Dominé el tema del aparcamiento a las primeras de cambio ya en los primeras clases de la autoescuela. Desde entonces, puedo aparcar en el bigote de un gato. He circulado y aparcado en no pocos párkings públicos y privados, anchos y hermosos, angostos y claustrofóbicos, luminosos y oscuros, agradecidos y pendencieros. En todos estos años que tengo el carné (que ya son unos cuantos bastantes), nunca he rozado ni abollado la chapa contra nada (salvo cuando aparco de oído, esto es, recular y avanzar sutilmente hasta percatarse de que estamos tocando chapa, para parar en el momento exacto). Me pasa a veces que, al tratar de aparcar en línea junto a la acera, como haya mucho espacio libre hago el cálculo fatal y me cuesta más maniobras poner el coche derecho que si hubiera habido los centímetros justos para besar a la vez las matrículas de los coches de delante y de atrás (alguna vez he aparcado así, literalmente, y cuando he salido del vehículo y he observado el resultado, me he quedado perpleja; hay que ver lo bien que se maniobra con la dirección asistida). Y así tengo que contar que esta mañana, en mi nuevo y flamante párking comunitario donde hasta ahora sólo aparco yo, saliendo de mi plaza que es más ancha y más larga que mi coche (o sea, grande, muy grande), sin ningún otro vehículo que me quitara la vista, entre columnas muy espaciadas… me he confiado (se conoce), y he echado marcha atrás y girado el volante un poco de más. Cuando estaba a punto de pisar el freno madaleno, a escasos 0,1 Km por hora, he sentido un “toc” inconfundible. Me he sentido… absurda.
De camino hacia el trabajo no he podido dejar de preguntarme si no sucederá lo mismo cuando finalmente logramos disfrutar de nuestra libertad sin límites. Pensamos que tenemos suficiente experiencia para dominarla. Calculamos y pensamos que es factible. Pero, a lo mejor, cuanta más tenemos menor es nuestra capacidad para gestionarla. O quizá pase como me pasó hoy, que he aprendido la lección y nunca más permitiré que una columna caprichosa me bolle el coche.
Al fin y al cabo, como alguien me dijo alguna vez, todos los coches acaban bollándose.
Mayo 5th, 2008 at 10:14 pm
Pero el bollo no se lo iba a comer tu niño el día de la Paz…? O era el pollo?
Libertad sin límites. Dime dónde… que yo la gestiono.
Un besote!
Mayo 6th, 2008 at 8:35 pm
Naaa, mujer, que te tocó la columna pendenciera esa….
Besos
Mayo 7th, 2008 at 12:16 am
haz comoyo , me compre un coche con la plancha plisada y asi no se notan los bollos jajaajjaj…(maarditaasssssssss columnaassssssss)
un beso
Mayo 7th, 2008 at 9:46 pm
Así es la vida…. así es la vida y ese vídeo que has puesto me ha matado de la risa jajajja
Mayo 8th, 2008 at 10:54 pm
Ha sido muy grato leer tu post, iba a comentar desde ayer, pero ya ves, cuando las computadoras se ponen caprichosas, ni quien las aguante, así que opté por darle un descanso a la mía y volver el día de hoy. Lo que encontré en tus letras es alguien a quien las pequeñas cosas de la vida también le hablan de significados mas trascendentales y eso me gustó, porque nos llevas de la mano para hacernos a la vez esos cuestionamientos.
Ya modifiqué la opción limitada de los coments, espero que te sea posible dejar tu huella en el blog.
Por otra parte me siento sumamente honrada y sorprendida a la vez de encontrarme entre los imprescindibles de tu blog.
Gracias y un abrazo
Mayo 8th, 2008 at 11:17 pm
Na, mujer, ni te preocupes. Yo, en cambio, sí tengo más de un golpecito estúpido de exceso de confianza. En los dos últimos coches que he tenido, además, fueron a poco de estrenarlos; esos sí que joden. Es cierto lo que te dijo ese alguien que citas: todos los coches acaban abollándose (los míos empiezan así), Un beso.
Mayo 9th, 2008 at 12:45 am
Leyendo tu historia me ha venido a la memoria la mia, nada original por supuesto, una va de habil ,entras el coche como siempre, con sultura , con elgancia y empiezas ha sentir una cierta resistencia , no reaccionas hasta que se oye el ligero crujido y entonces es cuando te sale el lenguaje de pastor … Y lo que mas joroba es cuando se lo explicas al marido y encima te suelta unas palabras de aliento acompañadas de una sonrisita que muy bien no sabes que sentido darle
Mayo 9th, 2008 at 11:47 pm
Dios mio, cuando yo tenga esa experiencia ya no podré conducir por ancianita. Mi coche parece un queso de esos de agujeritos y es que llevo mu poquito con el carnet y soy ¡más patoooosaaaaa!
Besicos
Mayo 12th, 2008 at 8:47 pm
Nos has dejado con la intriga de saber si tambien has aparcado algun fin de semana en algun descampado solitario con … novio.
Por otro lado, te aseguro así a ciegas, que mi coche tiene mas bollos que el tuyo y lo curioso es que con el último roce me entro la risa; será porque hacia justo una semana que había salido del taller y esto ya me ha pasado varias veces. Sería buena idea que los coches vinieran con algún golpe de serie para no tener que darles demasiada importancia.
Desde el punto de vista metafórico, tienes razón, que malo es confiarse.
Un beso.
Mayo 12th, 2008 at 8:51 pm
Lo siento, deben ser las ansias de leerte y ponerte algo pero con las prisas me comi la palabra “novio” tras los puntos suspensivos y también me comí la “Z” de razón. ¿Lo puedes corregir?
Mayo 18th, 2008 at 2:09 am
Jejejeje. Estamos ultimamente de bollos con los coches… Claro que si sirve para hacer esa reflexión sobre la libertad, no hay mal que por bien no venga.
Besosss.
Mayo 19th, 2008 at 2:02 am
Es cierto, yo me pasé 25 años sin bollar un coche y al final pasé por el aro: claro que fue culpa del vigilante del parking, que me puso nervioso manoteando al fondo: yo buscaba una plaza bien ancha y él pretendía llevarme a un sitio que quedaba más cerca del ascensor: ¡qué noooo! ¡que me importan un huvo caminar un kilómetro! ¡Yo lo que quiero es una plaza de diez metros de ancha!
Contra los bollos (esto lo sabe poca gente) le recomiendo un brico-truqui: si sus defensas son de plástico gris (sin pintar) puede retocar el bollo o el raspón con pintura Titanlux negro mate: ¡es milagrosa!