Pepitas de Oro y Granos de Arena

Si sólo dispusiera de hoy, no dejaría nada para mañana
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Dime cómo trabajas, y te diré…

Hay una serie de televisión rulando por ahí denominada Dexter, que no he seguido pero de la que he visto un par de capítulos en la Fox, que trata de un psicópata asesino que, además, es policía (investigador forense o algo así). Claro que él, como es el prota, es un psicópata asesino bueno y sólo mata si es ético. Y como mata o perdona la vida a los que nosotros mataríamos o perdonaríamos, pues nada, síndrome de Estocolmo al canto (seguro que hay otro síndrome que lo define mejor, pero yo lo desconozco). Él vive socialmente de una manera políticamente correcta, pero en su fuero interno tiene un trabajo, una novia y unas buenas relaciones vecindales sólo para que nadie vea al lobo bajo la piel de cordero. En otras palabras, en el trabajo es así, y por dentro es asao.

Para los que no somos psicópatas, esa división entre lo que somos y cómo trabajamos se diluye. Y me he dado cuenta viendo a algunas personas actuar en los ámbitos personales y laborales. Y paso a narrar el primer caso que me llamó la atención.

Unos amigos inauguraban casa nueva y quisieron dar una fiesta en ella con los amigos para celebrarlo. Entre los que fuimos convocados, asistían al evento el director de una sucursal financiera del lugar y su mujer. No recuerdo muy bien lo que cenamos, sólo recuerdo que éramos tantos que la fiesta se desarrolló en el sótano de la vivienda, lo bastante amplio y diáfano como para albergar a todos los congregados. De entre todos los manjares con los que fuimos agasajados, había una sabrosa pata de jamón ibérico, cuyo único hándicap para ser devorada era que alguien tenía que cortar las suculentas lonchas con maestría (nos lo hubiéramos comido igual a dentelladas, pero no es lo mismo). En cuanto surgió el tema, este señor se ofreció inmediatamente a ser el cortador oficial jamonero y, desde entonces hasta que dimos cuenta del trozo de cadáver porcino, estuvo dando puntuales viajes de la mesa al susodicho y viceversa, repartiendo tiernos bocados de aquella gloria bendita. Y lo hizo sin el menos atisbo de cansancio, aburrimiento o falta de motivación, todo lo contrario, daba gloria verlo tan dispuesto (no sé cuál de los glorias quitar para no ser redundante…). Mucho tiempo después de aquello, cuando ya el sabor de la fiesta y del jamón era un bonito recuerdo, tuve que ir a su sucursal a hablar con él de un tema para el cual hacía falta entregar una fotocopia de una escritura, y con las prisas sólo llevé el original. Me dijo que no me preocupara, que él hacía la copia en un momento, y salió del despacho y se fué al fax y empezó él mismo a fotocopiar. Tardó mucho por dos motivos, porque el fax es más lento fotocopiando que la fotocopiadora (que la tenían averiada), y porque hizo dos copias, la segunda para mí para que la tuviera si me hacía falta para cualquier otra cosa. Mientras lo veía a través de los cristales poner las páginas por un lado y sacarlas por el otro, recordé aquel jamón y me pareció estar viendo el mismo comportamiento: asumió una tarea monótona, pesada, aburrida y que podría haber hecho cualquier otro (otro invitado/otro empleado) y la hizo con una naturalidad y un buen hacer que me hizo comprender que esa persona se comporta en el trabajo exactamente igual que se comporta fuera de él. No me costó nada imaginármelo lavando platos en su casa (me cuesta horrores imaginármelo de psicópata).

Claro que hay que tener un buen punto de vista para apreciar estas sutiles muestras de la personalidad, porque el siguiente caso que traigo, a pesar de cumplirse la hipótesis de partida, por poco evidente hubiera pasado totalmente desapercibida de no ser porque el correr del tiempo me brindó la oportunidad de conocer a esta otra persona más allá de los límites laborales. Él era profesor en la universidad (lo sigue siendo), y me tocaron sus clases en una parte de una asignatura de primero. Desde el primer día, y desde mi punto de vista como alumna, me cayó como el culo. Ese sentimiento se veía reforzado a cada clase que asistía con él. Ese joven pedante que no explicaba la materia y sólo hablaba de sí mismo me hacía perder el tiempo. Es muy raro que alguien con quien tenga relación me caiga mal, será que tengo una capacidad de empatizar bastante desarrollada, pero en este caso el ejercicio de ponerme en su lugar hacía que surgieran en mí deseos de ducharme con lejía. Aquella situación finalizó con un notable en el examen y un adiós muy buenas. Hasta que el adiós se trasformó en hola al cabo de cuatro años, cuando coincidimos pasando el día en la casa de unos amigos (¿estas cosas siempre me pasan en casa de los amigos, o me lo parece?); en este caso la razón de su asistencia era que su novia era la hija de los dueños de la casa, enlace sentimental que ocurrió después de haberlo tenido de profe. Para mi absoluta sorpresa (muy agradable, por cierto) resultó ser un joven solícito y divertido, que hablaba y contaba cosas muy oportunas según lo que se quería decir en cada momento, y que me dio una lección de humildad al poner en evidencia que mi rasero para catalogar ciertos comportamientos era ciertamente para tirarlo a la basura. Todavía hoy, al recordarlo, me doy cuenta de que si hubiera escuchado atentamente lo que contaba en sus clases, más allá de que se ajustara o no al temario, habría recibido quizá una lección más valiosa de lo que la apariencia transmitía. Es evidente que su antes alumna y después novia supo ver más allá de ese velo lo que mi arrogancia me impidió ver a mí. Hoy en día lo tengo por un amigo, que incluso me ha ofrecido reiteradamente probar su moto antes de comprarme la mía (en el caso de que me examine y me la compre) para que la evalúe antes de decidirme. Y no, no puedo imaginármelo como mi pareja, para los que estéis pensando mal. No fue una oportunidad perdida, que yo ya estaba bien casada cuando le conocí :D
Tengo otro caso que no ha sido probado en los términos expuestos aquí, y que me tiene totalmente desconcertada. El constructor que hizo posible que la entrega de mi próxima vivienda se retrasara dos años, el último de los cuales difícilmente justificable. Cuando hablas con él parece buena persona, pero por sus actos (más bien por los efectos de esos actos) nadie lo diría. Sin entrar en ningún detalle, porque no tengo ningunas ganas de tocar este tema (es mejor olvidar si queremos superarlo), ha conseguido que la ilusión que tenía volcada en esa casa se transformara en apatía, desilusión y cansancio. Desde la tranquilidad de tener por fin la llave de la casa en la mano y una escritura a nuestro nombre inscrita en el Registro, aún no me explico su forma de actuar de este último año. Puede que la vida me vuelva a dar una nueva lección de humildad si de aquí a unos años un día, invitados en la casa de algunos amigos, me encuentro con que el rompecabezas de sus actos tenía solución y existía una justificación acorde con las consecuencias que tuvieron. Sinceramente, me agradaría más saberme injusta juzgando, aunque eso sea tirarme piedras a mí misma, ya que también significaría que él no es el cabrón sin escrúpulos que he llegado a creer que es.

¿Somos en el trabajo fiel reflejo de cómo somos?

¿Somos justos juzgando a la gente?

Y, sobre todo, la gran pregunta. ¿Cuántos habéis salivado leyendo la descripción del jamón?

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