Volare……… oh-oh!
Cantar no sé si canté, pero volar… Me inspira esta historia mi wena inspiradora Zaffe con su último y accidentado post. Llegando al inestimable instante de levantar el vuelo (momento en el que tuve que ir a buscar una toalla para secarle al gato las lágrimas que me caÃan como puños -si es que el joÃo na más quiere estar delante del teclao, qué le hago-), me recordó una anésssdota que en realidad no recuerdo en absoluto. Son esas anésssdotas que, de tanto oÃrselas contar a tu madre, al final parece que desarrollas la visión del evento, aunque tú sólo tuvieras dos o tres años y tu memoria a largo plazo no estuviera aún en disposición de funcionar como es debido.
Cuenta mi madre de su señora suegra (mi awela por más señas) que era ésta una mujer pizpireta, que andaba siempre con mucha tiesura y buen porte, mú dueña de su destino. Esa regia figura, siempre elegancia refinada, avasallaba con su presencia. Me la imagino en aquella época como una mezcla entre la reina de Inglaterra y Joan Crawford. Habida cuenta de que es el único no-recuerdo que tengo de ella, muy probablemente este alarde de imaginación me esté jugando la mala pasada de esbozar su personalidad de manera equivocada y equidistante, que no equivalente.
Cuenta la leyenda, digo mi madre, que regresábamos a casa en el coche, mi awela y yo en el asiento de atrás. En cuanto mi padre aparcó, echó el frenomano y quitó el contacto, mi madre se apeó (siempre me ha hecho gracia esta palabra; la primera vez que establecà una sinapsis neuronal que conectara significante y significado, le otorgué otro significado, más sonoro y oloroso; y, desde entonces, cuando la uso o la escucho, en mi cerebro dos conexiones mandan información, una correcta y otra incorrecta, la cual me hace sonreir para mis adentros). A continuación mi awela hizo lo propio, cogiéndome vÃvamente por la mano y saliendo del coche todo decisión. La mala fortuna fue el siguiente paso, que lo dio contra un bordillo. Tal era el Ãmpetu de la marcha brava que llevaba, que toda la inercia de la fÃsica proyectó su cuerpo hacia el infinito y más allá, volcando su cuerpo noventa grados, que es aproximadamente la diferencia de temperatura que hay entre la postura vertical y la descompostura horizontal. He de recordaros, llegados a este punto, que la que suscribe continuaba enganchada de la mano de la bala humana, asà que no me quedó otra que continuar lo que mi awela empezó, es decir, dar por concluido el vuelo y efectuar un aterrizaje de emergencia fuera de pista.
Mi madre, que lo habÃa visto todo a cámara lenta (luego sólo era capaz de decir “he visto a mi suegra ¡¡¡VOLAR!!!”), sólo atinó a cruzar las piernas, ya que la risa incontrolada en una mujer con el suelo pélvico aflojao después de tres partos, hace estragos. Fue incapaz de acercarse a ayudar a levantarse a nadie porque dominar las carcajadas y las pérdidas de orina a la vez le suponÃa un esfuerzo hercúleo. Ni qué decir tiene que a mi awela tal reacción le sentó como un tiro, y bastante habÃa tenido ya con ejercer de bala. Se levantó como pudo y, con mucha dignidad, entró en el portal como si no hubiera ocurrido nada.
Dice la leyenda que la niña nunca más quiso darle la mano a la awela.