Pepitas de Oro y Granos de Arena

Si sólo dispusiera de hoy, no dejaría nada para mañana
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Bajo la lluvia

Cuando era pequeña, los Reyes Magos me echaron un hermoso paraguas rojo acabado en un largo y peligroso pincho metálico que bien hubiera servido de pararrayos (afortunadamente nunca llegué a comprobarlo). Mis padres, entonces, me enseñaron dos cosas muy importantes. Lo primero, a mantener siempre el paraguas en posición vertical y con el pincho mirando al suelo para evitar saltarle un ojo a cualquier compañero del cole (obviamente, siempre y cuando no tuviera que salir a la intemperie y estuviera lloviendo, en cuyo caso estaba permitido ir con el paraguas abierto, el pincho hacia el cielo y saltándole los dos ojos a todos los transeúntes de mi estatura que se pusieran al alcance de las varillas). Lo segundo que me enseñaron fue a protegerme de la propia inclemencia meteorológica intrínseca, esto es, subirme la cremallera de la pelliza hasta la nariz y colocarme debajo del paraguas abierto, manteniendo el palo del bastón en posición perpendicular a la trayectoria del viento, no así el propio cuerpo, salvo esto último que la velocidad del propio viento fuera directamente proporcional a la fuerza del estampamiento contra la pared, en cuyo caso estaba permitido caminar de forma oblicua, no sin pasarse, dado que todos saben que caminar en un ángulo que sobrepase los cuarenta y cinco grados, además de demasiado caluroso, es del todo improbable, no así la caída, que se hace no sólo probable sino inevitable. El caso es que yo me creí toda aquella liturgia a pies juntillas, y nunca puse en duda que aquella fuera la única forma de enfrentarse a la lluvia.

Pero hubo un día gris, tanto en lo meteorológico como en lo personal, ya un poco mocica, en el que se me encomendó por mis progéneres acudir a la casa de unos amigos suyos a hacerles entrega de algo que ni me acuerdo ni viene al caso. Vivían estos amigos a aproximadamente kilómetro y medio (puede que exagerando) bajando por mi misma calle tó tieso. En ese momento, al mirar desde la ventana antes de salir, me apeteció (no sé de dónde nació el deseo ni cómo se me ocurrió que las cosas podían hacerse de forma distinta) hacer aquel recorrido bajo la lluvia… sin paraguas. Fingí olvidármelo (por aquel entonces había dejado de ser el descrito en el párrafo anterior) y me encaminé toda feliz a mi destino, con la pelliza hasta la barbilla y chorreándome el agua por la cara. No era una lluvia intensa sino mansa, que acariciaba sin molestar. Ya he dicho que tenía un día gris, y aquel agua lavó mis lamentos y me proporcionó frescura y paz. Saberme traicionando una ley impuesta que, aunque tenía mucho sentido, no era ni mucho menos suprema, me hizo sentir por primera vez la fuerza de la libertad. Libertad para decidir, libertad para hacer, libertad para equivocarme. Por primera vez fui consciente de que uno puede tomar sus propias decisiones.

No me duró mucho la alegría. No, no pillé una pulmonía. Aunque quizá se lo deba a la amiga de mi madre que, cuando me vio hecha una sopa en la puerta de su casa, se empeñó pese a todas mis protestas y excusas a prestarme un paraguas. Al final lo acepté a regañadientes, con el firme propósito de no abrirlo. Pero una vez en la calle, pensé que, ante los ojos de los transeúntes, era lastimosamente ridículo andar bajo la lluvia con un paraguas plegado bajo el brazo. Así que, suspirando, lo abrí, y mi cara dejó de recibir “el agua de la libertad”.

Y así nos movemos, por leyes no escritas que se empeñan en hacernos andar por senderos señalizados en aras de nuestro bien común. Lo malo para esas leyes es que, a veces, sin saber por qué, nos desviamos del sendero y descubrimos que andar por el monte entre las piedras, aunque sea más difícil, es más satisfactorio. Y además, allí descubrimos a otros viajeros que, como nosotros, un día comprobaron que nuestra libertad y nuestro libre albedrío son tales porque se nos está permitido utilizarlos, por mucho que otros se empeñen en creer y convencernos de lo contrario.

Esto… ¿yo no estaba hablando de la lluvia? ¿Cómo he acabado en el monte? ¿Será que, muy en el fondo, soy… algo caprina? O, lo más probable, será que estoy como una cabra.

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Espacio libre

Dominé el tema del aparcamiento a las primeras de cambio ya en los primeras clases de la autoescuela. Desde entonces, puedo aparcar en el bigote de un gato. He circulado y aparcado en no pocos párkings públicos y privados, anchos y hermosos, angostos y claustrofóbicos, luminosos y oscuros, agradecidos y pendencieros. En todos estos años que tengo el carné (que ya son unos cuantos bastantes), nunca he rozado ni abollado la chapa contra nada (salvo cuando aparco de oído, esto es, recular y avanzar sutilmente hasta percatarse de que estamos tocando chapa, para parar en el momento exacto). Me pasa a veces que, al tratar de aparcar en línea junto a la acera, como haya mucho espacio libre hago el cálculo fatal y me cuesta más maniobras poner el coche derecho que si hubiera habido los centímetros justos para besar a la vez las matrículas de los coches de delante y de atrás (alguna vez he aparcado así, literalmente, y cuando he salido del vehículo y he observado el resultado, me he quedado perpleja; hay que ver lo bien que se maniobra con la dirección asistida). Y así tengo que contar que esta mañana, en mi nuevo y flamante párking comunitario donde hasta ahora sólo aparco yo, saliendo de mi plaza que es más ancha y más larga que mi coche (o sea, grande, muy grande), sin ningún otro vehículo que me quitara la vista, entre columnas muy espaciadas… me he confiado (se conoce), y he echado marcha atrás y girado el volante un poco de más. Cuando estaba a punto de pisar el freno madaleno, a escasos 0,1 Km por hora, he sentido un “toc” inconfundible. Me he sentido… absurda.

De camino hacia el trabajo no he podido dejar de preguntarme si no sucederá lo mismo cuando finalmente logramos disfrutar de nuestra libertad sin límites. Pensamos que tenemos suficiente experiencia para dominarla. Calculamos y pensamos que es factible. Pero, a lo mejor, cuanta más tenemos menor es nuestra capacidad para gestionarla. O quizá pase como me pasó hoy, que he aprendido la lección y nunca más permitiré que una columna caprichosa me bolle el coche.

Al fin y al cabo, como alguien me dijo alguna vez, todos los coches acaban bollándose.

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Fórmula magistral

Había una muchacha con el corazón enamorado de un proyecto de relación con un chico, que tendía a fabricarse castillos en el aire, subir a la torre más alta y aguardar dejándose crecer el pelo a que el sujeto de su amor luchara contra viento y marea y superara todos los obstáculos con que la vida quisiera entrompiconar su relación. Cuando al fin él apareciera con las ideas claras y el corazón henchido, ella no tendría más que dejar caer sus trenzas para, al fin, estar juntos y felices para siempre. Nunca consiguió que el chico pasara del foso.

Tras algunos intentos fallidos, apareció quien cruzó el foso. Y se instaló con ella en el castillo que, de pronto, se convirtió en una humilde cabaña donde el estar juntos se cumplió, pero, contra todo pronóstico, el felices para siempre se había quedado fuera, muy alto, en el aire. Poco importa de quién fuera la culpa, si de estas cosas alguien llega a tener la culpa alguna vez.

Cuando la muchacha volvió a enamorarse de nuevo, se fabricó castillos en el aire, se cortó el pelo, se bajó de la torre más alta, cruzó el foso, luchó contra viento y marea y, superando todos los obstáculos con que la vida quería entrompiconar su relación, cogió al chico y lo llevó consigo a su castillo. Nunca consiguió que el chico pasara del foso.

Los chicos seguían teniendo demasiado respeto por un foso que sí, efectivamente, estaba lleno de cocodrilos, tenía un puente que parecía poco fiable y, en el mejor de los casos, sus aguas semejaban ofrecer la misma temperatura que un polo de limón en la espalda.

Después de aquello decidió romper con los castillos. Viajó por todo el mundo conociendo a mucha gente, aprendiendo nuevas costumbres, escuchando experiencias, enriqueciéndose de idiomas, derrumbando castillos, cabañas y fosos, luchando contra viento y marea cuando la vida quería entrompiconar sus férreas decisiones.

Encontró la libertad. Tiró de ella suavemente y apareció, atado al otro extremo, un chico radiante que había roto con sus propios castillos. Ambos saben que los para siempre no existen y que sólo pueden contar con el día a día prorrogable por otro día más, que no hay que esperar ni exigir del otro nada porque ellos son dos y no uno, que las cadenas que los unen deben ser de seda que se suelta al tirar porque el nudo más fuerte que los mantiene unidos es el espacio vital que permite volver una y otra vez al otro sin imposiciones.

No digas de ningún sentimiento que es pequeño o indigno. No vivimos de otra cosa que de nuestros pobres, hermosos y magníficos sentimientos, y cada uno de ellos contra el que cometemos una injusticia es una estrella que apagamos.

Hermann Hesse

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  • Sequía
  • El hombre tranquilo
  • En el Jardín de la Magia
  • Amo a vé…
  • S.O.S. BCN
  • Fugaz
  • Dar séra, pulir séra
  • No puedo evitarlo
  • Bajo la lluvia
  • Desvaríos
  • ENHORABUENA A TODOS
  • DesEscombrando
  • Aguante
  • No tiene precio
  • Viscoelástica o el arte de la adaptación
  • TAMPOCO sigas esta flecha
  • Tengo un boleto ganador
  • NO sigas la flecha
  • Espacio libre
  • Fórmula magistral
  • Antes de morir, ocho cositas
  • Fatal error
  • Te presto mi voz
  • …y aterrizando
  • El día del padre
  • Excelencia
  • Cuando puedas
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  • El Pollo de la Paz
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    «Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios. Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría. Pero si pudiera volver atrás trataría de tener solamente buenos momentos. Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora». Jorge Luis Borges.
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