Pepitas de Oro y Granos de Arena

Si sólo dispusiera de hoy, no dejaría nada para mañana
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Ocurrió en la escalera

Aquel primer día no entendió muchas cosas. Al igual que algunas películas necesitan más de un visionado y más de dos para pillarle todos los dobleces al argumento, el nítido revivir de los recuerdos arrojaba luz nueva según el momento en que lo hiciera.

Aquel primer día no entendió, por ejemplo, por qué sus padres insistían una y otra vez en preguntarle si le había tocado ahí, si le dolía, si la llevaban al médico, a lo cual se negó rotundamente, bastante había tenido ya en aquella, por otra parte, apacible tarde de viernes. Le gustó que sus hermanos, mucho mayores que ella, hubieran salido como alma que lleva el diablo detrás de un fantasma, el cual sí que había tenido que salir huyendo, casi volando, escaleras abajo, tras retumbar fieramente en aquel entorno el grito más desgarrador que una garganta aún sin madurar podía emitir.

Aquel primer día sólo sacó en claro que nunca jamás volvería a preguntar a un desconocido si éste conocía a su hermano, porque claro, ella misma le había dado la pista para que él supiera que tenía hermano, con cuya información no tuvo más que contestar con un escueto “sí” para tranquilizarla. También comprendía perfectamente que preguntarle “¿Eres de la tuna también?” era una forma igualmente fácil de darle más información y seguir tranquilizándola con sus respuestas afirmativas. Demasiado pronto en la vida había comprendido, sin que nadie se lo explicara, que nunca hay que contar tu vida en las preguntas que formules. Mucho menos a desconocidos. Mucho menos a hombres desconocidos.

Al cabo de otros seis años, más o menos, reunidos un grupillo de amigos, no recuerda muy bien qué comentario hizo alguno de ellos que, de pronto, una sábana protectora de incomprensión cayó por fin hecha jirones provocados por toneladas de silencioso polvo acumulado. “Andá -dijo, hablando lenta y asombrada-, entonces, lo que me pasó aquella vez fue que ese tío intentó violarme”. Lo dijo mirando a los ojos a la chica mayor del grupo, la hija de la casa en la que estaban, que se había unido en aquella ocasión a los pequeños amigos de sus hermanos para ejercer de adolescente veterana. La calló, la muchacha no supo qué decir durante aproximadamente cinco segundos, tras los cuales, carraspeando casi, contestó quitando importancia al asunto “no, mujer, seguro que no era eso”. Pero ya nada las convencería, a una y a otra, de que no había sido eso. La muchacha le comentaría luego a su madre, absolutamente vencida por el aplomo de la niña preadolescente, con qué serenidad había asimilado un hecho tan traumático, con qué entereza había asumido que, demasiado pronto, fue víctima de las peores bajezas de que son capaces las personas.

Aquél primer día cambiaron muchas cosas. Pero no tantas como cabía esperar. Ante la falta de miedo que hubiera sido esperable tras un acontecimiento tal, ante la insistencia de la niña por seguir yendo y viniendo sola del cercano colegio, habiendo tomado conciencia de que nunca más entraría en el portal si un hombre conocido o desconocido entraba antes o después que ella, todo transcurrió de forma que parecía que allí no había ocurrido nada, al menos para ella, porque su padre la siguió en la distancia en su recorrido durante mucho tiempo. Si no fuera por un comentario apuntado por ella misma a una conversación adulta entre su madre y su tía, de la que era oyente distraída -”Tita, yo sí que me acuerdo de aquello, no podré olvidarlo en la vida”-, nunca estas mujeres hubieran asegurado que la trágica experiencia no había caído en el olvido infantil.

Afortunadamente, el grito llegó justo a tiempo, justo cuando el pudor de verse sin falda y sin bragas pudo más que la amenaza del bofetón prometido si gritaba. Decidió en décimas de segundo que prefería el bofetón a la desnudez. Decidió en décimas de segundo que prefería provocar un ataque mayor que seguir sufriendo una situación no deseada. Decidió en décimas de segundo que quería la presencia inmediata de sus padres, que aquella puerta situada a tres metros de infranqueable distancia se abriera de par en par y saliera por ella la familiar paz capaz de detener aquella angustia intolerable.

Aquel primer día también aprendió a no obedecer cuando estimara que no se estaba haciendo justicia con ella o con cualquier otro. Todavía sin traumas, treinta años después, tiene bien claro que defenderá y atacará con uñas y dientes, con furia desmedida, al que la ataque a ella o a su sangre, sin entrar a valorar las consecuencias negativas que puedan tener lugar tanto para ella como para su atacante. Todavía sin traumas, treinta años después, sabe que, llegado el indeseable caso, tomará justa venganza contra aquél que se reencarne en su violador.

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