Pepitas de Oro y Granos de Arena

Si sólo dispusiera de hoy, no dejaría nada para mañana
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Somos la leche

Imagina que un día tienes que ir a un sitio en una ciudad que conoces, pero que no sabes muy bien dónde queda. Tecleas en goooooogle la dirección y te sale un mapita de ubicaje; tras estudiarlo te piensas que está chupao. Llego por aquí, giro por allá, aparco aquí y voilá.

Imagina que vas llegando al sitio pero que la rotonda que parecía que tiraba pacá ahora tira pallá, y que hay más calles de las que aparecían en el mapa, y que lo que se prometía feliz empieza a parecerse más a la melancolía.

Imagina que, a pesar de ser hombre, bajas la ventanilla y preguntas a éste y aquél, hasta que con un poco de fortuna das con el sitio y aparcas.

¿Ya has imaginado?

Bien. ¿Me puedes ahora responder a una preguntita? Ná, mú fasilona, no te asustes.

¿Me puedes decir para qué pagaste un suplemento al comprarte el coche para que llevara GPS?

Ahora imagina que vas de viaje, en un crucerazo, y que una mañanita bajas a puerto para hacer una excursión, digamos por tierras griegas. Vas solo porque tu acompañante se siente indispuesta.

Imagina que, para cuando te acuerdas de que te has dejado la cámara de fotos en el camarote, ya es demasiado tarde, así que te pasas la excursión como viajero a la antigua usanza, mucho mirar, mucho recorrer, e incluso empiezas a pensar si no sería conveniente ir tomando notas y dibujando algún garabato en el cuaderno de campo en plan Félix Rodríguez de la Fuente.

Imagina que finalmente topas con una tienda donde venden unas maravillosas esculturas de barro, y piensas que ojalá tu acompañante hubiera podido verlas. Nada, eliges una que te gusta y la compras.

Imagina que vuelves al barco cansado y contento, pero con ese pellizco sombrío por haber sido tan despistado y no haber podido plasmar nada de lo que has visto salvo en tu propia memoria.

¿Ya has imaginado?

Vale. ¿Me contestas a otra preguntita de nada?

¿Para qué te compraste el móvil con cámara de fotos de tres o cuatro megasúperpíxeles?

Para resarcirte por este escarnio público, confesaré algo que me ha ocurrido hoy mismo.

Habiéndome dado cuenta, a pesar de que la moda otoño-invierno me la trae al pairo, de que no pasan cinco metros sin cruzarte con una mujer que se haya enfundado unos pantalones pitillo y unas botancas por fuera hasta casi la rodilla, decides que hoy sábado es un buen día para mimetizarte con el paisaje, así que sacas un vaquero de los que llevabas la vez anterior que se llevaron las estrecheces perneriles, y esas botas altas que no te pones hace tres temporadas, y de esa guisa intentas emular la moda juvenil. Obviando el pequeño detalle de que la caña de esas botas no estaba pensada para llevar los pantalones por dentro además de tu pierna tipo columna románica, logras cerrar la cremallera y salir airosa (y andando como Zebulón McKeihan, ya sabéis… como que te falta el caballo debajo). El rato que pasas paseando sientes que se te está gangrenando el tobillo, que se ha pillado justo ahí un doblez de la costura del pantalón. Te preguntas si se notará demasiado que tienes la bota a punto de reventar, y si no será algo ordinario que la carne de la pierna asome bota arriba como un globo apretado por un niño. Cuando por fin llegas a casa, deseando quitarte la tortura occidental, te sientas y procedes a dejar circular de nuevo la sangre por las extremidades inferiores… verte a ti misma en plan visión de vidente durmiendo con las botas puestas puede llegar a ser muy duro. No es que vayas a morir como los vaqueros al oeste de la frontera del Río Bravo, es que no te puedes quitar la segunda bota porque la jodida cremallera ha pillado ese maldito trozo de cuero que ponen para que no te pegues pellizcos, y ni parriba ni pabajo. Los deditos los tienes coloraditos de hacer palanca tirando del engranaje, el tobillo lo tienes dolorido y los gemelos montados de intentar arrancarte la bota a la fuerza, ya han pasado veinte minutos desde que empezaste con la “operación descorsetaje” y empiezas a calibrar la posibilidad de llamar a un zapatero de guardia…

Tranquis, no asustarse, unas tijeras para empujar el cuero y unos alicates más tarde, la bota ha salido sin más problemas. Finalmente no las he tenido que romper para sacármelas, pero me parece a mí que las voy a volver a guardar en la cajeta, por si las flies.

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    «Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios. Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría. Pero si pudiera volver atrás trataría de tener solamente buenos momentos. Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora». Jorge Luis Borges.
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