Pepitas de Oro y Granos de Arena

Si sólo dispusiera de hoy, no dejaría nada para mañana
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Nunca des nada por supuesto

Tengo una amiga que eso no es una amiga, es más bien una requeteamiga, o una súpermegahiperquetecagasamiga (en pijolín), incluso una siamesamiga (si eso es posible). Nuestras vidas son dos cuerdas que se trenzan y se separan y se vuelven a trenzar (¿os acordáis del antiguo anuncio de bolis BIC cómo se cruzaban los trazos?).

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El primer cruce ocurrió cuando nuestros padres se conocieron. Para cuando nosotras nacimos (nos llevamos dos meses) ya llevábamos tiempo cerca. Nuestra infancia pasó por contactos de regularidad semanal los fines de semana. La adolescencia nos distanció hasta que me entero que juega en un equipo de voleibol y me entusiasmo y me apunto yo también (me encanta el volei). Nos volvemos a distanciar y el viernes antes del lunes del primer día de universidad de nuestras vidas, hablando por teléfono nos enteramos que vamos a estudiar la misma carrera y que hemos caído… ¡en la misma clase! Tras dejar ambas dicha carrera al finalizar el curso, nos volvemos a distanciar y nos encontramos esporádicamente. Me caso y me mudo de ciudad, al cabo de unos años se casa y al cabo de otros tantos se muda de ciudad… ¡a mi misma ciudad! Y nuestros respectivos vástagos se llevan… un mes de vida. Niña, esto ya no sé lo que es… ¿qué nos ha dao? Los avatares de la vida son así de casualoides. Eso, o alguien ha mezclado nuestras cartas astrales.

Tema aparte es cómo nos llevamos. Ambas disfrutamos de un sentido del humor que admite desde la fina ironía hasta el insulto verdulero (entre nosotras) a modo de saludo, que se sobreentiende cargado de infinito cariño. Ni uno solo de los sucesivos distanciamientos ha marcado jamás enfriamiento en esa gran confianza que nos tenemos. Aunque no hayamos sabido nada la una de la otra, un encuentro fortuito o provocado nos ha reencontrado como si siguiéramos una conversación mantenida el día anterior. Cuando hablamos por teléfono, el “diga” (gracias al reconocimiento de llamada entrante) es automáticamente sustituido por “¡Petardi!”, o “¡Guarri!”. Y más comúnmente, cuando los números cambiantes ofrecían unos segundos de incertidumbre, el saludo se subía a un escenario y se abría un telón rocambolesco, en el cual la actriz llamante imitaba a la correduría de seguros del edificio, una inspección de hacienda o una posible selección de personal en una importante empresa de bagaje internacional. Por lo general, la broma no traspasaba los umbrales de los diez segundos, ya que la actriz llamada captaba la actuación inmediatamente.

Como veis, hablo en pasado. ¿Y por qué? ¿Será que nuestros caminos se han vuelto a desencontrar? ¿Será que nos hemos enfadao y ya no nos llamamos? ¿Será que ahora hablamos por videoconferencia…? Nada de eso. Nuestros caminos en estos tiempos se han solapado y se siguen solapando (de lo cual me alegro infinitamente), hablamos asiduamente por teléfono y nos solemos encontrar en su casa o en la mía o en el centro comercial que hay a mitad de camino para llevar a los niños a la piscina de bolas. ¿Entonces?

Un día, la actriz llamada (yo) ve en el display del teléfono un número desconocido, y como mi amiga está pendiente de llamarme para facilitarme su número nuevo, que se lo estaban poniendo en el piso en esos días, pienso rauda “ajá, a mí me vas a pillar, esta es la Petardi Mayor, que acaban de ponerle el teléfono y me lo quiere dar. Se va a enterar”. Contesto al teléfono y más o menos pasa esto:

- ¿Diga? (muuuuuuuuy seria).

- Hola, buenas tardes -(también muuuuuuuuy seria)-. Verá, es que tengo una llamada suya en mi teléfono y quería saber qué quería -(es su voz, en su voz, disimulada pero suya, a mí me la va a pegar, ¡que te conozco bacalao!).

- Pues usted sabrá. Porque lo que es yo, no tengo ni idea (muy seria y muy cortante).

- [..?..] Ehhhhh, pues no sé, por eso llamo, a lo mejor no ha sido usted sino otra persona en su casa…

- Ah, pues usted sabrá. A lo mejor usted tiene un lío con mi marido y era él quien la llamaba, ¿no cree?

- [..... ? .....] Ehhhhhhhhh, no, no, más bien creo que se trata de una equivocación, perdone la molestia, seguro que ha sido un error.

- Pues nada, será un error, si usted lo dice, usted sabrá si es un error o no. Si no tiene nada con mi marido, efectivamente será un error -(esfuerzos para contenerme la risa, la cual controlo cojonudamente).

- Lo siento, perdone, adiós, buenas noches.

- No se preocupe. Adiós, buenas noches.

CLICK.

En este punto me quedo pensando. Nunca habíamos continuado una broma hasta el punto de colgar. ¿Por qué ha colgado? ¿Por qué parecía algo molesta (que tampoco es que sea taaaan buena actriz)? Y sobre todo… ¿por qué tengo la horrible sensación de que, después de todo, no era su voz?

- Qué raro -digo en voz alta. Mi madre, que estaba pasando una temporada con nosotros, me pregunta quién era-. Pues la Petardi Mayor. Pero el caso es que…… creo que al final no era ella. Y si no ha sido ella……. ¿a quién le he estado diciendo semejante retahíla de inclasificables sandeces? Mamá… ¿tú has llamado a alguien hoy?

- No, bueno, he hablado con tu cuñada, y con mi amiga Reme, pero hemos estado hablando normal y ya está -(aprovecha que tengo tarifa plana de internet y no me cuestan las llamadas para llamar a toda la congregación y ponerse al día con todos).

- Pues qué raro. Dice que hemos llamado desde aquí. Se habrá equivocado al marcar y ha pagado el pato.

De pronto, a mi madre que se le cambia la cara, se le alisan las arrugas y se le salen los ojos de las órbitas.

- Ay, nena, no será….. que hablando con Reme me ha dicho que se ha muerto el marido de la del quinto, y como tenía el número de la cuñada de él, pues la he llamado para darle el pésame….. y no me ha contestado nadie……….

Ni qué decir tiene que a mí también se me alisaron las arrugas y se me salieron los ojos de las órbitas. Creo que también desde entonces luzco un nuevo mechón de pelo blanco en la cabeza. Inmediatamente hice la rellamada, pero le hice a mi madre ponerse a que diera ella las primeras explicaciones, porque yo tenía un calor en pleno invierno que no era normal. Cuando me pasó el teléfono, me deshice en disculpas, a duras penas parecía coherente, le expliqué lo de las bromas con mi amiga y que me había parecido su voz, pero nada de lo que decía me parecía suficiente, a pesar de que la buena mujer luchaba por tranquilizarme, toda comprensión.

Después de colgar, llamé al móvil a la Petardi Mayor para darle las quejas:

- ¡Oiga usted, So Guarri! ¡Que sea la última vez que me llamas haciendo que eres quien no eres, que mira la que has armado!

- ¿Que yo he armado qué? ¿Pero qué dices? -y le cuento todo.

Desde aquel día nos juramos mutuamente que nunca, nunca, nunca más volveríamos a gastarnos bromas telefónicas. Que nunca sabes con quién puedes estar hablando.

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Recordando unos versos

 

Calles solitarias

 

Las hojas gimen al aire

que barre el agua mojada.

Surgen las últimas luces

que anuncian la retirada.

Las sombras se hacen profundas,

víctimas de la alimaña.

 

Nunca fue tan fuerte el vacío,

ni las calles tan solitarias.

…..

Ya no volverás a verme.

 

Y convertido por la noche

en silenciosa ave de hielo

de pensamientos extraños

y de cabellos sin dueño.

Y cuando el día despierte

puede que todo fuera un sueño.

 

___________________________________________

Faltan versos, pero no consigo recordarlos. Lástima que perdiera el papel sobre el que lo escribí hace algo más de veinte años.

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Dime cómo trabajas, y te diré…

Hay una serie de televisión rulando por ahí denominada Dexter, que no he seguido pero de la que he visto un par de capítulos en la Fox, que trata de un psicópata asesino que, además, es policía (investigador forense o algo así). Claro que él, como es el prota, es un psicópata asesino bueno y sólo mata si es ético. Y como mata o perdona la vida a los que nosotros mataríamos o perdonaríamos, pues nada, síndrome de Estocolmo al canto (seguro que hay otro síndrome que lo define mejor, pero yo lo desconozco). Él vive socialmente de una manera políticamente correcta, pero en su fuero interno tiene un trabajo, una novia y unas buenas relaciones vecindales sólo para que nadie vea al lobo bajo la piel de cordero. En otras palabras, en el trabajo es así, y por dentro es asao.

Para los que no somos psicópatas, esa división entre lo que somos y cómo trabajamos se diluye. Y me he dado cuenta viendo a algunas personas actuar en los ámbitos personales y laborales. Y paso a narrar el primer caso que me llamó la atención.

Unos amigos inauguraban casa nueva y quisieron dar una fiesta en ella con los amigos para celebrarlo. Entre los que fuimos convocados, asistían al evento el director de una sucursal financiera del lugar y su mujer. No recuerdo muy bien lo que cenamos, sólo recuerdo que éramos tantos que la fiesta se desarrolló en el sótano de la vivienda, lo bastante amplio y diáfano como para albergar a todos los congregados. De entre todos los manjares con los que fuimos agasajados, había una sabrosa pata de jamón ibérico, cuyo único hándicap para ser devorada era que alguien tenía que cortar las suculentas lonchas con maestría (nos lo hubiéramos comido igual a dentelladas, pero no es lo mismo). En cuanto surgió el tema, este señor se ofreció inmediatamente a ser el cortador oficial jamonero y, desde entonces hasta que dimos cuenta del trozo de cadáver porcino, estuvo dando puntuales viajes de la mesa al susodicho y viceversa, repartiendo tiernos bocados de aquella gloria bendita. Y lo hizo sin el menos atisbo de cansancio, aburrimiento o falta de motivación, todo lo contrario, daba gloria verlo tan dispuesto (no sé cuál de los glorias quitar para no ser redundante…). Mucho tiempo después de aquello, cuando ya el sabor de la fiesta y del jamón era un bonito recuerdo, tuve que ir a su sucursal a hablar con él de un tema para el cual hacía falta entregar una fotocopia de una escritura, y con las prisas sólo llevé el original. Me dijo que no me preocupara, que él hacía la copia en un momento, y salió del despacho y se fué al fax y empezó él mismo a fotocopiar. Tardó mucho por dos motivos, porque el fax es más lento fotocopiando que la fotocopiadora (que la tenían averiada), y porque hizo dos copias, la segunda para mí para que la tuviera si me hacía falta para cualquier otra cosa. Mientras lo veía a través de los cristales poner las páginas por un lado y sacarlas por el otro, recordé aquel jamón y me pareció estar viendo el mismo comportamiento: asumió una tarea monótona, pesada, aburrida y que podría haber hecho cualquier otro (otro invitado/otro empleado) y la hizo con una naturalidad y un buen hacer que me hizo comprender que esa persona se comporta en el trabajo exactamente igual que se comporta fuera de él. No me costó nada imaginármelo lavando platos en su casa (me cuesta horrores imaginármelo de psicópata).

Claro que hay que tener un buen punto de vista para apreciar estas sutiles muestras de la personalidad, porque el siguiente caso que traigo, a pesar de cumplirse la hipótesis de partida, por poco evidente hubiera pasado totalmente desapercibida de no ser porque el correr del tiempo me brindó la oportunidad de conocer a esta otra persona más allá de los límites laborales. Él era profesor en la universidad (lo sigue siendo), y me tocaron sus clases en una parte de una asignatura de primero. Desde el primer día, y desde mi punto de vista como alumna, me cayó como el culo. Ese sentimiento se veía reforzado a cada clase que asistía con él. Ese joven pedante que no explicaba la materia y sólo hablaba de sí mismo me hacía perder el tiempo. Es muy raro que alguien con quien tenga relación me caiga mal, será que tengo una capacidad de empatizar bastante desarrollada, pero en este caso el ejercicio de ponerme en su lugar hacía que surgieran en mí deseos de ducharme con lejía. Aquella situación finalizó con un notable en el examen y un adiós muy buenas. Hasta que el adiós se trasformó en hola al cabo de cuatro años, cuando coincidimos pasando el día en la casa de unos amigos (¿estas cosas siempre me pasan en casa de los amigos, o me lo parece?); en este caso la razón de su asistencia era que su novia era la hija de los dueños de la casa, enlace sentimental que ocurrió después de haberlo tenido de profe. Para mi absoluta sorpresa (muy agradable, por cierto) resultó ser un joven solícito y divertido, que hablaba y contaba cosas muy oportunas según lo que se quería decir en cada momento, y que me dio una lección de humildad al poner en evidencia que mi rasero para catalogar ciertos comportamientos era ciertamente para tirarlo a la basura. Todavía hoy, al recordarlo, me doy cuenta de que si hubiera escuchado atentamente lo que contaba en sus clases, más allá de que se ajustara o no al temario, habría recibido quizá una lección más valiosa de lo que la apariencia transmitía. Es evidente que su antes alumna y después novia supo ver más allá de ese velo lo que mi arrogancia me impidió ver a mí. Hoy en día lo tengo por un amigo, que incluso me ha ofrecido reiteradamente probar su moto antes de comprarme la mía (en el caso de que me examine y me la compre) para que la evalúe antes de decidirme. Y no, no puedo imaginármelo como mi pareja, para los que estéis pensando mal. No fue una oportunidad perdida, que yo ya estaba bien casada cuando le conocí :D
Tengo otro caso que no ha sido probado en los términos expuestos aquí, y que me tiene totalmente desconcertada. El constructor que hizo posible que la entrega de mi próxima vivienda se retrasara dos años, el último de los cuales difícilmente justificable. Cuando hablas con él parece buena persona, pero por sus actos (más bien por los efectos de esos actos) nadie lo diría. Sin entrar en ningún detalle, porque no tengo ningunas ganas de tocar este tema (es mejor olvidar si queremos superarlo), ha conseguido que la ilusión que tenía volcada en esa casa se transformara en apatía, desilusión y cansancio. Desde la tranquilidad de tener por fin la llave de la casa en la mano y una escritura a nuestro nombre inscrita en el Registro, aún no me explico su forma de actuar de este último año. Puede que la vida me vuelva a dar una nueva lección de humildad si de aquí a unos años un día, invitados en la casa de algunos amigos, me encuentro con que el rompecabezas de sus actos tenía solución y existía una justificación acorde con las consecuencias que tuvieron. Sinceramente, me agradaría más saberme injusta juzgando, aunque eso sea tirarme piedras a mí misma, ya que también significaría que él no es el cabrón sin escrúpulos que he llegado a creer que es.

¿Somos en el trabajo fiel reflejo de cómo somos?

¿Somos justos juzgando a la gente?

Y, sobre todo, la gran pregunta. ¿Cuántos habéis salivado leyendo la descripción del jamón?

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Asúl (la lógica infantil)

Ya estamos otra vez con los virus. Yo no sé si es que no le actualizo bien el Norton al niño o qué es lo que es, pero ya lo tengo otra vez con 39 de fiebre. El lunes nos avisaron del cole porque se les quedaba dormido con la cabeza en la mesa y no se dejaba tomar la temperatura (lo que no se deje mi niño…). Al día siguiente ya estábamos en el pediatra. Él no quería mídico (me lo dejó mú clarito por el camino, en la sala de espera y dentro de la consulta), y cuando el licenciado quiso abrirle la boca con la espátula de madera para verle la garganta -deben de hacer un cursillo especial para ser capaces de ver y diagnosticar gargantas en 0,3 segundos-, el niño se pegó los labios con superglú (bien los había abierto apenas diez segundos antes para arrearme un mordisco en el brazo -siempre en señal de protesta-). Os informo de que el viejo truco de taparle la nariz sigue funcionando.

Pos jarabe de naranja antibiótica al canto. Eso más el jarabe de ibuprofeno más las gotas de paracetamol han hecho un conglomerado farmacéutico en la repisa de la cocina. Esta vez le ha dado por pedir medicinas de colores. Hay que verlo hecho polvo por la fiebre y pidiendo midisina roja, midisina verde o midisina asúl (invariablemente, la medicina es blanca o roja, pero las letras de la jeringuilla y su conformismo febril la transforman automáticamente en el color que su mamá diga). Lo que más me pude reír fue ayer cuando, después de tomarse el bote del antibiótico, me siguió pidiendo midisina asúl, a lo que le respondí que se la daría cuando le subiera la fiebre. Él asintió y dijo que vale, que ahora está en el pie, y cuando suba (se iba señalando con el dedo un camino imaginario desde el pie hasta la cabeza) se tomaría la midisina. Está claro que si la fiebre sube, desde algún lado tiene que hacerlo, ¿no?

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Las cuatro estaciones del alma (I)

Lo siguiente que viene lo escribió una jovenzuela de veintidós años con su primer ordenador (386) y su primera impresora (matricial, 24 agujas), allá por el pleistoceno, un día en que -seguramente- debería estar estudiando (¡andá, como ahora!). Pasen y asómense a mirar por este túnel del tiempo que me he encontrado ordenando papeles.

Las Cuatro Estaciones.

Son las malditas hormonas, las malditas reacciones químicas, las malditas concentraciones en la sangre de no sé cuántas sustancias desproporcionadas. No sé si realmente los hombres tienen ventajas sentimentales con respecto a las mujeres por el hecho de no estar sometidos a los fluctuantes niveles de estrógenos y progesterona; quizá otras sustancias sean las culpables de sus cambio de humor. Lo que yo sé, porque soy mujer, es que estoy harta de sentirme un día tan mal que no me importaría morirme y otro, sin más previo aviso, sentirme tan estúpidamente feliz que me hace sentir que la vida, así, sí merece la pena ser vivida.

Hoy me ha cogido por sorpresa uno de esos, por otro lado raros, días buenos, con los niveles de euforia por encima de la curva de la felicidad. Y pensar que justamente ayer el mundo estaba hundido conmigo en medio, me hace enfadarme conmigo misma por ser tan imbécil como para dejarme sucumbir ante lo que, en etapas felices, reconozco como vulgar química.

El conocimiento de que nuestras depresiones (leves o menos leves) no depende tanto de nosotros como de nuestro cuerpo mal gestionado, debería hacernos sentir aliviados; al menos encontramos una razón externa a nuestro control que es la causante de nuestro desespero. Hoy estoy en vena, y el sentirme tan despejada hace que mi cerebro piense con claridad, desvelándome respuestas tan sencillas como inalcanzables en otras circunstancias. Si al menos consiguiera que esta idea se fijara en mi subconsciente indefinidamente, no lo pasaría tan mal cuando caen en picado el bienestar, la alegría y los horizontes. El problema es que no soy capaz de recordar esta simple exposición de motivos, por lo que acabo convencida de que es la acumulación de años de mala suerte y desgracia la causa de que no le encuentre sentido a la vida y prefiera cagarme en el día en que nací. Hoy pienso que, si ayer hubiera recordado esta llana verdad, ese mismo conocimiento habría sido el catalizador para la recuperación del espíritu. Ya no vale la pregunta de “¿por qué me encuentro así, por qué soy tan desgraciada?”, cuando sabemos que son los componentes de nuestras células las respuestas burlonas que andábamos buscando.

¿No se han preguntado alguna vez por qué los psiquiatras recetan pastillas antidepresivas o, simplemente, cómo es que la insignificante pastillita de las narices puede hacer que, a la larga, nos sintamos notablemente mejorados? Si nos explicaran que nosotros mismos podemos estimular la fabricación interna de los mismos componentes de las pastillitas, y que su resultado es mil veces mejor y más rápido que la ingestión oral de las susodichas, tendríamos el poder de hacer sentir a nuestro organismo como se nos antojara en cada momento. Realmente tenemos ese poder y, si en algo apreciamos la vida y la felicidad, tenemos la obligación de usarlo, no sólo en nuestro provecho ya que, al sentirnos bien, ese sentimiento se proyecta a cuantos nos rodean, ayudándolos, casi sin saberlo, a mejorar sus ánimos.

¿Y por qué narices no me acordé yo ayer de todas estas cosas?

No sé si correr un par de comas. Por lo demás…… a veces me doy miedo.

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Seguro que a vosotros también os ha pasado

 

Tengo un ataque de gases,

me tiene doblada en dos,

ya lo conozco de antes,

experta soy en la situación.

 

No me deja sentarme,

de pie es mucho peor,

no dejo de preguntarme,

qué le habré hecho yo.

 

Quizá fui yo la causante,

le di alas por puro pudor

un bollo y dos fantas mediante,

a la próxima silbo un rock n’roll.

 

Sorry, anoche me dieron las cuatro de la madrugada estudiando para el examen (sin acento, que no puedo cambiarlo en los tags…….) de hoy, y es curioso el efecto de la combinación de comer por ansiedad y la falta de sueño. Y ya se sabe, cuando los gases no salen por su orificio natural, suben por la columna vertebral hasta el cerebro y allí se transforman en posts de mierda……….

¿Tenéis un aerored por ahí? En su defecto, me conformo con un almax.

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Post Gata

He aquí una de esas agradables sorpresas que nos asombran y nos pintan una sonrisa en la cara.

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Va por todos.

Nora fue adoptada como gatita en el año 2004 de un refugio para gatos en Cherry Hill, Nueva Jersey. Sus “padres”, Betsy Alexander y Burnell Yow, son artistas y músicos que viven en Filadelfia. Desde pequeña, Nora mostró un interés inmediato por el piano durante las lecciones de Betsy con sus muchos estudiantes privados. Un día, Nora saltó al banco del piano, se sentó en perfecta postura con ambas patas sobre el teclado, y comenzó a tocar notas. Ella tenía tan sólo un año. Desde entonces, ha tocado casi todos los días, y ama tocar duetos con los estudiantes de Betsy.

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Desenfocados

Cuando nos levantamos cada mañana y nuestro primer pensamiento (o el segundo) es ya de tanta tristeza que nos hace arrastrar los pies igual que ayer, igual que mañana, una de dos: o algo nos falta o algo nos sobra.

La tristeza profunda siempre tiene una justificación. Unas veces intuimos, otras sabemos y otras ignoramos totalmente cuál es esa causa. Unas veces la causa es sentimental. Y otras veces es física.

Las causas sentimentales….. bueno, ya sabéis, rupturas, desamor, malos tratos, escasez de amigos, pérdidas trágicas, insatisfacción en las relaciones, insatisfacción en el trabajo, insatisfacción o fracaso en la educación de los hijos, y una infinita lista que podéis ir completando si tenéis a bien.

Las causas físicas. Me refiero aquí a cuando la botica que es nuestro cuerpo segrega demasiado de esto y/o poco de aquello. En este caso la tristeza puede resultar aún más frustrante porque puede ser que, una vez solucionadas o identificadas todas las posibles causas sentimentales y puestas en baremo, resulte que no son suficientes para justificar tanto dolor existencial.

En bastantes ocasiones oyes a amigos decirte que están tristes, que llevan así mucho tiempo, que sólo tienen ganas de llorar. Y les preguntas por qué y te contestan con un aún más triste y quebrado “no lo sé”. Ese no lo sé las más de las veces no supera ni un somero análisis: sigues hablando un par de horas y acaba saliendo a relucir el trasfondo, lo cual ya de por sí cambia algo lo suficiente como para empezar a poner remedio, generalmente con un simple cambio de actitud. Otras veces, a pesar de que el no lo sé se transforme en un ahora me doy cuenta, son muchas cosas propias y ajenas las que han de cambiar para que llegue la paz a nuestro maltrecho espíritu. Y otras veces, no sé si pocas o muchas porque, en realidad, a pocos se les ocurre esta posibilidad y pasan por su lado sin verla, son los desarreglos hormonales los culpables. Es verdad que, en cierto grupo de pacientes, los médicos son muy “alegres” a la hora de achacar causas físicas a lo que ciertamente puede serlo (sin descartar el componente sentimental); me refiero al grupo de mujeres que entran en la fase menopáusica (un saludo a las que me lean). Pero una persona que aparentemente no tiene por qué tener problemas físicos, es más difícil de diagnosticar en este sentido. Lo cierto es que tenemos un montón de glándulas hormonales ahí dentro, en algún lugar entre los huesos y la piel (¿repasamos las Ciencias del cole?). Sin saber un pijo de medicina y sin ánimo de establecer un diagnóstico generalizado, a los que crean o sepan que tienen una depresión que ya está durando demasiado, ya tenga ésta causa justificada o no, estaría bien que se hicieran mirar el tiroides.

Tengo una conocida que comenzó a caer en profundas tristezas. Ella decía que sí, que había un par de cosas que podían hacerla sentir triste, pero que una vez analizadas no justificaban ese grado de levantarse y acostarse y arrastrarse con unas tremendas ganas de llorar. Ella entendía, desde su lucidez, que no era normal. Quizá por pertenecer al gremio sanitario tuvo suerte. Lo comentó con compañeros del trabajo y esa fue su salvación. Le hicieron pruebas y dieron con un hipotiroidismo. Medicación de por vida para tratarlo y más feliz que una perdiz. Bueno, eso cuando no confluyen otros motivos sentimentales que la entristecen como a todo hijo de vecino.

Sea como sea, la tristeza siempre tiene un desencadenante. Para descubrirlo se necesitan fuerzas, las mismas que la propia tristeza nos arrebata. Si algo nos falta, busquémoslo. Si algo nos sobra, despojémonos de ello. Pero, mis queridos amigos-lectores, ya que hemos llegado hasta aquí, aunque nuestro viaje nos haya llevado a un destino inesperado e incluso indeseado… ¿por qué no aprovechamos y hacemos un poco de turismo? Descubramos la sorpresa oculta tras la vuelta de la esquina. Permitamos a la Vida que nos sorprenda. Démonos permiso para ilusionarnos de nuevo. Las fotos desenfocadas también son hermosas.

desenfocada

Sevillano, va por ti.

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    Mes a Mes

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    La colección completa, post a post

  • Ostras, lo que yo decía…
  • Sequía
  • El hombre tranquilo
  • En el Jardín de la Magia
  • Amo a vé…
  • S.O.S. BCN
  • Fugaz
  • Dar séra, pulir séra
  • No puedo evitarlo
  • Bajo la lluvia
  • Desvaríos
  • ENHORABUENA A TODOS
  • DesEscombrando
  • Aguante
  • No tiene precio
  • Viscoelástica o el arte de la adaptación
  • TAMPOCO sigas esta flecha
  • Tengo un boleto ganador
  • NO sigas la flecha
  • Espacio libre
  • Fórmula magistral
  • Antes de morir, ocho cositas
  • Fatal error
  • Te presto mi voz
  • …y aterrizando
  • El día del padre
  • Excelencia
  • Cuando puedas
  • A la semana siguiente…
  • Al día siguiente…
  • Hoy te quiero regalar palabras
  • Avanzando en primera
  • Nunca des nada por supuesto
  • Recordando unos versos
  • Dime cómo trabajas, y te diré…
  • Asúl (la lógica infantil)
  • Las cuatro estaciones del alma (I)
  • Seguro que a vosotros también os ha pasado
  • Post Gata
  • Desenfocados
  • El Pollo de la Paz
  • Pero qué pedorra soy
  • El porqué de algunas cosas.
  • No quiero
  • Cambiando mi interior
  • Desubicación
  • Eau d’orage
  • Miel de caña
  • ¿Dónde está Wally?
  • Nada se para, todo continúa
  • Cáncer, sin aforismos
  • Volare……… oh-oh!
  • Confirmaciones
  • Somos la leche
  • Matrix y el Nuevo Plan General de Contabilidad
  • Ocurrió en la escalera
  • El Camino de Sastiago
  • Matarile-rile-rile…
  • En buena compañía
  • Como las locas
  • Cómo ser marido sufridor y no morir en el intento
  • ¿Cuántos nortes tenemos?
  • ¡Más madera!
  • Iba a escribir
  • Jugando a las definiciones
  • Gracias
  • Tu madre será una santa
  • Septiembre
  • Procas…¿qué?
  • Vuelve mañana (díjole el de la ventanilla al del Almendro)
  • La fibra sensible
  • El pie de la letra
  • ¿Es bueno guardar al menos dos días los artículos como borradores?
  • La cámara oculta
  • Izquierdos de autor
  • Otro agosto es posible
  • Podología
  • Mejor que el Pulitzer
  • La estación llena
  • Si mi padre hubiera tenido un blog, hubiera sido éste
  • Lejos
  • Desconexión
  • De muchos colores, formas y texturas
  • Historias de trimestres
  • Despedida a una etapa de mi vida
  • Arqueología musical
  • Recordando presentes paralelos
  • Hand in my pocket
  • Afú
  • El pijo pródigo
  • Una casa sin muebles ni cortinas
  • Un rato a solas
  • Ocho segundos
  • Un añito más joven
  • ZooHome
  • Peripecias de unos sureños en los madriles
  • Mis alas
  • La camisa de la serpiente
  • El cliente
  • El círculo

    Clasificados por categorías

  • Cuento contigo (13)
  • El Arenal (5)
  • Esto no es cuento (85)
  • Las Rosas del Desierto (8)
  • Poesía (2)

    Y si quereis buscar algo...

  • Para no tener que arrepentirnos de lo que no hicimos

    «Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios. Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría. Pero si pudiera volver atrás trataría de tener solamente buenos momentos. Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora». Jorge Luis Borges.
  • La Arradiobló

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