El porqué de algunas cosas.
Continúo el post anterior respondiendo a vuestros comentarios.
El porqué de bajarme del tren.
Empecé el proyecto muy ilusionada. Es verdad que me dejé contagiar de la ilusión ajena, pero no es menos cierto que yo también tenÃa un gusanillo propio que me empujaba hacia esa aventura. El problema mayor ha sido que no he dispuesto del tiempo necesario (las veinticuatro horas del dÃa) para dedicarme en cuerpo y, lo más importante, en alma, la cual tenÃa dispersa entre la asesorÃa, mi hijo, mi marido, mi casa, las clases, la universidad y algún que otro etcétera. Todo ello mezclado creaba en mà una pócima que me transformaba en Mrs. Hyde. No es que haya sido nunca la Doctora Jekyll, ni siquiera he llegado a ser la Doctora Quinn (qué requetebuena que era la Seymour, aunque aquà algunos conjuguen ese adjetivo con otro transitivo verbo). Pero el caso es que se me ha agriado el carácter (siempre lo he tenido un poquito agrio, no vamos a echarle ahora toda la culpa a las circunstancias, lo llevo en la información de algún gen) mucho más de la cuenta. He traspasado muchos lÃmites que las buenas formas y el respeto hacia los demás imponÃan. He hecho daño a gente muy cercana, que han sido los que han pagado mis frustraciones sin ser deudores de ellas. Los peor parados han sido las tres personas que más me apoyan y me quieren: mi hijo, mi marido y mi madre.
Quizá os sorprenda descubrir en esta confesión una imagen de mà misma que no saco a pasear mucho por aquÃ. Pero eso es también explicable: tengo un blog para dejar volar mis dedos e imaginar y expresar la vida que me gustarÃa llevar, de manera que me gusta explayarme con los aspectos positivos (y, cuando son negativos, intentando darles la vuelta, un poco también por dar ánimos a quien se sienta identificado). Soy muy sincera porque para mà esto es un diario, no un anuncio publicitario, y mentirse a uno mismo en un diario es del género tonto tirando a penoso, asà que dejémoslo en que no he contado la parte que no he querido contar porque, de lo aquà contado hasta ahora, todo es cierto (hasta los cuentos).
No tengo nada que reprocharle a mi compañero de aventuras, la otra parte de la asesorÃa. Las decisiones las hemos ido tomando entre los dos, discutiéndolas dialogadamente unas veces, acaloradamente (pero no mucho) otras. Todo ha estado consensuado. Hasta la fecha no hemos tenido ningún problema ni ningún roce por nada que hayamos dicho o hecho. Y esta última decisión mÃa también está consensuada. No he tenido ningún problema en plantearle todos mis miedos y necesidades. Él es un buen amigo que también me ha dado ánimos en los momentos más empinados y que ha sabido respetar mi decisión cuando finalmente ha llegado el momento de no seguir la escalada. Nunca me hubiera asociado con ninguna otra persona. Y lo sigo diciendo. (Bueno, vale, tengo un par de amistades con las que también tengo fe ciega en ese sentido, pero no ha habido oportunidad).
Y como os veo algo preocupados por la economÃa, sabed que la decisión de dejarlo no ha tenido que ser ponderada con el dinero. De hecho, dejarlo va a suponer no perderlo. No tenÃamos tanto volumen de clientes como para sacar ni dos mÃseros sueldecillos de empresarios principiantes. Pero damos todo ese dinero no ganado por bien empleado porque, al menos, ha habido para cubrir gastos y porque hemos aprendido muchÃsimo en el camino. Por cierto, buenas noticias, vuelvo a la enseñanza. Ya tengo cursillo previsto para mediados de febrero. Asà que veis que, en realidad, en lo que al bolsillo se refiere, estoy mejor trabajando menos horas (24-5=19 horas menos cada dÃa) que persiguiendo un bonito pero duro sueño. Todo ha venido rodado y, estoy segura, en el momento oportuno. No cambio nada de lo que he hecho este último año.
También quiero dejaros con la tranquilidad de que, pese a todo lo que me autopronosticaba, no me voy a hundir por esto, ni me sientro fracasada. Lo he intentado, es cierto que no con el suficiente Ãmpetu y dedicación concentrada, pero ahora sé que, como bien decÃs, siempre puedo volver. Por esa puerta salgo dejándola abierta, como en su dÃa hice con la enseñanza a la que ahora vuelvo como vuelven los vencejos a anidar a mi terraza en primavera.
El porqué del nombre del blog (y, de paso, por qué os quiero).
Hace mucho tiempo reflexionaba alrededor de una metáfora; decÃa que tengo una bolsa llena de pepitas de oro, cada una de las cuales simboliza un momento concreto de mi vida que me reconforta recordar. Puede ser una palabra amiga dicha en un momento bajo, un reto difÃcil superado con esfuerzo, una fotografÃa hermosa obtenida con mucha paciencia, el instante en que alguien querido entró en mi vida… y tantas cosas más. Y decÃa también que, cuando me encuentro realmente mal, y si me acuerdo de que tengo la bolsa, la cojo, la abro, y voy cogiendo pepitas de oro al azar para contemplarlas mientras jugueteo con ellas entre mis dedos, rememorando los recuerdos que cada una me trae y que me reconfortan. Algo de todo esto intento reflejar ahà arriba a la derecha, para que todo el que entre aquà pueda saberlo de un simple vistazo.
Los comentarios que me habéis dedicado en el post anterior son una pepitas de oro enormes y relucientes, cálidas y suaves, ligeras y consistentes; pasar el dedo por su superficie irregular descubriendo sus huecos ha sido alentador. Y quizá su cualidad más importante: tienen luz dentro de ellas. Si las saco en la oscuridad iluminan la estancia. Realmente todas ellas han formado un colchón donde caer en blando desde mis alturas. A todos los que me habéis animado dejando vuestra huella de alguna manera, ya comentando ya leyendo en silencio, gracias de todo corazón.
