no voy a tener que cambiar las cerraduras, así que, Ryder, mi más sincera empatía (chincha rabiña que yo las he encontrao). Lo bueno de perder tantas cosas, y Basileia aquí me comprenderá bien, es que te pasas el día entero encontrándolas.

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    La colección completa, post a post

  • Ostras, lo que yo decía…
  • Sequía
  • El hombre tranquilo
  • En el Jardín de la Magia
  • Amo a vé…
  • S.O.S. BCN
  • Fugaz
  • Dar séra, pulir séra
  • No puedo evitarlo
  • Bajo la lluvia
  • Desvaríos
  • ENHORABUENA A TODOS
  • DesEscombrando
  • Aguante
  • No tiene precio
  • Viscoelástica o el arte de la adaptación
  • TAMPOCO sigas esta flecha
  • Tengo un boleto ganador
  • NO sigas la flecha
  • Espacio libre
  • Fórmula magistral
  • Antes de morir, ocho cositas
  • Fatal error
  • Te presto mi voz
  • …y aterrizando
  • El día del padre
  • Excelencia
  • Cuando puedas
  • A la semana siguiente…
  • Al día siguiente…
  • Hoy te quiero regalar palabras
  • Avanzando en primera
  • Nunca des nada por supuesto
  • Recordando unos versos
  • Dime cómo trabajas, y te diré…
  • Asúl (la lógica infantil)
  • Las cuatro estaciones del alma (I)
  • Seguro que a vosotros también os ha pasado
  • Post Gata
  • Desenfocados
  • El Pollo de la Paz
  • Pero qué pedorra soy
  • El porqué de algunas cosas.
  • No quiero
  • Cambiando mi interior
  • Desubicación
  • Eau d’orage
  • Miel de caña
  • ¿Dónde está Wally?
  • Nada se para, todo continúa
  • Cáncer, sin aforismos
  • Volare……… oh-oh!
  • Confirmaciones
  • Somos la leche
  • Matrix y el Nuevo Plan General de Contabilidad
  • Ocurrió en la escalera
  • El Camino de Sastiago
  • Matarile-rile-rile…
  • En buena compañía
  • Como las locas
  • Cómo ser marido sufridor y no morir en el intento
  • ¿Cuántos nortes tenemos?
  • ¡Más madera!
  • Iba a escribir
  • Jugando a las definiciones
  • Gracias
  • Tu madre será una santa
  • Septiembre
  • Procas…¿qué?
  • Vuelve mañana (díjole el de la ventanilla al del Almendro)
  • La fibra sensible
  • El pie de la letra
  • ¿Es bueno guardar al menos dos días los artículos como borradores?
  • La cámara oculta
  • Izquierdos de autor
  • Otro agosto es posible
  • Podología
  • Mejor que el Pulitzer
  • La estación llena
  • Si mi padre hubiera tenido un blog, hubiera sido éste
  • Lejos
  • Desconexión
  • De muchos colores, formas y texturas
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  • Para no tener que arrepentirnos de lo que no hicimos

    «Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios. Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría. Pero si pudiera volver atrás trataría de tener solamente buenos momentos. Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora». Jorge Luis Borges.
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