Cuando puedas
El año que viene a la misma hora, Alan Alda y Ellen Burstyn. ¿Recordáis aquella pelÃcula? Ellos son casados, se conocen y tienen una aventura, y deciden seguir viéndose año tras año en la misma fecha. Durante aproximadamente treinta años, la vida de ambos se nos va descubriendo a través de las conversaciones que mantienen durante sus breves encuentros anuales.
Hace más de una década, después de convivir en el seno de un grupo de quince personas durante casi cinco meses, cinco horas al dÃa, cinco dÃas a la semana, aquel curso de inglés se convirtió (o nos convirtió) en el germen de mucho más que un compañerismo de andar por clase. Todos los dÃa partÃamos juntos a desayunar, el camarero nos veÃa venir calle arriba y cuando llegábamos tenÃamos nuestras cuatro mesas unidas con seis manchadas, cuatro mitad, dos descafeinados de sobre y tres colacaos. Las tostadas ya estaban humeando en el tostador. Aquellas reuniones daban mucho de sÃ. Entre bromas y cafeses salÃan a relucir nuestras preocupaciones, nuestras aspiraciones, el devenir del paÃs y unas ganas enormes de disfrutar la suerte de habernos encontrado en ausencia absoluta de malos rollos. Cada uno de su padre y de su madre, cada uno con su propia historia, y forjando a la vez la historia común de uno de los mejores grupos de gente con la que he tenido el gusto de coincidir en esta avatárica vida. Cuando el curso tocaba a su fin, sufrimos una especie de pena colectiva, un duelo sólo de pensar que Ãbamos a tener que prescindir de nuestros desayunos y nuestras confidencias. Hasta que a alguien se le ocurrió proponer una idea estupenda: quedar un dÃa fijo en un lugar fijo todas las semanas para que quien pudiera asistir fuera, quien se sintiera solo tuviera la certeza de que ese dÃa y en ese lugar iba a haber amigos que le escucharÃan y aportarÃan un abrazo. Y asà lo hicimos. Todas las tardes de los martes (o quizá los jueves, quién lo recuerda ya), a las seis de la tarde (o quizá fuera a las siete) en aquella misma cafeterÃa que tan bien conocÃamos, tenÃamos un lugar de encuentro en el espacio y en el tiempo. Sin necesidad de planearlo ni de quedar, cada uno si podÃa y si le apetecÃa. Aquello duró mucho más de lo que todos esperábamos. Fueron bastantes meses más de prórroga. Luego vinieron empleos, parejas y dispares ocupaciones que fueron menguando la concurrencia, hasta que al final quedamos tan poquitos que optamos por quedar usando el teléfono, no fuera que alguno se presentara buscando calor y se encontrara la cafeterÃa vacÃa. Esos pocos fueron amigos Ãntimos durante el tiempo que me restó de vivir en aquella otra ciudad del cálido sur. Hoy ya no tengo noticias de ellos, en realidad, les perdà totalmente la pista tras mudarme. Muy mal por mi parte, asumo mi culpa, porque fui yo la que se fue sin dejar señas.
Estos dÃas estamos construyendo un proyecto del que ya tenéis noticias. A raÃz de una fiesta, un poto malogrado y una alfombra que voy a tener que dejar en usufructo al gato, unos cuantos hemos caÃdo de pronto en la cuenta de que hace mucho tiempo que nos conocemos, que somos testigos de nuestros interiores a través de estos escaparates públicos y de más interiorismos en tribuna privada, y de que eso no se puede dejar escapar. Asà es como quedan invitados todos aquellos de vosotros que sienten que quieren formar parte de una bonita experiencia. TodavÃa no sabemos muy bien cómo hacerlo, ni si seremos muchos o pocos, ni si durará el experimento. Yo sólo sé que, sin hora ni dÃa fijo, ahà hay gente con una pelotilla verde iluminada que me acompaña cuando abro sesión. Unos dÃas están unos, otros dÃas están otros, otros dÃas no estoy yo… Y muchas veces, las reuniones improvisadas son las mejores.
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PD: Por petición del señor Cronopio, debo aclarar que las pelotillas verdes no pertenecen a ninguna familia de secreciones nasales. Lo aclaro por si alguien se habÃa quedado flipando porque acabara con semejante borderÃa un post tan conmovedor como el que me ha quedado.