Bernard y las flores marchitas
Las mujeres son flores que crecen según su especie y según los cuidados que se les brinde. Las que crecen hasta en las condiciones más desfavorables se conforman con el rocÃo con que las riega la húmeda mañana. Las más delicadas tienden a deshojarse incluso con los mimos más atentos y los abonos menos agresivos. Entre ambos lÃmites, las que con unos cuidados básicos y diarios florecen en una o varias épocas del año, año tras año, sin descanso, hasta que las raÃces se agotan y mueren, desintegrándose en su propia tierra.
Ana entró aquella mañana en la peluquerÃa después de haber reunido las fuerzas y la convicción para borrar los tres meses de canas que se le acumulaban en los ocho centÃmetros más cercanos a su cuero cabelludo. Era temprano, la primera clienta del dÃa, nadie esperaba haciendo cola en la puerta antes de abrir. La recibió un muchacho solÃcito y correcto, y reconoció en él el extraño acento que le habÃa dado hora el dÃa anterior por teléfono.
- Edgar Lawrence, Peluqueros. ¿En qué puedo ayudarla?
- Hola, querÃa pedir cita para el viernes, ¿puede ser?
- Claro, mi Amor. ¿A qué hora te viene bien?
- ¿A qué hora abrÃs?
- A las nueve.
- A esa hora me viene perfecto.
- Muy bien, a las nueve. ¿Tu nombre?
- Ana.
- ¿Y qué te vas a hacer, Amor?
- Tinte.
- Muy bien, Cariño. Te veo el vienes a las nueve.
Eran las nueve y cinco. Ana saludó a Edgar, el dueño de la peluquerÃa, con dos sonoros besos en sendas mejillas, a Elena, su peluquera de siempre, y a Bernard, el indefinido propietario de la exótica voz. A él sólo lo habÃa visto en otra ocasión, precisamente hacÃa tres meses. No recordaba quién la habÃa arreglado en aquella ocasión. Los recuerdos se le confundÃan, y ella no estaba presente mentalmente en la peluquerÃa después de que le colocaran la toalla sobre los hombros y la cubrieran entera con la túnica negra que habrÃa de protegerla de las salpicaduras de los productos quÃmicos. Simplemente, su mente se esfumaba de allÃ, evadiéndose de las conversaciones triviales, de los cotilleos más novedosos y del siempre demasiado alto volumen de la música latina que se derramaba por los altavoces.
A las indicaciones de Bernard, precedió a éste hasta sentarse en la butaca donde habrÃa de perder la parte consciente de sus pensamientos. Con rápida pericia le aplicó enérgicamente el tinte usando como único instrumento sus dedos, embutidos en guantes negros. Sólo un par de frases de cortesÃa intercambiaron en el proceso. Ella era la evidente clienta poco habladora, y Bernard tampoco parecÃa muy proclive a establecer diálogos de compromiso. La abandonó mientras las reacciones quÃmicas oscurecÃan su cabello, y ella se abandonó a sà misma, dejando que la imagen que le devolvÃa el espejo se convirtiera en el rostro de una total desconocida.
Viajó por caminos sin sentido, entre árboles de hormigón y ladrillo, mientras que a cada esquina se le aparecÃa uno de ellos, unas veces era Él, y otras veces era el Otro. Y a cada paso que daba más perdida estaba, sin encontrar la salida del laberinto, sin saber si habrÃa de encontrarla de la mano de alguno de ellos o completamente sola. La congoja se alternaba con la esperanza por partes iguales, compitiendo entre ellas en su afán de alzarse con la victoria. Sólo el humo del tabaco en sus pulmones le brindó una breve tregua. Luego la pugna siguió, amenazando con acabar de destruir su entereza y su confianza para siempre. Hasta que Bernard la condujo de vuelta a la peluquerÃa y al lavacabezas.
Se tumbó en el sillón articulado y se dispuso a dormitar, como siempre, mientras el agua caliente le iba resbalando por las sienes hasta el cuello. Sólo un poco de agua y el caudal se cortó. Mientras concedÃa una tregua a sus pensamientos, cayó en su duermevela favorito. Y entonces, unas manos entraron en el sueño y comenzaron a acariciarla cálidamente. Esas manos imprimieron un ritmo suave y lento, muy lento, mientras presionaban delicadamente y envolvÃan en su capacidad la forma de su piel y surcaban el mar en calma en busca de la fosa de sus primeras arrugas. La acariciaron y se estremeció, clarividente claridad al comparar lo que esas manos le hacÃan sentir con lo que nunca antes de ahora otras manos habÃan siquiera intentado. Las manos bajaron del cráneo a la frente, y le cubrieron el rostro, dejando grabado en su piel el tatuaje de la pasión esquiva. Al tiempo que todos los centÃmetros de su piel se apresuraban a participar del tacto que la embargaba, puso rostro a aquellas manos, un rostro y unas manos deseados, al tiempo que una certeza desdeñosa e hiriente le susurró en el último y recóndito hueco de su cerebro: Si Él te hubiera tocado asà cada dÃa, no le dejarÃas. Y si El Otro acaricia de esta manera, es algo que nunca sabrás.
Bernard le envolvió el pelo con una toalla y la acompañó de vuelta frente al espejo. Ahora sà podÃa ver al hombre, no tenÃa que ponerle un rostro que no le pertenecÃa. Con la misma lentitud, suavidad y firmeza de hacÃa unos minutos, ahora le secaba el agua con la que antes la empapaba. Observando su reacción apenas de soslayo, para no incomodarla, atrajo su cabeza y la apoyó en su abdomen, ofreciéndole un apoyo y un descanso a sus tribulaciones. “Descansa y duerme, mi Amor”, parecÃan decir aquellas manos que seguÃan acariciando y secando el agua que su alma ya no necesitaba, porque habÃa bebido tanto que su tierra ya no podÃa absorber una gota más. Agua milagrosa regalada por manos sensibles que, aquel dÃa, despertaron y dieron un poco de vida a las flores marchitas en las que Ana se habÃa convertido al dejar escapar las ilusiones.