Un rato a solas
Desembarcó en la ciudad desconocida cargando con una pequeña mochila que contenÃa justo lo necesario para pasar unas pocas horas. Una botella de agua era probablemente lo único que no habÃa echado, y lo único que el dÃa parecÃa decirle que justo era lo que más iba a necesitar. No tendrÃa problema, tiendas de turistas y heladerÃas habÃan a porrillo en aquella fortaleza, y le habÃan informado que allà aceptaban los euros con alegrÃa comercial.
En la primera heladerÃa que entró para abastecerse no pudo por menos de admirar la vitrina tras la que se ofrecÃan cromáticamente armoniosos los diferentes sabores. Tuvo que esperar a que la atendieran, y los turistas precedentes eran generosamente servidos con aquellos cucuruchos. Fue demasiado para su débil determinación. Cuando le llegó el turno, además del agua, pidió uno de aquellos manjares helados. Recordaba lo absolutamente deliciosos que estaban los de melón en Italia, y optó por comprobar si aquella ciudad le brindaba con un gusto semejante. Pagó y salió a la calle, lamiendo el placer que llenaba de frescor su boca. Si le daba tiempo, a la vuelta comprarÃa de otro sabor, definitivamente ningún helado de melón le podÃa hacer sombra al italiano.
Comenzó a deambular por aquà y por allá, llenándose los ojos con las mercancÃas de los escaparates de aquella calle, todas las tiendas arquitectónicamente iguales, puerta y ventanal enmarcadas en un arco de piedra natural, como todas las edificaciones que alcanzaba la vista. Le decepcionó un poco la profusión de miles de objetos sin valor, guÃas turÃsticas, camisetas y chorradas por el estilo. Asà que, cuando una tienda parecÃa distinguirse de las demás, entraba a curiosear.
Era un auténtico placer desembarazarse del tiempo y de la compañÃa. SentÃa que era su cuerpo el que iba indicando a las piernas a dónde dirigirse. Los ojos veÃan algo y el cerebro decidÃa en décimas de segundo encaminar sus pasos hacia esa dirección, y ella se dejaba llevar por esos impulsos, libre de complicadas tribulaciones, libre de acoplamientos con las decisiones de otro cerebro, aprovechando asà los instantes al máximo, sin tiempos muertos. Anduvo por los sitios tÃpicos, entró en algunos portales indicados en la guÃa turÃstica, y al cabo de tener que estar esquivando cuerpos sudorosos enfundados en bermudas, camisetas, zapatillas deportivas, gorras, gafas de sol y cámaras de fotos, se hartó.
Salió de la farmacia más antigua de Europa (ya conocÃa al menos dos que se disputaban ese tÃtulo), miró a su alrededor y se decidió por una estrecha calle perpendicular al abarrotamiento general. El fresco corrÃa por la sombra de los edificios tan cercanos unos frente a otros. Se topó con un gato que desdeñosamente dejó que lo acariciara. Miraba con curiosidad las ventanas de aquellas casas habitadas por lugareños, los tendederos disponiendo ropa que se secaba ondeando en la brisa. De una de aquellas ventanas asomaba una mujer regordeta y con moño, los codos apoyados en el alféizar, que charlaba animosamente con la vecina de enfrente. Un gato romano descansaba perezoso recostado junto a ella, mirando las cuerdas del tendedero como quien ve la tele, el programa que emitÃa aquel canal era un documental sobre las palomas. Éstas se paseaban por los cordeles a medio metro del hocico del felino con total tranquilidad. Una de dos, o se respetaban mucho mutuamente, o contaban con que el cazador no serÃa tan tonto como para intentar atraparlas a más de nueve metros de altura. Al minino no se le veÃa preocupado. La cámara de fotos se deslizó en su mano y, con mucho disimulo, captó un par de instantáneas de la escena.

Conforme iba subiendo la cuesta se iba alejando del bullicio. Una gran escalinata se empinaba en aquella montaña, y sin dudar la tomó. Sólo unos pocos turistas habÃan llegado hasta aquella altura. Una calle más adelante prometÃa perderla definitivamente, y no lo dudó. Sus pasos pronto la llevaron por calles estrechas y soleadas, sólo se cruzaba con alguien esporádicamente mientras seguÃa ascendiendo. Al cabo de un rato se dio cuenta de que habÃa llegado a la pared de la muralla de la fortificación, ahora paseaba paralela al mar, el cual podÃa atisbar por los torreones de defensa de la ciudad. Siguió subiendo. HacÃa un calor insoportable, el cuerpo lo tenÃa absolutamente empapado, pero no sentÃa cansancio alguno, podrÃa haber seguido andando todo el dÃa en aquellas circunstancias. Pero algo la hizo parar. La calle seguÃa estrechándose allá adelante. Eran casas particulares. Un habitante de aquellos domicilios salió a la calle. Era joven y, según podÃa distinguir desde los quince metros que los separaban, estaba bastante bien el muchacho. La miró, se sonrió y le espetó:
- It’s very hot, isn’t it?
Y ella, que no tenÃa que preocuparse de que se le subieran los colores porque con el calor los tenÃa ya todos fuera, le respondió:
- Too hot, certainly.
Pero ya no se atrevió a cruzarse con él, que no se movÃa de donde estaba. Asà que tomó por una calle lateral, al tiempo que una parte de su cerebro le reprochaba: “Vaya, sà que has olvidado pronto que era yo quien mandaba hoy”.
Tras fotografiar tres gatos más que tomaban el fresco en los callejones, volvió sobre sus pasos. Era hora de ir enfilando el camino de regreso. Al doblar la esquina de antes, miró buscando al muchacho. Ya no estaba. Lástima.
De pronto encontró una abertura en la piedra, una puerta esculpida por la que habÃa que agacharse un poco para pasar. La franqueó y la vista se le llenó de luz y de mar. Se encontró asomada a más de treinta metros de altura. La superficie del agua brillaba al sol, un islote cercano se alzaba majestuoso en mitad de la postal. Allá abajo se escuchaban gritos animados. Al parecer, la ausencia de playas no impedÃa a los habitantes darse un buen chapuzón entre las rocas. Hizo un intento para plasmar tanta belleza en su cámara, consciente de que no habÃa objetivo que pudiera atrapar aquella sensación de inmensidad.
La última visión que tuvo del emplazamiento fue desde el barco. La navegación ofrecÃa una vista privilegiada de las rocas y la muralla. Los bañistas no se cansaban de saludar. La caÃda de la tarde coloreaba el aire de tonos anaranjados. Abrazada a su marido y a su hijo en la terraza del camarote, el cuerpo refrescado por la ducha, los pies doloridos por la caminata, se sintió agradablemente cansada.
- ¿Te lo has pasado bien? -le preguntó él.
- Mucho. Pero la próxima excursión a ver si la podemos hacer juntos.
- ¿Y quién se queda con el peque? Aún no se ha recuperado de la fiebre.
Ella miró al niño. Se habÃa quedado muy delgadito después de tres dÃas vomitando.
- El año que viene veraneamos en casita, ¿de acuerdo? -le contestó ella.
El sol se puso, grabando en la memoria las sensaciones de aquel dÃa. Eran especialmente preciosas precisamente porque eran efÃmeras, porque ella no estaba destinada a vivir asà el resto de los dÃas. Escapar de la rutina estaba bien por unas horas, pero no como forma de vida. Sonrió para sà misma, agradecida de tener un sitio donde volver, y se abrazó a sus hombres mientras el barco se sumergÃa en la noche.