El cielo se había roto y nadie parecía capaz de arreglar las grietas, que cada vez parecían más y más grandes. Llovía fuera y llovía dentro, ya que el agua se filtraba desde la azotea a través del conducto de los cables del teléfono. Se quedó mirando la inútil pecera, cuya vacuidad hacía imposible la vida acuática, y se preguntó si no sería preferible resguardarse dentro del recipiente en vez de morir ahogado fuera de él.
Acababa de leer en el periódico una noticia sobre el éxito en los experimentos sobre ratones para regenerar huesos y cartílagos a partir de células madre, y pensó que si los investigadores le pusieran ahora unas cuantas de esas células entre los dedos, a buen seguro le saldrían aletas.
Miró nuevamente por la sucia ventana, y su vista descansó sobre las gotas que se recolgaban de la barandilla, pequeñas al principio, engordando cada vez que se unían a más gotas, hasta que su peso las arrastraba en caída libre sobre la tierra de las macetas donde, milagrosamente, habían vuelto a la vida las tristes plantas cuyo riego olvidó en algún impreciso momento del pasado.
Quizás lo que ya le estuvieran creciendo, porque se las empezaba a sentir, eran agallas. Para respirar bajo el agua cuando se hundiera en las trampas de su mente, que insistía en atenazarle con certeras cuchilladas que le dejaban sin aliento y sin ganas de vivir. Para empujar sus proyectos, emborronados hasta perder la esencia de lo que querían haber sido. Para enfrentarse a su madre como un hombre cabal y no como un adolescente plagado de inseguridades e inmadurez. Para no dejar de ilusionarse con las pequeñas cosas que algún día le motivaron y le pintaron una sonrisa de satisfacción en un rostro que ahora solía lucir viejuno, más por el rictus amargo que veía fugazmente en los espejos que le abordaban por sorpresa que por los años acumulados en el haber de las arrugas, reflejando quizá esas cuentas pendientes que mantenía consigo mismo y que nunca se decidía a saldar porque la liquidez se le escapaba entre suspiros.
Y qué mejor liquidez para abonar la deuda que el propio líquido elemento que caía del cielo. Confiando en que, llegado el momento, sería capaz de hacerlas funcionar, y sin poder evitar el acto reflejo de tomar aire antes de la inmersión, saltó al profundo charco que le impedía el paso. Estaba frío, como no podía ser de otra manera. Después de bucear todo el tiempo que le permitieron sus cansados pulmones, que era poco, se detuvo y cerró los ojos. Guardando la calma, soltó el aire gastado poco a poco, sintiendo cómo las burbujas le acariciaban el rostro. Después escuchó los latidos de su corazón a través del silencio y la oscuridad que lo abrazaban. Ahí estaba, rítmico, fuerte, sin intención de pararse. Y notó cómo el agua se iba calentando a su alrededor, al igual que hace la cama al meternos bajo el edredón.
En medio de esa paz tomó conciencia de haber encontrado el interruptor que accionaba el ingenioso mecanismo que, sin saber cómo ni falta que hacía saberlo, se ocupaba de filtrar el agua de su alrededor y de absorber el oxígeno vital. Comprendió que, en adelante, por muchas trampas que le tendiera su mente, sería capaz de reconocerlas y hacerlas saltar sin víctimas, salir a la superficie y secarse al sol mientras el aire entraba de nuevo en sus pulmones.
Sonrió, dándose perfecta cuenta de que lo hacía, al comprender por fin por qué toda la vida se había dicho a sí mismo que tenía memoria de pez.


Y como la montaña no viene, pos me voy a verte MONtaña ¡¡¡Que no se nada de tiiii!!!! y no te olvido aunque lo parezca