Dar séra, pulir séra
Tras arduos entrenamientos en los que he dejao sin comer y sin dormir a la interfecta pa forzarla a practicar los lamentos del cante jondo, esto es lo más que se puede conseguir. Conste que lo he hecho por aclamación y petición popular vuestra, que tós decÃais que qué sosa era la periquita. Si después de oÃrla todavÃa pensáis que no le he sacao el asento andalú, mejó sus venà a mi casa y, tras una semana entrenando conmigo, vusotro mismo grabáis la historia, a ver cuál de los dó lo hase mejó.
El texto no es mÃo, me lo mandaron por emilio, sólo lo he forzao un poco más para sacarle a la alumna todo su potencial.
Se recomienda no abrir el archivo en el trabajo si los jefes andan cerca.
No puedo evitarlo
Gracias al amigo CucoalmerÃa, he encontrado un cacharrillo muy útil y cachondo, el lector de blogs. Después de oÃr a la robótica voz leer mis artÃculos, no he podido resistir la tentación y voy a inaugurar esta nueva etapa haciéndola leer algo gracioso, a ver si asà se le pega la grasia y deja de leer tan estirá. Y si no lo consigo, al menos nos reiremos. Pinchad en el icono del altavoz al final del post.
UN BAÑO MUY OLOROSO.
Mi sobrina, cuando tenÃa 2 o 3 años, cambiaba los “mes” por “mis” (”mi duele la tripa”). Un dÃa llegó de visita la abuela. Al cabo del rato llegó la hora del baño y mi hermano subió a la niña al cuarto de baño, empezó a llenar la bañera y a desvestirla, y la niña señala la bañera y dice: “quiero que mi bañera huela”, y mi hermano le contesta, pensando que se referÃa al perfume del jabón: “¿y a qué quieres que huela?”, y la niña niega con la cabeza e insiste: “quiero que mi bañera huela”, y mi hermano, todo paciencia le pregunta: “¿a qué, a fresa?”, y la niña: “que no, que quiero que mi bañera huela”, y mi hermano: “cariño, si no me dices a qué quieres que huela no te puedo ayudar”, y la niña que empieza a gimotear: “queno, queno, que quiero que mi bañera huelaaaa”, y mi hermano que empieza a perder la paciencia: “pero a qué quieres que huela, ¿le echo colonia?”, y la niña ya empieza a llorar y a flexionar las rodillas una y otra vez: “QUE QUIERO QUE MI BAÑERA HUELAAAAAAAAAAAAAAAAA”, y mi hermano ya a gritos, que se le oÃa desde abajo: “PERO QUE HUELA A QUÉEEEEEEEEEEEEEEEEEEE”, asà que suben mi cuñada y la madre a ver qué pasaba, entran en el cuarto de baño, se encuentran a la niña llorando a moco tendido y a mi hermano al borde de un aneurisma, y mi cuñada le pregunta a la niña: “¿qué te pasa, cariño?”, y la niña señala a la abuela y dice llorando: “QUE QUIERO QUE MI BAÑE LABUELAAAAAAAAAAAAA”.
Bajo la lluvia
Cuando era pequeña, los Reyes Magos me echaron un hermoso paraguas rojo acabado en un largo y peligroso pincho metálico que bien hubiera servido de pararrayos (afortunadamente nunca llegué a comprobarlo). Mis padres, entonces, me enseñaron dos cosas muy importantes. Lo primero, a mantener siempre el paraguas en posición vertical y con el pincho mirando al suelo para evitar saltarle un ojo a cualquier compañero del cole (obviamente, siempre y cuando no tuviera que salir a la intemperie y estuviera lloviendo, en cuyo caso estaba permitido ir con el paraguas abierto, el pincho hacia el cielo y saltándole los dos ojos a todos los transeúntes de mi estatura que se pusieran al alcance de las varillas). Lo segundo que me enseñaron fue a protegerme de la propia inclemencia meteorológica intrÃnseca, esto es, subirme la cremallera de la pelliza hasta la nariz y colocarme debajo del paraguas abierto, manteniendo el palo del bastón en posición perpendicular a la trayectoria del viento, no asà el propio cuerpo, salvo esto último que la velocidad del propio viento fuera directamente proporcional a la fuerza del estampamiento contra la pared, en cuyo caso estaba permitido caminar de forma oblicua, no sin pasarse, dado que todos saben que caminar en un ángulo que sobrepase los cuarenta y cinco grados, además de demasiado caluroso, es del todo improbable, no asà la caÃda, que se hace no sólo probable sino inevitable. El caso es que yo me creà toda aquella liturgia a pies juntillas, y nunca puse en duda que aquella fuera la única forma de enfrentarse a la lluvia.
Pero hubo un dÃa gris, tanto en lo meteorológico como en lo personal, ya un poco mocica, en el que se me encomendó por mis progéneres acudir a la casa de unos amigos suyos a hacerles entrega de algo que ni me acuerdo ni viene al caso. VivÃan estos amigos a aproximadamente kilómetro y medio (puede que exagerando) bajando por mi misma calle tó tieso. En ese momento, al mirar desde la ventana antes de salir, me apeteció (no sé de dónde nació el deseo ni cómo se me ocurrió que las cosas podÃan hacerse de forma distinta) hacer aquel recorrido bajo la lluvia… sin paraguas. Fingà olvidármelo (por aquel entonces habÃa dejado de ser el descrito en el párrafo anterior) y me encaminé toda feliz a mi destino, con la pelliza hasta la barbilla y chorreándome el agua por la cara. No era una lluvia intensa sino mansa, que acariciaba sin molestar. Ya he dicho que tenÃa un dÃa gris, y aquel agua lavó mis lamentos y me proporcionó frescura y paz. Saberme traicionando una ley impuesta que, aunque tenÃa mucho sentido, no era ni mucho menos suprema, me hizo sentir por primera vez la fuerza de la libertad. Libertad para decidir, libertad para hacer, libertad para equivocarme. Por primera vez fui consciente de que uno puede tomar sus propias decisiones.
No me duró mucho la alegrÃa. No, no pillé una pulmonÃa. Aunque quizá se lo deba a la amiga de mi madre que, cuando me vio hecha una sopa en la puerta de su casa, se empeñó pese a todas mis protestas y excusas a prestarme un paraguas. Al final lo acepté a regañadientes, con el firme propósito de no abrirlo. Pero una vez en la calle, pensé que, ante los ojos de los transeúntes, era lastimosamente ridÃculo andar bajo la lluvia con un paraguas plegado bajo el brazo. Asà que, suspirando, lo abrÃ, y mi cara dejó de recibir “el agua de la libertad”.
Y asà nos movemos, por leyes no escritas que se empeñan en hacernos andar por senderos señalizados en aras de nuestro bien común. Lo malo para esas leyes es que, a veces, sin saber por qué, nos desviamos del sendero y descubrimos que andar por el monte entre las piedras, aunque sea más difÃcil, es más satisfactorio. Y además, allà descubrimos a otros viajeros que, como nosotros, un dÃa comprobaron que nuestra libertad y nuestro libre albedrÃo son tales porque se nos está permitido utilizarlos, por mucho que otros se empeñen en creer y convencernos de lo contrario.
Esto… ¿yo no estaba hablando de la lluvia? ¿Cómo he acabado en el monte? ¿Será que, muy en el fondo, soy… algo caprina? O, lo más probable, será que estoy como una cabra.
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- Vuelve mañana (dÃjole el de la ventanilla al del Almendro)
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- ¿Es bueno guardar al menos dos dÃas los artÃculos como borradores?
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- Peripecias de unos sureños en los madriles
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