Pepitas de Oro y Granos de Arena

Si sólo dispusiera de hoy, no dejaría nada para mañana
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Miel de caña

He hecho un barrido de imágenes para dejaros algo que ver cuando entréis por aquí estos días (si es que estos días queda alguien por la blogosfera, que está por ver; sólo es viernes previo a Nochebuena y apenas se han pasado hoy cuatro o cinco incondicionales). Quería dejaros algo divertido para que, al menos durante unos poquitos días, seamos capaces de dejar a un lado cinismo, hipocresía, tristeza, hartazgo y otros más que se os ocurran, a ver si conseguimos desenterrar a los niños que fuimos una vez que disfrutaban estas fechas con la ilusión intacta. Personalmente, voy a intentar meterme en el pellejo de mi niño, me voy a poner a su altura, porque dicen que estas son las fiestas de los niños, y yo quiero disfrutar como él. Así que me iré poniendo más y más nerviosa conforme avance la cena del 24, me asomaré al cristal a apoyar la nariz contra él a ver si se ve el trineo o se oyen ya los cascabeles, y cuando unos fuertes golpes resuenen contra la puerta gritaré histérica a la par que mis sobrinas y mi hijo (y mis cuñadas, y las abuelas… en fin). Sólo espero que este año mi niño no se asuste de los gritos (el año pasado nos pasamos gritando y empezó a llorar desconsolado).

Aprovechad la reunión para abrazar lo que aún nos queda: una familia y unos amigos que no siempre valoramos suficientemente. ¿Que por qué en Navidad y no en cualquier otro momento del año? Pues porque estamos juntos, porque hace frío y se agradece le calor ofrecido, porque la sobredosis de dulces de chocolate dispara las endorfinas y nos predispone, porque la casa está muy bonita con el arbolito y el nacimiento… y porque reírse todos juntos de las pintas que trae este año nuestro Papá Noel particular no tiene precio.

PD: el título del post… ¿pos porque me ha quedao dulzón sin pretenderlo? Pero sin empalagar. Por cierto, habréis probado las costillas a la miel…….. mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm (eso comería yo en Nochebuena y que se quitaran los langostinos!!!!!!!!!!).


pnoelvsrmagos

ooooooooo

######### ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ FELIZ NAVIDAD !!!!!!!!!!!! #########

_!!!_

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¿Dónde está Wally?

¿Dónde está Wally?

Como aquel juego, las mismas reglas. Quien lo descubra habrá encontrado al niño de tres años más consecuente con sus decisiones que jamás haya conocido. Él tenía perfectamente claro desde el primer día de ensayos que no quería ni cantar, ni bailar ni disfrazarse.

Ole tus pequeños webs.

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Nada se para, todo continúa

Vengo del blog de Tamaruca, a la que mando desde aquí un enorme abrazo y, por segunda vez en pocos días, lo que iba a comentar se transforma en post.

Agradeciendo a todos vuestros comentarios al artículo anterior, quiero despedir el tema y el tercer aniversario de su marcha compartiendo con vosotros las sensaciones que viví aquel fin de semana tan extraño.

Después de tomarnos las tilas que nos trajeron las enfermeras para calmar los nervios acumulados, planificado el traslado al tanatorio, nos dispusimos a abandonar el hospital. Mi madre decidió coger la oferta de la aseguradora de “los muertos” y pillar una sala de velatorios enorme, con dos estancias separadas por un tabique y un cuarto de baño, incluso una especie de porche enorme acristalado. Así estaríamos más cómodos nosotros y todos los que pretendían venir a pasar la noche. Por aquel entonces, mi niño tenía tan solo dos meses, y mi madre dio por hecho que en la sala se estaba tan a gusto que el nieto bien podía echarse el sueño nocturno acompañando al abuelo. Pasé por casa para ponerle el pijama, le coloqué el saco de dormir, y nos fuimos a velar.

Era de noche, pero no paraba de llegar gente. Es curioso cómo aparecen amigos a los que hacía siglos que no veías. La cosa más o menos discurría igual: abrazo emocionado, lágrimas que se saltan, comentarios de ánimo y… al cabo de un rato de no venir gente nueva, de pronto te encontrabas enfrascado en mitad de una conversación de lo más trivial. Tengo la imagen grabada (tengo muchas de esos días) de la pandilla de mi hermano, sentados todos en corro alrededor de una mesa. Casi casi podríamos decir que sólo faltaba en aquella escena unos posavasos y unos cubatas. Hablaban y hablaban, y comentaban cosas cotidianas, y de vez en cuando alguno soltaba una parida absolutamente normal y todos nos reíamos con la ocurrencia. No veas cómo alivia tensiones reírse. Qué bien sienta.

Llegó un momento en el que se fue yendo la gente y nos quedamos los que íbamos a pasar toda la noche allí. El peque se quedó roque en su cochecito después de endiñarle la teta, y los demás nos desparramamos en sillones y sofases varios, dispuestos a descansar unas horas. Recuerdo en otra viva imagen a todos los cuerpos acostados, alumbrados por un par de apliques que dejamos encendidos, cada uno intentando encontrar la posturita. Estábamos mis dos hermanos, mis dos cuñadas, mi marido, el bebé, mi madre y dos matrimonios íntimos amigos de mis padres, de esos amigos que son más que familia. En el silencio que se hizo mientras cada uno intentaba conciliar el sueño (alguno ya lo había logrado y lo celebraba con alegres ronquidos) yo me quedé mirando la escena, sintiendo una mezcla de sensaciones que, en resumidas cuentas, me hacían estar bien. Sentí, por extraño que parezca, que era una noche perfecta. Porque estábamos todos, estaba mi padre, que cómo se iba a haber perdido aquella juerga. Estábamos todos, estábamos completos, y mi padre ya no sufría. Fue una despedida en toda regla, aquella noche no faltaba nadie. Nadie. No faltaba él. Después de aquella noche, él nos faltaría. Pero aún no, aún estaba con nosotros, allí, físicamente, tras la mampara de cristal. Fue entonces cuando deseé que aquella noche no acabara nunca.

Atardecer rojo

Le siento tan cerca, que ciertamente así ha sido.

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Cáncer, sin aforismos

No sé ni cómo empezar este post. Estaba escribiendo un comentario a uno de vosotros y, cuando llevaba cuatro o cinco párrafos, he empezado a pensar que todo lo que tengo que decir no puede circunscribirse a sólo uno de vosotros y a un sólo comentario. Ademas, necesito hablar claramente de ello, sin tapujos, y también saber lo que me tenéis que decir al respecto.

Cuando a mi padre le diagnosticaron el cáncer de pulmón, aunque siempre nos lo pintaron un poco negro, nunca nos dijeron claramente si el tratamiento le curaría, le mejoraría, o si toda esperanza de recuperación estaba perdida y sólo era un probar por probar. Naturalmente, los oncólogos no tienen una bola de cristal y no pueden saber esa información que ansiamos conocer. Pero sí tienen mucho vicio para saber si la cosa está perdida o no. Todavía no conozco ningún caso (lo habrá, imagino) de un cáncer diagnosticado demasiado tarde en el cual los oncólogos no hayan recomendado el correspondiente tratamiento, es decir, la quimio, la radio, o ambas. Cada caso es un mundo, cada caso es distinto, nunca se pierde la esperanza.

Tiemblo cuando oigo que a un paciente le queda equis tiempo, que no se puede curar, pero que le vamos a poner este tratamiento porque le mejoraremos la calidad de vida e incluso igual hasta se la podemos alargar. Tiemblo, y mucho. Porque lo que conozco (nada en comparación con un oncólogo) son casos en los que los tratamientos sólo consiguen empeorar la vida que les queda. Posiblemente se la hayan alargado, pero ¿en qué condiciones?

Sólo me voy a ceñir al caso de mi padre. Porque no soy médico. Porque no soy experta. Porque soy humana. Y porque sólo hablo de lo que conozco bien. Dos años de tratamiento fueron los más horribles de su vida. Nunca nada le había quitado la ilusión, hasta ese momento. La debilidad en la que le sumió la quimioterapia, los efectos secundarios colaterales (no sé qué era peor, las diarreas provocaron su hospitalización durante dos semanas y la interrupción y cambio del propio tratamiento) y la falta de certeza sobre nada (la pérdida del control sobre su vida) le mataron en vida. He repetido vida. Pero lo dejo así porque no conozco sinónimo a lo que quiero decir.

Salvo que sea el propio paciente el que tenga ese ímpetu por vivir a toda costa que caracteriza a tantos afectados por esta enfermedad y por otras de diagnóstico mortal, no soy partidaria de luchar a cualquier precio. No consigo quitarme de la cabeza qué hubiera preferido él (a posteriori), pasar por ese calvario prolongado artificialmente, o vivir seis meses sin ningún paso por hospitales ni operaciones ni tratamientos, dejando actuar a la propia naturaleza, viviendo libre ese tiempo. Calidad por cantidad. Como en tantas otras cosas. Quizás no hubiera dejado de escribir y de componer. Él fue un paciente asintomático, no se encontraba mal, pero en una revisión rutinaria le dijeron que le tenían que quitar medio pulmón. Desde que entró en ese quirófano, todo se rompió. Nunca se recuperó, iniciándose su imparable sufrimiento.

A pesar de no haberlo llevado a la práctica, creo que el enfermo deber saber su situación. La decisión sobre qué hacer debe tomarla el enfermo. Porque al intentar protegerlo podemos desprotegerlo aún más de lo que está. Precisamente porque no sabemos qué pasará ni cuál es la opción correcta, caso de que eso exista.

Antes de terminar, también tengo que decir que, en aquellos casos en que está igualmente claro que la salud del paciente es recuperable (siempre jugamos con posibilidades, no hay certezas absolutas en esto), hay que jugárselo el todo por el todo. Un caso igualmente cercano que se ha solucionado felizmente así me lo demuestra.

Qué duro ha sido escribir esto. Lo es porque no quiero entristecer a nadie, ni herir, ni faltar al respeto. Y porque estoy convencida de que yo también estoy equivocada.

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Volare……… oh-oh!

Cantar no sé si canté, pero volar… Me inspira esta historia mi wena inspiradora Zaffe con su último y accidentado post. Llegando al inestimable instante de levantar el vuelo (momento en el que tuve que ir a buscar una toalla para secarle al gato las lágrimas que me caían como puños -si es que el joío na más quiere estar delante del teclao, qué le hago-), me recordó una anésssdota que en realidad no recuerdo en absoluto. Son esas anésssdotas que, de tanto oírselas contar a tu madre, al final parece que desarrollas la visión del evento, aunque tú sólo tuvieras dos o tres años y tu memoria a largo plazo no estuviera aún en disposición de funcionar como es debido.

Cuenta mi madre de su señora suegra (mi awela por más señas) que era ésta una mujer pizpireta, que andaba siempre con mucha tiesura y buen porte, mú dueña de su destino. Esa regia figura, siempre elegancia refinada, avasallaba con su presencia. Me la imagino en aquella época como una mezcla entre la reina de Inglaterra y Joan Crawford. Habida cuenta de que es el único no-recuerdo que tengo de ella, muy probablemente este alarde de imaginación me esté jugando la mala pasada de esbozar su personalidad de manera equivocada y equidistante, que no equivalente.

Cuenta la leyenda, digo mi madre, que regresábamos a casa en el coche, mi awela y yo en el asiento de atrás. En cuanto mi padre aparcó, echó el frenomano y quitó el contacto, mi madre se apeó (siempre me ha hecho gracia esta palabra; la primera vez que establecí una sinapsis neuronal que conectara significante y significado, le otorgué otro significado, más sonoro y oloroso; y, desde entonces, cuando la uso o la escucho, en mi cerebro dos conexiones mandan información, una correcta y otra incorrecta, la cual me hace sonreir para mis adentros). A continuación mi awela hizo lo propio, cogiéndome vívamente por la mano y saliendo del coche todo decisión. La mala fortuna fue el siguiente paso, que lo dio contra un bordillo. Tal era el ímpetu de la marcha brava que llevaba, que toda la inercia de la física proyectó su cuerpo hacia el infinito y más allá, volcando su cuerpo noventa grados, que es aproximadamente la diferencia de temperatura que hay entre la postura vertical y la descompostura horizontal. He de recordaros, llegados a este punto, que la que suscribe continuaba enganchada de la mano de la bala humana, así que no me quedó otra que continuar lo que mi awela empezó, es decir, dar por concluido el vuelo y efectuar un aterrizaje de emergencia fuera de pista.

Mi madre, que lo había visto todo a cámara lenta (luego sólo era capaz de decir “he visto a mi suegra ¡¡¡VOLAR!!!”), sólo atinó a cruzar las piernas, ya que la risa incontrolada en una mujer con el suelo pélvico aflojao después de tres partos, hace estragos. Fue incapaz de acercarse a ayudar a levantarse a nadie porque dominar las carcajadas y las pérdidas de orina a la vez le suponía un esfuerzo hercúleo. Ni qué decir tiene que a mi awela tal reacción le sentó como un tiro, y bastante había tenido ya con ejercer de bala. Se levantó como pudo y, con mucha dignidad, entró en el portal como si no hubiera ocurrido nada.

Dice la leyenda que la niña nunca más quiso darle la mano a la awela.

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Confirmaciones

- Tú y yo tenemos una amistad sincera.

Al oirle, dos lagrimones se le escaparon conducto lagrimal adentro, rodando por la cara interna de sus mejillas hasta su boca. Degustó su sabor salado mientras le miraba con cara de completo acuerdo.

Confirma

Era algo que ya sabía.

Simplemente, no hubiera querido oírselo decir.

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Somos la leche

Imagina que un día tienes que ir a un sitio en una ciudad que conoces, pero que no sabes muy bien dónde queda. Tecleas en goooooogle la dirección y te sale un mapita de ubicaje; tras estudiarlo te piensas que está chupao. Llego por aquí, giro por allá, aparco aquí y voilá.

Imagina que vas llegando al sitio pero que la rotonda que parecía que tiraba pacá ahora tira pallá, y que hay más calles de las que aparecían en el mapa, y que lo que se prometía feliz empieza a parecerse más a la melancolía.

Imagina que, a pesar de ser hombre, bajas la ventanilla y preguntas a éste y aquél, hasta que con un poco de fortuna das con el sitio y aparcas.

¿Ya has imaginado?

Bien. ¿Me puedes ahora responder a una preguntita? Ná, mú fasilona, no te asustes.

¿Me puedes decir para qué pagaste un suplemento al comprarte el coche para que llevara GPS?

Ahora imagina que vas de viaje, en un crucerazo, y que una mañanita bajas a puerto para hacer una excursión, digamos por tierras griegas. Vas solo porque tu acompañante se siente indispuesta.

Imagina que, para cuando te acuerdas de que te has dejado la cámara de fotos en el camarote, ya es demasiado tarde, así que te pasas la excursión como viajero a la antigua usanza, mucho mirar, mucho recorrer, e incluso empiezas a pensar si no sería conveniente ir tomando notas y dibujando algún garabato en el cuaderno de campo en plan Félix Rodríguez de la Fuente.

Imagina que finalmente topas con una tienda donde venden unas maravillosas esculturas de barro, y piensas que ojalá tu acompañante hubiera podido verlas. Nada, eliges una que te gusta y la compras.

Imagina que vuelves al barco cansado y contento, pero con ese pellizco sombrío por haber sido tan despistado y no haber podido plasmar nada de lo que has visto salvo en tu propia memoria.

¿Ya has imaginado?

Vale. ¿Me contestas a otra preguntita de nada?

¿Para qué te compraste el móvil con cámara de fotos de tres o cuatro megasúperpíxeles?

Para resarcirte por este escarnio público, confesaré algo que me ha ocurrido hoy mismo.

Habiéndome dado cuenta, a pesar de que la moda otoño-invierno me la trae al pairo, de que no pasan cinco metros sin cruzarte con una mujer que se haya enfundado unos pantalones pitillo y unas botancas por fuera hasta casi la rodilla, decides que hoy sábado es un buen día para mimetizarte con el paisaje, así que sacas un vaquero de los que llevabas la vez anterior que se llevaron las estrecheces perneriles, y esas botas altas que no te pones hace tres temporadas, y de esa guisa intentas emular la moda juvenil. Obviando el pequeño detalle de que la caña de esas botas no estaba pensada para llevar los pantalones por dentro además de tu pierna tipo columna románica, logras cerrar la cremallera y salir airosa (y andando como Zebulón McKeihan, ya sabéis… como que te falta el caballo debajo). El rato que pasas paseando sientes que se te está gangrenando el tobillo, que se ha pillado justo ahí un doblez de la costura del pantalón. Te preguntas si se notará demasiado que tienes la bota a punto de reventar, y si no será algo ordinario que la carne de la pierna asome bota arriba como un globo apretado por un niño. Cuando por fin llegas a casa, deseando quitarte la tortura occidental, te sientas y procedes a dejar circular de nuevo la sangre por las extremidades inferiores… verte a ti misma en plan visión de vidente durmiendo con las botas puestas puede llegar a ser muy duro. No es que vayas a morir como los vaqueros al oeste de la frontera del Río Bravo, es que no te puedes quitar la segunda bota porque la jodida cremallera ha pillado ese maldito trozo de cuero que ponen para que no te pegues pellizcos, y ni parriba ni pabajo. Los deditos los tienes coloraditos de hacer palanca tirando del engranaje, el tobillo lo tienes dolorido y los gemelos montados de intentar arrancarte la bota a la fuerza, ya han pasado veinte minutos desde que empezaste con la “operación descorsetaje” y empiezas a calibrar la posibilidad de llamar a un zapatero de guardia…

Tranquis, no asustarse, unas tijeras para empujar el cuero y unos alicates más tarde, la bota ha salido sin más problemas. Finalmente no las he tenido que romper para sacármelas, pero me parece a mí que las voy a volver a guardar en la cajeta, por si las flies.

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    La colección completa, post a post

  • Ostras, lo que yo decía…
  • Sequía
  • El hombre tranquilo
  • En el Jardín de la Magia
  • Amo a vé…
  • S.O.S. BCN
  • Fugaz
  • Dar séra, pulir séra
  • No puedo evitarlo
  • Bajo la lluvia
  • Desvaríos
  • ENHORABUENA A TODOS
  • DesEscombrando
  • Aguante
  • No tiene precio
  • Viscoelástica o el arte de la adaptación
  • TAMPOCO sigas esta flecha
  • Tengo un boleto ganador
  • NO sigas la flecha
  • Espacio libre
  • Fórmula magistral
  • Antes de morir, ocho cositas
  • Fatal error
  • Te presto mi voz
  • …y aterrizando
  • El día del padre
  • Excelencia
  • Cuando puedas
  • A la semana siguiente…
  • Al día siguiente…
  • Hoy te quiero regalar palabras
  • Avanzando en primera
  • Nunca des nada por supuesto
  • Recordando unos versos
  • Dime cómo trabajas, y te diré…
  • Asúl (la lógica infantil)
  • Las cuatro estaciones del alma (I)
  • Seguro que a vosotros también os ha pasado
  • Post Gata
  • Desenfocados
  • El Pollo de la Paz
  • Pero qué pedorra soy
  • El porqué de algunas cosas.
  • No quiero
  • Cambiando mi interior
  • Desubicación
  • Eau d’orage
  • Miel de caña
  • ¿Dónde está Wally?
  • Nada se para, todo continúa
  • Cáncer, sin aforismos
  • Volare……… oh-oh!
  • Confirmaciones
  • Somos la leche
  • Matrix y el Nuevo Plan General de Contabilidad
  • Ocurrió en la escalera
  • El Camino de Sastiago
  • Matarile-rile-rile…
  • En buena compañía
  • Como las locas
  • Cómo ser marido sufridor y no morir en el intento
  • ¿Cuántos nortes tenemos?
  • ¡Más madera!
  • Iba a escribir
  • Jugando a las definiciones
  • Gracias
  • Tu madre será una santa
  • Septiembre
  • Procas…¿qué?
  • Vuelve mañana (díjole el de la ventanilla al del Almendro)
  • La fibra sensible
  • El pie de la letra
  • ¿Es bueno guardar al menos dos días los artículos como borradores?
  • La cámara oculta
  • Izquierdos de autor
  • Otro agosto es posible
  • Podología
  • Mejor que el Pulitzer
  • La estación llena
  • Si mi padre hubiera tenido un blog, hubiera sido éste
  • Lejos
  • Desconexión
  • De muchos colores, formas y texturas
  • Historias de trimestres
  • Despedida a una etapa de mi vida
  • Arqueología musical
  • Recordando presentes paralelos
  • Hand in my pocket
  • Afú
  • El pijo pródigo
  • Una casa sin muebles ni cortinas
  • Un rato a solas
  • Ocho segundos
  • Un añito más joven
  • ZooHome
  • Peripecias de unos sureños en los madriles
  • Mis alas
  • La camisa de la serpiente
  • El cliente
  • El círculo

    Clasificados por categorías

  • Cuento contigo (13)
  • El Arenal (5)
  • Esto no es cuento (85)
  • Las Rosas del Desierto (8)
  • Poesía (2)

    Y si quereis buscar algo...

  • Para no tener que arrepentirnos de lo que no hicimos

    «Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios. Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría. Pero si pudiera volver atrás trataría de tener solamente buenos momentos. Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora». Jorge Luis Borges.
  • La Arradiobló

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