Cómo ser marido sufridor y no morir en el intento
Riiiiiiiiing-riiiiiiiiing.
-AsesorÃa, dÃgame??? -pregunto, a sabiendas de que es el Marido Sufridor quien llama, lo estoy viendo en el display. En realidad, es la única ocasión en la que contesto asÃ, rememorando épocas en las que ejercÃa de auxiliar administrativo en otra oficina, en otra ciudad, en otra vida. Sólo lo hago por arrancarle una sonrisa que no puedo ver, pero que intuyo.
-Hola -me contesta en un tono que quiere decir “ojúuuuuu, no puedol con mi vida…”-. Te llamo para contarte cómo se ha despertao tu niño esta mañana.
- A ver, cuenta.
- Bueno, le ha costao despertarse, estaba apagaÃllo, con mucho sueño, le he vestido y le he puesto el cola-cao delante de la tele con los dibujos, como siempre. Pero estaba tan lánguido que ha ido resbalando el salvamanteles ese rÃgido que le pones, hasta que se ha quedado medio en volandas fuera de la mesa, pero como se seguÃa apoyando… el salvamanteles se ha empinao de sopetón y la taza ha salÃo volando, y él se ha quedao con la pajita enganchá de la boca mirando el colacao tó desparramao encima suyo…
Aquà he empezao yo ya a reirme sin que se me notara mucho, las primeras lágrimas asomaban a mis ojos, la mano puesta sobre la cara para taparme un poco y disimular, que tenÃa en la mesa de al lado al socio mú concentrao en sus cosas. El Marido Sufridor continúa su narración:
- 08:50. Buscando otra camiseta, le paso unas toallitas por los pantalones… Bueno, y como sigue con los mocos, le preparo el jarabe, pero no se lo quiere tomar, asà que recurro a la psicologÃa inversa: se lo dejo en la mesa y le digo “ten cuidao que no se lo tome el gato, ¿eh? ¡QUE NO SE LO TOME!”, y me voy y lo dejo solo con la jeringuilla, para que la pille y se lo tome solito como otras veces… Nada, me he despistao quince segundos, cuando vuelvo habÃa cogido la jeringuilla, pero no se lo estaba tomando, me lo encuentro agachado sembrando de gotitas de jarabe el suelo y se echa media jeringuilla en el zapato…
Aquà ha sido cuando he empezao a reirme a carcajadas con sordina, el socio me miraba de reojo, y yo con una mano rebuscando en el bolso a ver si aparecÃa el paquete de los clÃnes, porque las lágrimas me corrÃan ya cuello abajo. El Marido Sufridor aún no ha acabado, todavÃa sigue:
- 08:57. Cualquiera busca ahora otros zapatos, a saber dónde andan. Les paso otra toallita y salimos que nos las pelamos, que no llegamos. Hemos llegado al cole a las 9:05, le he puesto el niño a la maestra en la chepa y he salÃo corriendo.
Yo ya no podÃa más, creo que me ha oÃdo hasta el alemán del despacho del fondo, ese que habla tan alto por teléfono (¡y en alemán!). Mi socio ya ha empezao a reirse también sólo de verme. Pero no se vayan todavÃa, aún hay más:
-Pos ya que he vuelto a la casa, me pongo a desayunar, y decido hacerme una tostada, pero se me ha caÃdo al suelo. ¿Y sabes? Tienes razón con lo de Murphy, siempre caen del lado de la mantequilla… sobre mi zapato. Asà que he cogido una toallita para limpiarlo, pero era la misma con la que le limpié el zapato al niño… asà que me he llenao mi zapato con jarabe de los mocos.
Fusssssssssssss, me iba a dar algo, no daba abasto con el clÃnes limpiándome la cara y sonándome los mocos.
-Ay, bueno, ya me he desahogado, ya me siento mejor.
-Vale, cariño. Pero visto lo visto, ¡yo no vuelvo por casa hasta las ocho de la tarde!