Cáncer, sin aforismos
No sé ni cómo empezar este post. Estaba escribiendo un comentario a uno de vosotros y, cuando llevaba cuatro o cinco párrafos, he empezado a pensar que todo lo que tengo que decir no puede circunscribirse a sólo uno de vosotros y a un sólo comentario. Ademas, necesito hablar claramente de ello, sin tapujos, y también saber lo que me tenéis que decir al respecto.
Cuando a mi padre le diagnosticaron el cáncer de pulmón, aunque siempre nos lo pintaron un poco negro, nunca nos dijeron claramente si el tratamiento le curarÃa, le mejorarÃa, o si toda esperanza de recuperación estaba perdida y sólo era un probar por probar. Naturalmente, los oncólogos no tienen una bola de cristal y no pueden saber esa información que ansiamos conocer. Pero sà tienen mucho vicio para saber si la cosa está perdida o no. TodavÃa no conozco ningún caso (lo habrá, imagino) de un cáncer diagnosticado demasiado tarde en el cual los oncólogos no hayan recomendado el correspondiente tratamiento, es decir, la quimio, la radio, o ambas. Cada caso es un mundo, cada caso es distinto, nunca se pierde la esperanza.
Tiemblo cuando oigo que a un paciente le queda equis tiempo, que no se puede curar, pero que le vamos a poner este tratamiento porque le mejoraremos la calidad de vida e incluso igual hasta se la podemos alargar. Tiemblo, y mucho. Porque lo que conozco (nada en comparación con un oncólogo) son casos en los que los tratamientos sólo consiguen empeorar la vida que les queda. Posiblemente se la hayan alargado, pero ¿en qué condiciones?
Sólo me voy a ceñir al caso de mi padre. Porque no soy médico. Porque no soy experta. Porque soy humana. Y porque sólo hablo de lo que conozco bien. Dos años de tratamiento fueron los más horribles de su vida. Nunca nada le habÃa quitado la ilusión, hasta ese momento. La debilidad en la que le sumió la quimioterapia, los efectos secundarios colaterales (no sé qué era peor, las diarreas provocaron su hospitalización durante dos semanas y la interrupción y cambio del propio tratamiento) y la falta de certeza sobre nada (la pérdida del control sobre su vida) le mataron en vida. He repetido vida. Pero lo dejo asà porque no conozco sinónimo a lo que quiero decir.
Salvo que sea el propio paciente el que tenga ese Ãmpetu por vivir a toda costa que caracteriza a tantos afectados por esta enfermedad y por otras de diagnóstico mortal, no soy partidaria de luchar a cualquier precio. No consigo quitarme de la cabeza qué hubiera preferido él (a posteriori), pasar por ese calvario prolongado artificialmente, o vivir seis meses sin ningún paso por hospitales ni operaciones ni tratamientos, dejando actuar a la propia naturaleza, viviendo libre ese tiempo. Calidad por cantidad. Como en tantas otras cosas. Quizás no hubiera dejado de escribir y de componer. Él fue un paciente asintomático, no se encontraba mal, pero en una revisión rutinaria le dijeron que le tenÃan que quitar medio pulmón. Desde que entró en ese quirófano, todo se rompió. Nunca se recuperó, iniciándose su imparable sufrimiento.
A pesar de no haberlo llevado a la práctica, creo que el enfermo deber saber su situación. La decisión sobre qué hacer debe tomarla el enfermo. Porque al intentar protegerlo podemos desprotegerlo aún más de lo que está. Precisamente porque no sabemos qué pasará ni cuál es la opción correcta, caso de que eso exista.
Antes de terminar, también tengo que decir que, en aquellos casos en que está igualmente claro que la salud del paciente es recuperable (siempre jugamos con posibilidades, no hay certezas absolutas en esto), hay que jugárselo el todo por el todo. Un caso igualmente cercano que se ha solucionado felizmente asà me lo demuestra.
Qué duro ha sido escribir esto. Lo es porque no quiero entristecer a nadie, ni herir, ni faltar al respeto. Y porque estoy convencida de que yo también estoy equivocada.