Fatal error
Un dÃa en un antiguo trabajo me pasé de lista. HabÃa visto cómo un ingeniero de la NASA ponÃa en órbita un cohete y me convencà de que aquello estaba chupao, sólo habÃa que teclear unos cuantos comandos, definir la base de datos a usar y apretar unos cuantos botones a la vez que contaba desde diez hasta cero y BOOOOOOOOOOOOOOOOOOMMMMMMMMMMM!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Pan comido.
Después de que el incrédulo de turno me mirara con aprensión y me preguntara “¿Estás segura de lo que haces?”, y de que yo le dijera “Por supuesto, no te preocupes”, estrellé el cohete en el océano sin demasiado estruendo. Y deseé con todas mis fuerzas haber ido dentro de aquel cohete.
Dos horas después, el ingeniero apareció arrastrando los pies y volvió a poner todo en su sitio sólo como un ingeniero sabe hacerlo: con conocimiento de causa.
Me juré que nunca más volverÃa a meter mis zarpas entre un teclado. Me prometà que nunca más intentarÃa emular la profesionalidad de quien sabe lo que hace porque su trabajo es saber. Me convencà para no salir de debajo de la cama nunca más.
Con el tiempo digerà aquel episodio para conocer dónde están mis lÃmites reales, porque ni era tan profesional ni era tan torpe. Ni nunca estuve tan arriba ni nunca bajé tan abajo. Todo se debió a un exceso de confianza y a una sobredosis de culpabilidad.
Con el tiempo volvà a meter la pata muchas veces. Pero es que eso es inevitable.
Quien hace botijos, se equivoca haciendo botijos.