Aguante
Los umbrales de dolor y la capacidad de aguante de cada cual define nuestra personalidad más que ninguna otra cosa (observación personalísima que no ha pasado el filtro de ningún estudio previo). Cómo actuamos mientras nos engancha un pico en el diagrama monitorizado diría más de nosotros a los que se empeñan en conocernos íntimamente que miles de confesiones que, al fin y al cabo, no son más que el punto de vista que tenemos de nosotros mismos. Y ya sabemos que los espejos nos devuelven nuestra imagen del revés.
Es muy común tener padecimientos físicos recurrentes, que no sabemos muy bien qué los provoca, pero que queremos pensar que no son nada serio, así que, pasado el momento de dolor intenso, se nos olvida ese dolor y evitamos pasar por la consulta del médico (¿para qué? no va a saber qué tengo, me va a mandar pruebas que van a tardar meses en hacerme, y total, ya se me ha pasao…), y así hasta la siguiente. Esa capacidad para olvidar es la que mueve el mundo. De cualquier otra forma, cada madre tendría un sólo hijo (ante la evidente incapacidad natural de cumplirse esa máxima declarada en el paritorio que reza “¡¡¡¡¡¡¡EL PRÓXIMO QUE LO TENGA ÉL!!!!!!!!”), por poner un ejemplo. Olvidamos y ese olvido nos permite volver a enfrentarnos al problema la próxima vez que se presente. Sin ninguna garantía de que lo hagamos mejor la segunda vez; ni siquiera la tercera ni la undécima. Hay quien sufre un brote de amnesia con cada remisión, y hay quien huye de cualquier situación que se parezca de lejos a lo que ya vivió y lo que desarrolla es una fobia. Los términos medios pueblan este paisaje, naturalmente. Apuesto a que la mayoría desea que eso que asoma no sea lo que ya le tocó sufrir en el pasado, y que, al menos, la experiencia archivada sea de alguna utilidad para que esta vez sea más liviano.
Cuando noto que me viene un atisbo de calambre intestinal, voy rauda a la caja del Spasmoctyl y me zampo dos pastillas de golpe, y repito la operación a las cuatro o cinco horas, y así hasta que el semáforo se vuelve a poner en verde. Pongo remedio antes de dejar pasar ese preaviso porque ya sé que, si no corto rápidamente el proceso, me tocará pasarme los próximos cuatro días retorciéndome de dolor ante el más mínimo esfuerzo muscular como, digamos, pestañear. Antes, de más joven, no había ido a ningún médico y padecía este capítulo de vez en cuando, luego se pasaba y olvidaba. Luego acudí al de digestivo, que me confirmó que no tenía nada a nivel físico salvo unos espasmos en el colon que hacían que, visto éste desde su interior, pareciera acaparar todos los nervios del techo de todas las catedrales que tengo pendientes de visitar. Diagnóstico: estrés, nervios. Tratamiento: cambiar el chip. Y Spasmoctyl para el camino.
Tan fácil y tan difícil a la vez. A veces sabemos a ciencia cierta cuál es la mejor solución; pero, pasada la situación crítica, lo dejamos caer en el olvido una vez más, nos tragamos la pastilla y pensamos que ya no habrá una próxima vez, que ya se ha pasado el dolor y que merece la pena continuar. Cada vez se hace más evidente que eso no es así, porque los dolores vuelven y cada vez que arrecian nos invade el deseo de no permitirles nunca más abrirse paso en nuestras entrañas, convencidos en estos instantes que es mentira que merezca la pena nada.
Y el dolor anímico es menos evidente, pero destruye más profundamente.
Al final todo se resume en cuánto aguantaremos y hasta cuándo estaremos dispuestos a no poner salud en nuestras vidas. ¿El más fuerte es el más cobarde?