- Eras de Villarriba, ¿verdad? -le preguntó a la par que entraba súbitamente en el aula de la que se había marchado hacía escasos quince minutos.
Ella se volvió hacia él desde su posición en la mesa del profesor, levantando la cabeza de los papeles que se empeñaban en acumularse desordenadamente, dejando de escribir lo que estuviera escribiendo.
- Sí-i-iiii… -le contestó con una sonrisa asombrada de no saber por dónde venía la pregunta y por el ímpetu de la entrada.
Entonces él asintió con la cabeza, fijó la vista en el rodapié como quien hace un esfuerzo por recordar lo que tiene que decir, y le soltó sin dejar de sonreir en ningún momento:
- “Ni de Villarriba las mujeres ni de Berja los burros”.
Y rubricó su sentencia con un giro de talones y una huída por el mismo camino por el que vino, dejándola a ella haciendo un rápido y mental análisis morfológico-sintáctico de la dedicatoria y con la sonrisa congelada en una mueca.
Hacía quince minutos que él entró a saludarla después de no haberse visto en cinco meses, una cortesía que los profes siempre agradecen de sus antiguos alumnos. Hacía catorce minutos que ella le había tenido que explicar con mucho tacto pero sin anestesia que en administración no habían encontrado el diploma del curso que él había ido a buscar aquella tarde por la sencilla razón de que tanto ella como el resto de los profesores habían decidido suspenderle. Hacía trece minutos que él se marchó pasillo adelante después de que contestara a sus consejos de “tienes que currarte los cursos, actúa en consecuencia la próxima vez” con un “a mí me la suda que me suspendan” y un “es la primera vez que me pasa”, aunque esto último ella no recuerda si de verdad lo oyó o se lo está imaginando mientras escribe estas líneas.
Y, tal y como le dijo después a Antonio, el conseje, mientras recogía todos sus utensilios y los guardaba en los cajones de la mesa:
- ¿Sabes? No siento haber fallado en que ese chico haya aprendido poco o nada de lo que traté de enseñarle, al fin y al cabo él no lo intentó siquiera, se pasaba las cinco horas metido en internet viendo vídeos de youtube a pesar de la prohibición al respecto, no tomando notas, no haciendo los ejercicios. Lo que de verdad me duele como docente es no haber sabido rescatar a un chico de veintidós años de su arrogancia y su prepotencia, no haber sabido inculcarle respeto por los demás y por sí mismo.
Supongo que tres meses es demasiado poco tiempo para obrar milagros. Supongo que las lecciones se tergiversan y acaban siendo interpretadas como ataques en lugar de como correcciones bienintencionadas. Supongo que, para él, el premio de acabar un curso de formación profesional ocupacional para desempleados (desesperados por formarse y así tener una sola oportunidad más de encontrar un empleo digno), sin haber dado ni golpe, burlándose así de toda la cadena que ha hecho posible que lleguen los recursos hasta aquellos que los necesitan… el premio, digo que supongo, no es el título como diploma acreditativo de unos conocimientos, sino el título como trofeo representativo de todos aquellos de los que él se rió a su cara para conseguirlo sin merecerlo.
Pues qué quieres que te diga… si no creces como persona, te volverá a pasar.
Por cierto… ¿sigues sin encontrar novia? No sé, a lo mejor… tiene algo que ver con tu peculiar forma de no respetar a los que te rodean.
Vaya, esto último es una crueldad por mi parte. Igual luego lo quito.

Cuando la pasividad da paso a la actitud ofensiva, no creo que seas cruel reconocienco una realidad.
Besos,
me alegro de volver a leerte =)
Es que tu puedes llevar al caballo hasta el agua pero si no quiere beber no beberá. Y muchos de nuestros jovenes no tienen sed porque están rodeados de refrescos.
Un abrazo y supongo que preparando la semana santa
Da igual lo mucho que te esfuerces en ayudar a alguien, si ese alguien no quiere ser ayudado, no hay nada que hacer… y probablemente no merezca que pierdas más tiempo…
Besos
Me alegro de haber podido encontrar tu nuevo espacio. Habría sido una pena perderme tus escritos.
Un saludo.