Pepitas de Oro y Granos de Arena

Si sólo dispusiera de hoy, no dejaría nada para mañana
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La promesa

Picasso

Algo raro se notaba. El cuerpo no lo sentía como siempre, y unos pequeños detalles apenas perceptibles (dolor y plenitud de pechos, ligeras náuseas), sumados a un inusual retraso de un mes, resultaron en una certeza interior pendiente de confirmar con el predictor. Fue la primera vez que compró uno, nunca antes un retraso le había dado suficientes motivos como para necesitarlo. Amiga de guardar hasta los bigotes que su gato perdía por la casa, nunca fue capaz de deshacerse de aquella mancha rosa, y ahí sigue, guardada como un tótem en un cajón del cuarto de baño.

La certeza confirmada fue para ella abrumadora. Si algo tenía claro en esta vida llena de claroscuros es que no quería tener hijos. Nunca había tenido imperiosos deseos de tenerlos (a pesar de que en los dos últimos años su subconsciente la avisara de que, si no los tenía pronto, ya no habría muchas posibilidades de tenerlos), y se conocía a sí misma lo bastante como para saberse una mala madre, así que lo puso como condición antes de casarse. Su pareja estuvo de acuerdo, y nunca más volvieron a plantearse la cuestión (salvo pequeñas bromas a cuenta de algunos retrasos anteriores, pequeñas bromas a cuenta de un intento de sondeo por parte de su marido cuando éste cambió de opinión, y pequeñas bromas a cuenta de los inextinguibles amigosyconocidoscoñazo). Además, su propio padre estaba inmerso en un agresivo tratamiento contra el cáncer de pulmón, vivía en otra ciudad, y ella quería estar plenamente disponible para salir en ayuda logística en cualquier momento. De hecho, ni se había molestado en buscar un nuevo empleo cuando finalizó el contrato de seis meses y la empresa le comunicó que no la renovarían. Sabía que esas circunstancias había que aprovecharlas y las aprovechó. Y ahora, un embarazo no era la mejor forma de poder echar una mano.

Muchas veces antes de aquel momento, mucho antes, ella le había hablado a su hijo. Antes de existir, su hijo ya sabía que sería bien recibido en el caso de que, pese a todas las trabas que se pudiera encontrar, él decidiera probar fortuna en el mundo orgánico. Así lo sintió ella cuando tomó conciencia de la vida ajena que se había instalado en su alma. Pero también sintió la desesperación de todo a lo que su hijo se tendría que enfrentar cuando naciera: un mundo caótico, una madre depresiva e individualista, un sinfín de peligros inventados y por inventar cuando fuera un bebé, cuando fuera un niño, cuando fuera un adolescente… ¿Cómo podía congruentemente dar vida cuando ella misma había jugueteado desde su propia infancia con la idea de la muerte? La situación no tenía sostén y, aún así, se sostenía, porque el proceso no tenía marcha atrás.

Lloró muchísimo encerrada en el cuarto de baño. Lloró por su padre, por su madre y por su hijo. Y le preguntó entre lágrimas qué le había impulsado a venir hasta ella. Le podía contar todo lo que ya había tenido que sufrir y lo que aún le quedaba por sufrir, le espetó a pensárselo bien antes de seguir adelante. Pero aquella pequeña criatura no más grande que una habichuela se agarró firmemente a la cálida y mullida esponja donde descansaba y se acurrucó a esperar, acunado por el balanceo de su madre al llorar.

Un día, de pronto, el niño sintió que ya no quería seguir esperando, sintió que algo raro pasaba, ella también lo notaba y fue ella quien decidió que era el momento de ir al hospital. Cuando al cabo de catorce horas parecía que tendrían que volver a casa por donde habían venido, la bolsa se rasgó de pronto con un perceptible “crack”, y un mundo de agua inundó la cama y el suelo de la habitación. Un poco de oxitocina, un enema, una epidural y la relajación en la que les sumió esta última, gracias a la cual el cuello del útero se dilató los cinco centímetros que le faltaban en otros tantos escasos minutos, provocaron el momento del parto.

Empujó y empujó hasta quedar sin aliento, su marido la animaba, las enfermeras la animaban, el comadrón la animaba, y aún así no tenía fuerzas suficientes. La enfermera se subió encima suya y empujó al niño usando su brazo como un rodillo, como si intentara hacerlo salir como se hace salir el último resquicio de pasta de dientes del tubo. Y entre todos lo lograron, y le pusieron a su hijo sobre el pecho un instante para que lo besara antes de llevárselo rápidamente a la mesa donde habrían de limpiarle las vías respiratorias y hacerle el primer test de su vida, aquél que se supera si tu corazón late con fuerza. Lo sintió cálido y suave, quiso tenerlo más tiempo con ella pero ya se lo habían llevado. Sólo estaba a un metro de distancia, bajo la atenta vigilancia de su padre. Sólo quería tenerlo. Sólo para ella en sus brazos. Y mientras descansaba con los ojos cerrados, mientras el comadrón terminaba de hacer su trabajo con la placenta y la episiotomía, sintió que ella misma había muerto y vuelto a nacer en el mismo instante en que su hijo sacó la cabecita a través de aquella puerta sin retorno. Nunca más volvería a ser la misma.

Le dio el pecho ya en la sala de recuperación y no dejó de hacerlo durante los siguientes dos años. Mirando atrás, ella cree que fue lo único bueno que hizo por su hijo. Porque el resto lo siente como un despropósito maternal tras otro. Los primeros meses la desquiciaron los incesantes llantos, a los cuales sólo era capaz de responder con histeria, ansiedad, gritos y zarandeos. La noche del funeral de su padre, sin embargo, el niño se portó como el bendito bebé de dos meses que siempre hubiera sido deseable que fuera. Todavía hoy le pesa como una losa en el alma no haber llegado a tiempo de que su padre viera a su querido muñeco por última vez antes de entrar en la inconsciencia de la morfina.

Después serían las cabezonerías de los seis meses (como no querer comer) las que la sacaban de quicio. A continuación eran las cabezonerías de los doce meses las que le descubrían sus instintos asesinos más primarios, que venían para atormentarla al no ser capaz de entender por qué a ella no la embargaba el instinto maternal, ese que dicen que los bebés lloran para despertar en los progenitores las ansias por protegerlos, y a ella lo único que se le despertaba eran profundos deseos de acabar con todo, de acabar con los dos. No conseguía mantener durante todo el día, por más que se lo propusiera, la calma y la paciencia que debería estar desbordando, lo único que corría desbordada era la rabia, una rabia doble, rabia que le provocaba la situación, y rabia por no ser capaz de contener su rabia.

Cuando el niño se portaba bien, que era todos los días, sentía que se reconciliaba con ella, con el niño y con la vida. Entonces se bañaba en la bondad de esos maravillosos momentos, los disfrutaba intensamente, los atesoraba. Hasta que la siguiente cabezonería la volvía a poner en el filo de una peligrosa espada. Y durante todos esos momentos, los buenos y los malos, ella era consciente de que ética, racional y objetivamente, nunca debería haber sido madre. Sabía que había acertado de pleno en su apreciación, sabía que aquella decisión que tomó en su día era la acertada, incluso su padre se echó las manos a la cabeza y la movía de lado a lado cuando le comunicó su embarazo, apenas nueve meses antes de morir. Pero asimismo era plenamente consciente de que su hijo era lo más importante que le había ocurrido en la vida.

De hecho, cuando el niño nació, ella por fin encontró el sentido de la vida. Nada de lo que pudiera llegar a alcanzar jamás podría ponerse a la altura de haber creado a una personita. Comprendía de pronto todos los sentimientos universales que movían el mundo y el corazón se le anudaba por todos aquellos niños que perdían a su madre cuando aún la necesitaban tantísimo. Comprendía de pronto qué era el amor en estado puro. Comprendía de pronto qué era estar enamorada. Comprendía de pronto que nunca podría amar a nadie como amaba a su hijo. Quizá por ello le llenaba el corazón de sal su absoluta incapacidad para educarle desde la paciencia y el sosiego. En esos momentos las lágrimas acudían a sus ojos al recordar la promesa que le susurró a su padre al oído al despedirse de él mientras se le escapaban las últimas gotas de vida: “Te prometo que te lo cuidaré bien”.

Al cumplir los tres años se hizo evidente que el niño no tenía una buena reacción con la gente. La extrema timidez ante los desconocidos, la vergüenza ante los conocidos, la negativa a jugar con otros niños en el parque o en el colegio, la negativa a querer ir o a recibir en casa a su amiguita, la única niña de su edad con la que mantenía contacto gracias a la íntima amistad que unía a ambas madres desde la más tierna infancia, y con la que necesitaba de un proceso de un mínimo de una hora y media de acercamiento en cada encuentro para empezar a tomar confianza y decidirse a jugar juntos; la negativa a hacer las fichas en clase, la negativa a recoger los juguetes… Y, sobre todo, la negativa absoluta a recibir besos de nadie, tema éste que se agravaba por momentos.

La situación explotó la tarde en que el niño, después de aproximadamente tres semanas de caída en picado en sus negativas, que se multiplicaban en progresión geométrica, se quedó dormido echando la siesta en la cama de matrimonio. Ella elucubraba desde la preocupación de que a aquel comportamiento hubiera que ponerle un nombre que la aterraba, de la conveniencia de llevarlo a un psicólogo infantil, de la conveniencia de pedir ella misma ayuda profesional para autocontrolarse y no perder los estribos a cada momento, de la conveniencia de no usar más los métodos de castigo que empleaba (encerrarlo cinco minutos en su cuarto a reflexionar, o pegarle un ligero azote en respuesta a cada patada, a cada bofetada, a cada tirón de pelos, con el objeto de ilustrarlo sobre el dolor físico que supone inflingir dolor físico), de la conveniencia de sustituir el demasiado estricta, demasiado exigente, demasiado amenazante por el suficientemente permisiva, suficientemente flexible, suficientemente diplomática… Cuando se dio cuenta de que habían pasado casi tres horas de sueño diurno y que tendría que despertarlo si quería que se acostara esa noche a su hora.

El niño había cogido el sueño profundo y le costó salir de la burbuja pesada y pegajosa. Tanto le importunó que le arrebataran de aquel lugar apacible donde intentaba seguir soñando que respondió con protestas. A cada roce de su madre contestaba con un sonoro “aaaaahhhhhhhhhhh” y un violento vaivén de su brazo para apartar la mano que lo tocaba. Pero ya por entonces ella había cambiado. En algún punto de sus reflexiones que culminaban aquella tarde, ella supo al fin lo que tenía que hacer, esta vez sin dudas.

Siguió insistiendo en tocar levemente al niño, preparándose para recibir golpes y patadas. Esta vez su propia respuesta desproporcionada quedaba enterrada por el peso del amor. Tocaba y recibía, tocaba y recibía, tocaba y recibía. Cada vez tocaba con más contundencia (una caricia en la cara, una caricia en el pelo, una caricia en la pierna), y cada vez el niño se iba poniendo más y más fuera de sí. Gritaba y lloraba como si le estuvieran pegando, a pesar de que el niño no lloraba así cuando de verdad le había llegado a pegar. La sensación de estar acariciando y recibir como reacción un grito desgarrador bañado en lágrimas la hizo desesperarse y entrar en una fase de atroz convencimiento de que el niño era víctima, finalmente, del innombrable y temido autismo.

Fue entonces cuando decidió luchar contra aquel comportamiento con todas sus fuerzas y con todas sus armas. Y usó el arma más poderosa, la única que podía poner fin a aquella situación. La única que, de funcionar, podría echar por tierra la certeza del escalofriante síndrome. La única que podría salvarles a los dos de caer en la locura.

Se reclinó sobre el niño y comenzó a besarlo en la cara, en la cabeza, en los brazos, en el cuerpo, con besos cargados hasta sus límites de todo el amor que sentía por él. Los llantos y gritos del niño se hicieron aún más agudos y, por primera vez desde que empezó la trifulca, articuló una frase: “¡¡¡No quiero besos!!!”. No era la primera vez que lo decía, naturalmente. Se lo tenían que oír cada vez que se les escapaba tal muestra de afecto y le encasquetaban uno. Ella tenía un pase, a veces le permitía que lo besara, pero los besos de su padre o de sus abuelos, o de la maestra, o de cualquiera, estaban siempre vetados. Y ellos respetaban a duras penas esta sentencia.

Como ella respetó ahora esa petición. Pero no lo soltó. Al contrario, lo agarró con todas sus fuerzas y lo atrajo hacia sí en un abrazo. Sentada en la cama con el niño en brazos, que seguía llorando amargamente, bañada en sus propias lágrimas, lo acunó con firmeza, y lo siguió acunando con los ojos cerrados oyendo ese llanto que tantas heridas le abría. Perdió la noción de los minutos que pasaban. Lloraba él, lloraba ella. Y los minutos seguían pasando.

Hasta que no pudo más. A pesar de su agnosticismo hacia el mundo espiritual, abrió los ojos y miró a algún lugar indefinido y clamó: “Papá, Papá, ayúdame por favor, ayúdame a cumplir mi promesa, no puedo, no puedo, necesito tu ayuda, Papá, por favor, por favor, ayúdame, Papá, no puedo………..”. Y entonces el niño, asombrado, le contestó llorando: “Papá no etá, tá en el tabajo…”. Ella lo miró, viendo la rendija que su hijo le había dejado abierta, y empujó esa otra puerta sin retorno. “Entonces ayúdame tú, por favor, Cariño, ayúdame tú. Ayúdame a ser una buena mamá, ayúdame a saber quererte, yo quiero ser una buena mamá, yo quiero ser tu mamá, déjame ser tu mamá, por favor, mi Vida, ayúdame a ser tu mamá, déjate querer, déjate querer, déjate querer…”. Y el niño escuchó esas palabras. Y dejó de llorar. La cara se le serenó mientras miraba la luz de la pequeña lamparita como si comprendiera la profundidad de lo que su madre le pedía. Ella lo observaba y atinó a abrazarlo de nuevo, esta vez sin agarrar, y fue entonces cuando el niño la abrazó a ella, muy fuerte, y se acurrucó contra su pecho, alargando el brazo para alcanzar el cabello de su madre y mesarlo y acariciarlo, como hacía cuando era un bebé y quería tranquilizarse, como hacía mientras bebía de sus senos.

Y mientras ambos se serenaban y se sorbían los mocos, sin dejar de abrazarse, ella tan sólo acertó a articular sobre la cabecita que tenía ante sus labios que, ahora sí, podían besar: “Gracias. Gracias. Gracias Papá. Gracias……”.

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  • Para no tener que arrepentirnos de lo que no hicimos

    «Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios. Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría. Pero si pudiera volver atrás trataría de tener solamente buenos momentos. Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora». Jorge Luis Borges.
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