Espacio libre
Dominé el tema del aparcamiento a las primeras de cambio ya en los primeras clases de la autoescuela. Desde entonces, puedo aparcar en el bigote de un gato. He circulado y aparcado en no pocos párkings públicos y privados, anchos y hermosos, angostos y claustrofóbicos, luminosos y oscuros, agradecidos y pendencieros. En todos estos años que tengo el carné (que ya son unos cuantos bastantes), nunca he rozado ni abollado la chapa contra nada (salvo cuando aparco de oído, esto es, recular y avanzar sutilmente hasta percatarse de que estamos tocando chapa, para parar en el momento exacto). Me pasa a veces que, al tratar de aparcar en línea junto a la acera, como haya mucho espacio libre hago el cálculo fatal y me cuesta más maniobras poner el coche derecho que si hubiera habido los centímetros justos para besar a la vez las matrículas de los coches de delante y de atrás (alguna vez he aparcado así, literalmente, y cuando he salido del vehículo y he observado el resultado, me he quedado perpleja; hay que ver lo bien que se maniobra con la dirección asistida). Y así tengo que contar que esta mañana, en mi nuevo y flamante párking comunitario donde hasta ahora sólo aparco yo, saliendo de mi plaza que es más ancha y más larga que mi coche (o sea, grande, muy grande), sin ningún otro vehículo que me quitara la vista, entre columnas muy espaciadas… me he confiado (se conoce), y he echado marcha atrás y girado el volante un poco de más. Cuando estaba a punto de pisar el freno madaleno, a escasos 0,1 Km por hora, he sentido un “toc” inconfundible. Me he sentido… absurda.
De camino hacia el trabajo no he podido dejar de preguntarme si no sucederá lo mismo cuando finalmente logramos disfrutar de nuestra libertad sin límites. Pensamos que tenemos suficiente experiencia para dominarla. Calculamos y pensamos que es factible. Pero, a lo mejor, cuanta más tenemos menor es nuestra capacidad para gestionarla. O quizá pase como me pasó hoy, que he aprendido la lección y nunca más permitiré que una columna caprichosa me bolle el coche.
Al fin y al cabo, como alguien me dijo alguna vez, todos los coches acaban bollándose.