Fórmula magistral
HabÃa una muchacha con el corazón enamorado de un proyecto de relación con un chico, que tendÃa a fabricarse castillos en el aire, subir a la torre más alta y aguardar dejándose crecer el pelo a que el sujeto de su amor luchara contra viento y marea y superara todos los obstáculos con que la vida quisiera entrompiconar su relación. Cuando al fin él apareciera con las ideas claras y el corazón henchido, ella no tendrÃa más que dejar caer sus trenzas para, al fin, estar juntos y felices para siempre. Nunca consiguió que el chico pasara del foso.
Tras algunos intentos fallidos, apareció quien cruzó el foso. Y se instaló con ella en el castillo que, de pronto, se convirtió en una humilde cabaña donde el estar juntos se cumplió, pero, contra todo pronóstico, el felices para siempre se habÃa quedado fuera, muy alto, en el aire. Poco importa de quién fuera la culpa, si de estas cosas alguien llega a tener la culpa alguna vez.
Cuando la muchacha volvió a enamorarse de nuevo, se fabricó castillos en el aire, se cortó el pelo, se bajó de la torre más alta, cruzó el foso, luchó contra viento y marea y, superando todos los obstáculos con que la vida querÃa entrompiconar su relación, cogió al chico y lo llevó consigo a su castillo. Nunca consiguió que el chico pasara del foso.
Los chicos seguÃan teniendo demasiado respeto por un foso que sÃ, efectivamente, estaba lleno de cocodrilos, tenÃa un puente que parecÃa poco fiable y, en el mejor de los casos, sus aguas semejaban ofrecer la misma temperatura que un polo de limón en la espalda.
Después de aquello decidió romper con los castillos. Viajó por todo el mundo conociendo a mucha gente, aprendiendo nuevas costumbres, escuchando experiencias, enriqueciéndose de idiomas, derrumbando castillos, cabañas y fosos, luchando contra viento y marea cuando la vida querÃa entrompiconar sus férreas decisiones.
Encontró la libertad. Tiró de ella suavemente y apareció, atado al otro extremo, un chico radiante que habÃa roto con sus propios castillos. Ambos saben que los para siempre no existen y que sólo pueden contar con el dÃa a dÃa prorrogable por otro dÃa más, que no hay que esperar ni exigir del otro nada porque ellos son dos y no uno, que las cadenas que los unen deben ser de seda que se suelta al tirar porque el nudo más fuerte que los mantiene unidos es el espacio vital que permite volver una y otra vez al otro sin imposiciones.
No digas de ningún sentimiento que es pequeño o indigno. No vivimos de otra cosa que de nuestros pobres, hermosos y magnÃficos sentimientos, y cada uno de ellos contra el que cometemos una injusticia es una estrella que apagamos.
Hermann Hesse